sábado, 16 de mayo de 2026

UN ORÁCULO FATALISTA

 



UN ORÁCULO FATALISTA


Una pesadilla quedaba impresa en la memoria de Tommy que, sin pensárselo, tomó a Blackie en sus brazos, ya que el animalito tiritaba de miedo e incerteza.

Tim procuraba infravalorar un suceso cada vez más penumbroso. La panorámica externa era equivalente a un valle de tinieblas con almas ambulantes, sin rumbo ni trazos marcados con claridad.

Tim conducía, pero, a la vez, sentía como un pavor iba calando los huesos y músculos rollizos. Conducía, pero la temible agua no le permitía avanzar con acierto e iba circulando a 20 kilómetros por hora. Con una lentitud tan desesperante no llegarían a Nueva Maryland ni transcurrida una semana. Era muy anormal, demasiado aborrecedora la situación presentada ante una familia inocente, exculpada frente a infracciones viales. Tim, en dicho sentido, era extremadamente previsor y cauto. Cuando sabía que el automóvil estaba ocupado por pasajeros, su afán de prudencia sobre exageraba con creces la media ponderada. Él consideraba el coche como una herramienta mortal, que debía tratarse con el debido respeto y precaución.

No obstante, a pesar de todo, su empeño por obedecer las reglas de la normativa de tráfico y aminorar con rigor la marcha para no salir repercutido no facilitaban el cumplimiento del deber.

Todo el cielo, estrellado de nubes, enmarañado por una niebla cada vez más espesa a corta distancia y la lluvia, alcanzando el punto álgido torrencial, no estaba ofreciendo un espacio para distenderse, despreocuparse.

Ya casi llegando a un paradero de descanso; un área con un pequeño motel parecía vislumbrar un alumbrado frágil, poco trazado y notorio pero real.  No podían apreciar el tramo exacto que les faltaba recorrer para gozar de un aposento, pero no importaba. Ya nada importaba.

 Tommy solamente tenía un pensamiento en mente que lo turbaba con impaciencia; era una especie de mensaje mántrico que quedaba encuadrado dentro de un cerebro infantil que no debiera plantearse vaticinios fatalistas, pero, lamentablemente, el niño no podía desprenderse del contenido que lo acosaba sin pudor. Unas palabras que, con solo diez años, le silbaban al oído el significado de una muerte sin precedentes, instantánea, producida con una inmediatez irremediable: “fuera, basta ya”, gritaba hacia sus adentros, pero el eco de una voz pensante, quebrado y pegadizo se empecinaba en proyectar un desenlace estremecedor, que ya no perecía, ya no se rendía ante una imagen, un anhelo, un antojo de esperanza. “Sanos y Salvos”. “No podremos estar sanos y salvos”.  Los dos adjetivos iban golpeando las sienes de cráneo de Tommy, su lóbulo frontal lo notaba explosivo, como una fuente de ignición, a punto de estallar en llamaradas por un fuego incandescente, rebelde y predispuesto a arrasar cualquier ente con vida...

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