DESEOS QUEBRADOS
El corazón del niño
se parecía a un rosario espinoso que ya no se quejaba, a pesar de las punzadas
que los vértices de las espinas dirigían hacia el resquebrajo de unas entrañas
lloronas frente a cualquier llamada hacia el triunfo. El muchachillo, sin
embargo, conservaba la corazonada esperanzadora mientras el padre conducía con
torpeza bajo un torrente de lluvia bastante dotado de tenebrosidad por un
caudal desproporcionado y una caída salpicada con brusquedad, despiadada e
impasible. Tim y la familia se iban acercando a un tramo de carretera que
alcanzaba una altitud considerable, la cual dejaba destapar unos despeñaderos
pronunciados, a la vez que llenos de peligrosidad. La lluvia, incesante,
obstinada, perpetuada ante un imperecedero reloj que iba marcando las horas de
viaje transcurridas, no tenía intención de atenuar su sólida exhibición frente
a un crítico escenario, bastante difícil de desafiar.
Tommy y Blackie
intercambiaban miradas de complicidad, casi de sintonía telepática en que, sin
hablar con palabras reconocibles, era como si supieran que un acontecer
fatalista iba a fastidiar los planes que los Johnson habían acordado para una
gozada vacacional puesta en marcha.
La mente del mozuelo
vagabundeaba con un mensaje mántrico de advertencia y alerta ante un posible
terminar.
De repente, los
neumáticos parecían deslizarse frente a un suelo encharcado, inundado por
varios litros de agua, desparramada sin piedad. El panorama se obnubilaba, era
como si la visibilidad pereciese por segundos ante los ojos de un conductor
prudente y juicioso. El cielo estaba enmascarado por una colección de
nubarrones hinchados de hidrógeno y oxígeno, deseosos de ser descargados con
estrépito y enfurecimiento.
Tim iba calmando la
incidencia que apenas comenzaba su curso fatal. Las ruedas patinaban cada vez
con mayor intensidad ante un pavimento inseguro, en que el tránsito de
cualquier vehículo peligraba con descaro. Después de atravesar un cambio de
rasante y proseguir un tramo todo cruzado en línea recta, la familia se
acercaba a una curva muy cerrada, en la que la capacidad de poder avecinar la
llegada de un coche en sentido contrario era casi nula. La calzada era de dos
carriles, cosa que complicaba la situación de los Johnson por milésimas de
segundos. Tim no podía retroceder. Tampoco podía estacionar el vehículo en un
lugar protegido, cubierto por una plataforma superior que aislara la caída
invasora de goterones enojados, ensimismados en la función de regar con
fortaleza un verdoso e inmaculado valle. La familia, sin lugar a dudas, se
encontraba en apuros. El percance que experimentaban era alarmante. Los rayos
electrificaban el paso precedido que el vehículo debía atravesar a un nivel de velocidad
aminorada. Tim cada vez estaba más acongojado y flaqueado de recursos. El
volante giraba sin poder ser controlado con esmero. La rotación para realizar
el giro en una curva amparada por una pared rocosa y agujereada de escarpados
minerales, que iban desprendiéndose por el agua, no podía realizarse sin
riesgos. El motor sufría, los surcos de las ruedas no provocaban una tracción
suficiente para facilitar un mínimo anclaje en la superficie recorrida. Bien al
contrario, el giro del volante no concordaba con la dirección de las ruedas; las
delanteras perdían la estabilidad y se balanceaban con un equilibrio cada vez
más inexistente. Turbadas y desviadas de su gravedad no podían avanzar de
manera sincronizada ni moderada.
–¡Dios mío! Vamos a
morir –decía Tommy que, de golpe, parecía recuperar el habla con un cierto
titubeo añadido.
–No digas esto, por
Dios –contestaba Katherine con contundencia. Hemos perdido el rumbo, pero
recuperaremos la normalidad del trayecto.
–Deberíamos parar en el arcén antes de
continuar circulando por una carretera sinuosa, que está rodeada de barrancos
cuyo deslizamiento será mortal –proseguía Tommy.
–¡Pero ¡qué dices! Rebatió Katherine. ¿Dónde
demonios pretendes que nos detengamos? Estamos casi llegando a la cumbre de una
montaña que soporta un camino distorsionado por una lluvia pertinaz, que no
tiene intención de cesar ni por asombro.
–De acuerdo, no
perdamos la calma –respondió Tim con el corazón casi helado por un pánico que
no se atrevía a dejar fluir.
La subida era empinada
y el juego de pedales no podía maniobrarse con efectividad. El coche
traqueteaba con avances que dificultaban la velocidad menguada. Tim pisó el
acelerador porque se daba cuenta que la lluvia provocaba que las llantas, que
sujetaban la goma elástica de las ruedas, se estaban empapando con creces hasta
provocar una pésima circulación. Pero, por otra parte, si aceleraba corría el
peligro de que el coche no pudiera propulsarse correctamente con la regulación
de las marchas, ya que el agua penetraba a cántaros a través de las ruedas
surcadas. ¡Qué desesperación! Se estaba produciendo en efecto aguaplanning que cada vez empeoraba el
tránsito vial.
En un santiamén, una
vez accedidos a esa curvatura, que acogía una pendiente de alarma roja, una
furgoneta en sentido opuesto se cruzó en el mismo tramo que los Johnson habían
alcanzado. El principal problema radicaba en que dicho automóvil llevaba el
alumbrado activado a larga distancia y Tim no pudo detectar ni reconocer la
identidad del otro circulante. El choque que se produjo fue inevitable. Las
ruedas chirriaban, se estremecían con fuerza con una derrapada que conllevó que
la familia Johnson se desplazasen de la carretera y cayeran al abismo de un
precipicio a largos metros de profundidad...
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