GRACIA DIVINA
Casi rozo el paladar
de sabores dulzones que embriagan;
manejo el volante de la vida,
tenaz y desinhibida.
Me recuesto en el respaldo;
el asiento me acuna;
voces limpias de fondo,
los oídos se afanan.
Calles a mi alrededor;
direcciones transversales;
caminos hacia el Olimpo;
llaves de oro
que abren el paso
hacia un paraje boreal e infinito.
Al norte me dirijo;
no sé cuándo ni cómo me despertaré;
quizás la noche
no vele por mi descanso.
Quizás la realidad sea
el axioma de mi renacer.
Las aves pian;
los árboles se abanican;
las flores se regocijan
y mis sentidos
laten en este nuevo atardecer.
Sola o acompañada;
una cierta ceguera me empaña;
la felicidad está ahí,
asomando el brío y la fuerza
de un apetecible festín.
Años de luto han concluído;
la negrura se ha esfumado
hacia horizontes de antaño
que no conllevan cobijo ni amparo.
Alas desplegadas,
el vuelo libertario;
cantos del alma,
himno de alegria en el alba.
¿Quién estará a mi vera?
¿Será verdad o una quimera?
Mi despertar se apodera
de un realce que sobresale,
aunque no sé todavía
si llega o parte.
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