CAPRICHOS DEL DESTINO
Una eterna encerrona
acompaña mi velada,
con zapatos sin tacón
y sábanas de lona.
La verja del jardín se jacta;
pasos danzan sobre el pavimento rocoso;
el viento impulsa la marcha bendita
de flores con aroma hipnótico.
Un cuerpo se aproxima;
el asiento se enorgullece de su presencia;
reavivada me noto.
Cada noche,
en mis sueños,
buceando en una tímida alegría
en el vacío floto.
Diálogos se expanden,
suspendidos en el aire;
la estrella del Edén
alumbra, sin atorcha,
mi camino exento
de críticas y desaires.
Redimida,
los pecados arrincono;
fulgores acompañan mi estancia;
el calabozo en palacio se convierte,
y con labios cómplices,
en mi oído,
palabras susurran despacio.
Mi mente dispersa
en lucidez se transmuta;
en el dormitorio
regocijada me aprecio
con un ánimo voraz
y de dicha, sediento.
Un pellizco de vida
por mis venas circula;
siento una sonrisa cercana,
y mi alma, antes entristecida,
se desnuda frente al descontento,
rociada por el frescor
de una renovada algarabía.
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