viernes, 1 de mayo de 2020

EL ZAMBULLIDO DE LAS BALLENAS




EL ZAMBULLIDO DE LAS BALLENAS


Saltos acrobáticos que retumban en nuestros pulmones, se precian a retorcerse en un mundo en el que el desequilibrio, la marcha andante de los mortales se convierte en un mar turbulento. Ya no debo girar mi mirada hacia atrás. No debería fijarme en las migajas de recuerdos que se revuelcan en mi memoria amarillenta y espolvoreada de fragmentos episódicos en un pasado ya desvanecido.

En el ahora indefinido, toca respirar hondo, inspirar un aire refrescante, que repueble el corazón de una alegría no antes percatada, pero, en ese instante de frenesí, muy impulsado a dejar sobresalir su portentosa presión eólica.

En una terraza, tomando un refresco afrutado, lleno de sabores entremezclados de dulzura y acidez, veo mamíferos que se zambullen en el epicentro de una marea inquieta, precipitada, atolondrada, que va y viene con sonidos que mecen los oídos y complacen mi paladar, ya avezado a los aromas de una bebida que tiene una esencia jugosa y exquisita.

Un ciclón de sueños me viene a la memoria; retrocedo y avanzo con mucha facilidad, como si alguien estuviese regulando el biorritmo de mi cuerpo. Un mecer ininterrumpido me invita a dejarme recrear por el cáliz de un pasado, un presente y un futuro que parecen enredados en la misma telaraña entretejida por una evocación de recuerdos que se fusionan, que parece incluso que van a descarrilar. ¿Dios mío! ¡Qué tremenda impresión estoy experimentado con ese viaje ventilado hacia zonas campestres, poblados rudimentarios, zonas urbanizadas, lugares del mundo en los que yo había dejado una huella inquebrantable! Ese precinto dactilar ya no es imaginario, tiene forma, color, textura, un cuerpo geométrico que ha generado respuestas emocionales dispares; unas más agradables, otras más desaliñadas, en cualquier caso, son contestaciones en las que el alma proclama la libertad y el derecho a la bendición más prodigiosa que uno puede reclamar en décimas de segundos. 

En ese apartamento recogido en el cual me dejo acoger sin precedentes, me siento como un animal marino que ha abandonado el caparazón más superficial para sumergirse en las profundidades de un valle paradisíaco de bellezas revestidas. El mar y la tierra tienen ese encanto. Son dos polos que encierran majestuosos palacios sellados a miradas que todavía, opacas a la luz de la verdad, no pueden focalizar sus pupilas para deslumbrarse y deleitarse a la vez frente a tanta hermosura. Sin embargo ¿Qué hago aquí, en soledad? Me sigo preguntado. ¿Cómo he llegado a aterrizar en un paraje que parece ensoñado, solitario, despoblado? No tiene visitantes que, como yo, estén realizando un ejercicio de pura observación objetiva a una distancia prudencial en la que todas las criaturas de una fauna salvaje acuática ya pueden desafiar, con impulsos trepidantes, una fuerza de gravedad que ya no les provoca terror. Esa fuerza rolliza parece contagiosa. Yo sentada, en una tumbona, con el mar balanceándose parsimoniosamente, sin medida ni control, celebro experimentar ese contagio liviano de unas olas que flotan al compás de un baile sinuoso, que no se presta a la escucha ni a obedecer leyes impuestas por el ser humano. Son las leyes de la naturaleza las que imperan esa mirada que fijo hacia la mar salada y azulada. Con tirabuzones ondeantes, con ese oleaje que celebra la buena nueva de tener pasajeros a bordo, como las ballenas, intrépidas y picarescas, me dejo relajar y continuar bebiendo mientras me veo de niña, como empujada por una fuerza motriz casi descontrolada, me presto a salpicar por la venida de un agua que se estrella en la orilla y me invita a zambullirme, a sumergirme en mi interior, dentro de mi misma, sin dicotomías, sin escisión, sin ninguna parte de mi cuerpo desintegrada para darme el placer de bañarme en un agua empalagosa al tacto y llena de bravura y franqueza. Como no darme cuenta antes de que esa niña que nadaba como una sirena de mar, ha protestado, ha reivindicado el deber de coexistir entre las tres generaciones de vida de mi encarnado cuerpo. Nunca me había percibido que esa criatura sentía la necesidad de cobijarse ante la frescura de una inocencia nada reñida y quería dejarse proteger por un clima soleado, cuyos rayos la acogían abrazándola, bronceándola, coloreando toda su envoltura y, sobre todo prometiéndole no dejarla en soledad, sin aterrizar en un hogar lleno de calidez y sabores placenteros.

