Aislado del mundo,
solo,
andas hacia atrás;
la brisa masajea tu piel,
sientes la dulzura del paisaje
como la compañía de un amigo fiel.
Caminas unos pasos;
vas tanteando a ciegas;
la polvareda se levanta,
tu mirada se ladea
con la tibia presión
de una caprichosa marea.
Atento te percibes;
hacia el cielo te diriges;
las señales del destino
anuncian presagios,
mientras gaviotas sonrientes aletean
librándote de tormentosos agravios.
Un paraíso despoblado,
de flores de blanca espuma;
sientes el frío de la escarcha
como una herida en tu cuerpo
que rasga y araña.
La esperanza te acompaña;
ventila nuevos horizontes,
mientras el latido del sol
bate en retirada;
tú te encaminas
hacia la senda del olvido.
Años de silencio;
te frotas el sudor de la frente;
las manos resbaladizas
se desploman sobre tu regazo,
y sientes el regadío de la vida
como fluye hacia ti
y te ciñe con un inquebrantable lazo.
A orillas del mar,
te apeas y divisas, a lo lejos,
el alumbre efervescente
que, sin desistir, te encamina
hacia una villa abanicada
por la suave caricia de la corriente.
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