sábado, 16 de mayo de 2026

DESEOS QUEBRADOS



DESEOS QUEBRADOS


El corazón del niño se parecía a un rosario espinoso que ya no se quejaba, a pesar de las punzadas que los vértices de las espinas dirigían hacia el resquebrajo de unas entrañas lloronas frente a cualquier llamada hacia el triunfo. El muchachillo, sin embargo, conservaba la corazonada esperanzadora mientras el padre conducía con torpeza bajo un torrente de lluvia bastante dotado de tenebrosidad por un caudal desproporcionado y una caída salpicada con brusquedad, despiadada e impasible. Tim y la familia se iban acercando a un tramo de carretera que alcanzaba una altitud considerable, la cual dejaba destapar unos despeñaderos pronunciados, a la vez que llenos de peligrosidad. La lluvia, incesante, obstinada, perpetuada ante un imperecedero reloj que iba marcando las horas de viaje transcurridas, no tenía intención de atenuar su sólida exhibición frente a un crítico escenario, bastante difícil de desafiar.

Tommy y Blackie intercambiaban miradas de complicidad, casi de sintonía telepática en que, sin hablar con palabras reconocibles, era como si supieran que un acontecer fatalista iba a fastidiar los planes que los Johnson habían acordado para una gozada vacacional puesta en marcha.

La mente del mozuelo vagabundeaba con un mensaje mántrico de advertencia y alerta ante un posible terminar.

De repente, los neumáticos parecían deslizarse frente a un suelo encharcado, inundado por varios litros de agua, desparramada sin piedad. El panorama se obnubilaba, era como si la visibilidad pereciese por segundos ante los ojos de un conductor prudente y juicioso. El cielo estaba enmascarado por una colección de nubarrones hinchados de hidrógeno y oxígeno, deseosos de ser descargados con estrépito y enfurecimiento. 

Tim iba calmando la incidencia que apenas comenzaba su curso fatal. Las ruedas patinaban cada vez con mayor intensidad ante un pavimento inseguro, en que el tránsito de cualquier vehículo peligraba con descaro. Después de atravesar un cambio de rasante y proseguir un tramo todo cruzado en línea recta, la familia se acercaba a una curva muy cerrada, en la que la capacidad de poder avecinar la llegada de un coche en sentido contrario era casi nula. La calzada era de dos carriles, cosa que complicaba la situación de los Johnson por milésimas de segundos. Tim no podía retroceder. Tampoco podía estacionar el vehículo en un lugar protegido, cubierto por una plataforma superior que aislara la caída invasora de goterones enojados, ensimismados en la función de regar con fortaleza un verdoso e inmaculado valle. La familia, sin lugar a dudas, se encontraba en apuros. El percance que experimentaban era alarmante. Los rayos electrificaban el paso precedido que el vehículo debía atravesar a un nivel de velocidad aminorada. Tim cada vez estaba más acongojado y flaqueado de recursos. El volante giraba sin poder ser controlado con esmero. La rotación para realizar el giro en una curva amparada por una pared rocosa y agujereada de escarpados minerales, que iban desprendiéndose por el agua, no podía realizarse sin riesgos. El motor sufría, los surcos de las ruedas no provocaban una tracción suficiente para facilitar un mínimo anclaje en la superficie recorrida. Bien al contrario, el giro del volante no concordaba con la dirección de las ruedas; las delanteras perdían la estabilidad y se balanceaban con un equilibrio cada vez más inexistente. Turbadas y desviadas de su gravedad no podían avanzar de manera sincronizada ni moderada.

–¡Dios mío! Vamos a morir –decía Tommy que, de golpe, parecía recuperar el habla con un cierto titubeo añadido.

–No digas esto, por Dios –contestaba Katherine con contundencia. Hemos perdido el rumbo, pero recuperaremos la normalidad del trayecto.

 –Deberíamos parar en el arcén antes de continuar circulando por una carretera sinuosa, que está rodeada de barrancos cuyo deslizamiento será mortal –proseguía Tommy.

 –¡Pero ¡qué dices! Rebatió Katherine. ¿Dónde demonios pretendes que nos detengamos? Estamos casi llegando a la cumbre de una montaña que soporta un camino distorsionado por una lluvia pertinaz, que no tiene intención de cesar ni por asombro.

–De acuerdo, no perdamos la calma –respondió Tim con el corazón casi helado por un pánico que no se atrevía a dejar fluir.

La subida era empinada y el juego de pedales no podía maniobrarse con efectividad. El coche traqueteaba con avances que dificultaban la velocidad menguada. Tim pisó el acelerador porque se daba cuenta que la lluvia provocaba que las llantas, que sujetaban la goma elástica de las ruedas, se estaban empapando con creces hasta provocar una pésima circulación. Pero, por otra parte, si aceleraba corría el peligro de que el coche no pudiera propulsarse correctamente con la regulación de las marchas, ya que el agua penetraba a cántaros a través de las ruedas surcadas. ¡Qué desesperación! Se estaba produciendo en efecto aguaplanning que cada vez empeoraba el tránsito vial.

En un santiamén, una vez accedidos a esa curvatura, que acogía una pendiente de alarma roja, una furgoneta en sentido opuesto se cruzó en el mismo tramo que los Johnson habían alcanzado. El principal problema radicaba en que dicho automóvil llevaba el alumbrado activado a larga distancia y Tim no pudo detectar ni reconocer la identidad del otro circulante. El choque que se produjo fue inevitable. Las ruedas chirriaban, se estremecían con fuerza con una derrapada que conllevó que la familia Johnson se desplazasen de la carretera y cayeran al abismo de un precipicio a largos metros de profundidad...

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