UN ORÁCULO FATALISTA
Una pesadilla
quedaba impresa en la memoria de Tommy que, sin pensárselo, tomó a Blackie en
sus brazos, ya que el animalito tiritaba de miedo e incerteza.
Tim procuraba
infravalorar un suceso cada vez más penumbroso. La panorámica externa era
equivalente a un valle de tinieblas con almas ambulantes, sin rumbo ni trazos
marcados con claridad.
Tim conducía, pero,
a la vez, sentía como un pavor iba calando los huesos y músculos rollizos.
Conducía, pero la temible agua no le permitía avanzar con acierto e iba
circulando a 20 kilómetros por hora. Con una lentitud tan desesperante no
llegarían a Nueva Maryland ni transcurrida una semana. Era muy anormal,
demasiado aborrecedora la situación presentada ante una familia inocente,
exculpada frente a infracciones viales. Tim, en dicho sentido, era
extremadamente previsor y cauto. Cuando sabía que el automóvil estaba ocupado
por pasajeros, su afán de prudencia sobre exageraba con creces la media
ponderada. Él consideraba el coche como una herramienta mortal, que debía
tratarse con el debido respeto y precaución.
No obstante, a pesar
de todo, su empeño por obedecer las reglas de la normativa de tráfico y
aminorar con rigor la marcha para no salir repercutido no facilitaban el
cumplimiento del deber.
Todo el cielo,
estrellado de nubes, enmarañado por una niebla cada vez más espesa a corta
distancia y la lluvia, alcanzando el punto álgido torrencial, no estaba
ofreciendo un espacio para distenderse, despreocuparse.
Ya casi llegando a
un paradero de descanso; un área con un pequeño motel parecía vislumbrar un
alumbrado frágil, poco trazado y notorio pero real. No podían apreciar el tramo exacto que les
faltaba recorrer para gozar de un aposento, pero no importaba. Ya nada
importaba.
Tommy solamente tenía un pensamiento en mente que lo turbaba con impaciencia; era una especie de mensaje mántrico que quedaba encuadrado dentro de un cerebro infantil que no debiera plantearse vaticinios fatalistas, pero, lamentablemente, el niño no podía desprenderse del contenido que lo acosaba sin pudor. Unas palabras que, con solo diez años, le silbaban al oído el significado de una muerte sin precedentes, instantánea, producida con una inmediatez irremediable: “fuera, basta ya”, gritaba hacia sus adentros, pero el eco de una voz pensante, quebrado y pegadizo se empecinaba en proyectar un desenlace estremecedor, que ya no perecía, ya no se rendía ante una imagen, un anhelo, un antojo de esperanza. “Sanos y Salvos”. “No podremos estar sanos y salvos”. Los dos adjetivos iban golpeando las sienes de cráneo de Tommy, su lóbulo frontal lo notaba explosivo, como una fuente de ignición, a punto de estallar en llamaradas por un fuego incandescente, rebelde y predispuesto a arrasar cualquier ente con vida...
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