Pensamientos agrios ya no tienen armadura, un envoltorio de acero en el que había vivido durante antaño. No obstante, esa panorámica marina en la que las ballenas se sonrojan y sonríen hace que los pensamientos, ya lejanos, ya casi desaparecidos y fumigados ante un presente reparador, no tengan el motor fortalecido para embragar hacia nuevos pronósticos fatales y augurios funestos. 

El timón de un barco idílico, proyectado en un mar de dulces ondas circulantes, que se recrean y parecen procrear sin rendirse ante la tempestad más temerosa, ya es un hecho convertido en la realidad más palpable. Mi mente fluye, se desata, viaja hacia un horizonte intocable, pero solamente una parte de mí, inmortal, queda imantada y atraída por ese ritmo apoteósico que me recuesta y me asienta hacia un destino circense. En él, voy a ser una estrella de luz que ilumina el mar infinito hacia un esplendoroso abanico de objetivos futuristas, prometedores, regenerados, que me harán sumergir y ahondar en un estado de templanza y sosiego, agradecido por mi grata salutación a querer ser un mamífero que se repliega y despliega ante un mar de dudas e incertidumbres, ya ignoradas en un tiempo preciado y vanagloriado.



jueves, 2 de abril de 2020

MIS MANOS






MIS MANOS

¿Qué puedo relatar sobre ellas? Instrumentos que me conducen hacia el afanoso trajín de manipular, palpar, contactar con la textura y los distintos materiales en los que las superficies embaladas están compuestas. No diría nada destacable. Simplemente unos dedos delgados, de corta estatura, que igual que tentáculos coordinados van tramando pequeños toquecitos para poder saciar la curiosidad de ver qué se esconde detrás de los regalos de Navidad, las fiestas de cumpleaños, las onomásticas...

Los dedos, a veces como alfileres en el pajar, están perdidos en la búsqueda de querer descubrir lo que se encubre detrás de esos artilugios no visibles a plena luz. Son como teclas de un piano desafinado, presionan con torpeza y alguna vez la melodía suena de forma compasada.

Esas manitas infantiles que siempre llamaban la atención por ser tersas, femeninas y a la vez frágiles, propensas a dañarse con roces accidentales, caídas precipitadas hacia un vacío de hendidura mediana, friegas en lugares en los que el impacto podía dañar la versatilidad de la suave piel que las envolvía, causaban gracia y encanto entre la multitud.

Eran inocentonas y estaban ciegas a los daños expuestos en un medio ambiente arriesgado, más nada las detenía en el afán de querer colorear espacios en los que los márgenes para extender plastilina, cera y colores de madera estaban ansiosos por ser condecorados. También se atrevían a compenetrarse cuando un órgano o clarinete arrinconado en la habitación, reclamaba ser homenajeado con sonidos melodiosos y sincronizados. Ahí, mis manos, dejaban deslizar su ahínco más ahondado para proseguir con un despliegue de notas musicales que no tenían desperdicio.

Los dedos, apenas los sentía. Estaban concentrados en poner en marcha una cadena de sonidos que empalagaban y contentaban oídos ajenos a la exhibición. Parecía que resbalaban, que iban a colapsarse los unos a los otros, incluso que iban a descarrilar en cualquier momento y se iban a perder en el intento de componer estribillos decentes. En realidad, pero nada se sucedía. Una colección de aplausos hacía que mis manos se alzaran del teclado y se empuñaran las dos juntas ante una expresión de júbilo.

Ellas, tan tímidas, no se atrevían a reconocer que habían estado confluidas para poder deleitar otros oídos con ritmos alegres y populares. La piel, poco escamosa, más bien tersa y con algunos surcos en el interior, como ríos que se cruzan para unificarse en una desembocadura común, no se ruborizaba frente a las palmas que recibían sin pretenderlo ni provocarlo. Eran manos tranquilas, dóciles, apacibles, que no se inmutaban, a pesar de un nerviosismo a veces irracional y automatizado.

Ellas siempre me han acompañado en los pequeños logros cotidianos; en el deber de aleccionarme, en el compromiso social de servir y, sin lugar a duda, en las labores artísticas.

A veces me ha parecido no tener manos; tan livianas, tan ligeras y delicadas, pero empeñadas en ser prolíficas y serviciales. Tan poco consistentes, definidas, tan infantilizadas, poco crecidas en tamaño y contorno. Menudas por naturaleza, pero con un aspecto natural, como algodonado por la blancura de una dermis nada curtida a pesar de los años que han dejado sabores amargos en esa piel tan superflua.

Ahora las miro y están rendidas a lo que son. Dos caparazones que se prestan a obedecer mis caprichos, mis antojos, esas apetencias que te vienen a la cabeza sin poder controlar. Son como pequeños impulsos que deben ser atendidos, porque complacen los deseos de unos manos, a veces compungidas, pero deseosas de ser mostradas con tal irradiación estelar, que solamente pueden producir calidez en su amarre y calor en el afán de expeler afecto y comunión.




LA TÓMBOLA DE LUCES







LA TÓMBOLA DE LUCES 

Mujer tenaz, persistente, algo caótica en las emociones, pero firme en cumplir propósitos. Amante del hogar, pero también de las fuentes paradisíacas, de aquellos apoteósicos lugares que se esperan pacientes a que pueda recorrer.

Aborrezco los rencores, el salmón cocido, las contiendas, también el desorden extremista. Me considero fiel a mis amigos; apasionada de la lectura, la pintura, las artes dramáticas y la literatura. En invierno me arropo casi hasta la cabeza, el frío me reactiva las células, la primavera florece mi afán por contemplar los cromatismos de unos pétalos ya extendidos.

No soy religiosa más tengo mucha fe. Creo que todos tenemos un Dios en nuestro interior. Solamente debemos que dejar que salga y podamos convertirnos en una María Teresa de Calcuta misericordiosa y caritativa.

Los animales y la flora cautivan mis sentidos y enternecen el alma de alegría. Son una muestra de la magia de un mundo mediocre, lacrado de guerras, batallas sangrantes, enfrentamientos y desavenencias que solo conllevan un desgaste que derrocha la oportunidad para vivir en hermandad.

Lloro en silencio; a veces ruego a las santidades que el caos mundial recupere la cordura; me gusta hablar en voz alta, aunque a veces me retraigo para conectar con la esencia de mi ser.

Dicen que tengo una intuición sobresalida. No lo sé, nunca lo he percibido. A veces, más bien a menudo acuden a mí para que les propague algún consejo, alguna sugerencia o directriz para enderezar vidas ajenas. La visionaria del siglo veintiuno me han llamado en alguna ocasión, ya que sin preverlo he acertado en las predicciones.
Gran observadora, me gusta la escucha, me relaja el sonido del viento, el mecer de las olas del mar, el silbido de las aves en la madrugada. Me encanta el chocolate. Soy una golosa empedernida, pero no soporto los ególatras ni los metomentodos.

Intento, en el silencio más recogido, pensar que algún día una tómbola de luces se activará en mi interior y podré hacer gala en una feria en la que ya no tendré que recrearme en el dolor agrio y cronificado por tantas noches en vela y días vividos sinsabor.

Y la consciencia alumbrará, como una linterna, el pasadizo que debo recorrer en mis años venideros, como esa chispa de fulgor que hará que la oscuridad más tétrica se rinda ante una defunción tantas veces rogada en un pasado espeluznante y solitario.




DESPUÉS DE HOY

  DESPUÉS DE HOY Consciencia desnuda; habitación en duelo; recuerdos de anhelo, lenguaje de locura. Verborrea sin nombre viaja en el tiempo ...