DOLENCIAS SOMBRÍAS
Blackie, con el
detector radiológico cerebral comienza a ponerse en contacto con el habitáculo
de la máxima ordenanza penitenciaria. Todo, en el fondo, es bastante
ennegrecido, manchado de imágenes que ensombrecen el escenario en el que
Blackie pretende entrar en sintonía. Su radar está activado para poder realizar
un encuentro con el responsable de la llave de oro a la vez que pretende que el
niño pueda releer en su despierto estado, la agravante situación del
magistrado. El Alcaide tiene una hija que se asemeja a la edad de Tommy. El
gato, con una lectura bastante menguada de claridad, reconoce un dormitorio
repleto de ángulos en que posters de personajes de Disney, cómics Manga e
ídolos mundiales del fútbol americano avasallan el espacio de cada parte de la
pared rectangular. Va repasando con dificultades todo el entorno, en el que hay
una cama acolchada con un edredón coloreado de elementos voladores: pájaros,
cometas, avionetas, globos aerostáticos y zepelines inundan el material textil
de dicha pieza de cobertura. Encima, una niña muy flácida, tiene puesto un
termómetro. Está con su madre que le toma la temperatura mientras la niña tose,
carraspea, estornuda y lagrimea. Todo es impreciso, pero Blackie y Tommy al fin
son espectadores de un suceso que no pasa desapercibido.
El Alcaide bordea el
lado opuesto del camastro mientras consuela a la pequeña con una angustia
disimulada. La estriñe contra su torso a la vez que la hija lloriquea sin saber
qué ocurre con exactitud. Toda la habitación parece temblar por una desgracia
nada enmendable.
De repente, Blackie
presencia una escena en la que el matrimonio, de apariencia roedora, hablan de
retener la medicina. ¡Dios! La llave. Delante del mueble del recibidor se
encuentra tendida, en desuso, como si fuera prescindible, cuando, en el fondo,
puede tratarse de un potente antiséptico. Los padres parlotean, casi discuten,
pero con apacibilidad y pronuncian la palabra pleuritis. Como consecuencia de
una neumonía, la niña tiene la cobertura de los pulmones, la pleura, infectada
e inflamada. El desarrollo es serio. La respiración es muy insuficiente y el
Alcaide está aterrorizado. Su hija berrea sin parar haciendo un llamamiento a
su padre, irrumpido por un desesperar constante. La causa de la afección es
idiopática, no se conoce el origen, pero parece que la niña es susceptible a
experimentar la desgracia de un tumor que podría ser letal. Midas se acerca y
le cuenta que la situación está bien controlada y que pronto podrá reponerse.
Blackie continua sin
descuidar el escenario que retrata su subconsciente y puede reconocer el nombre
de la niña enfermita: Zoe. Su padre, un infiltrado roedor que procede del Olimpo,
en la mitología primaria de la Grecia Antigua tuvo una sola hija. Su poder, de
una capacidad maximizada, provoca que cualquier fenómeno anómalo sea convertido
en oro. En el caso del reino de los homínidos y, posteriormente, los humanos
cualquier síntoma que pueda preconcebir un agravio inevitable es restaurado
exitosamente. Contrariamente, su hija ha sido sentenciada a no sanar. ¡No es
posible que la torpeza haya llamado a las puertas de aquella casa y la escasez
para encontrar píldoras, cápsulas, y preparados bebibles como jarabes no tengan
la eficacia estimada para terminar con el tormento de la pequeña! El Alcaide,
Dios del Oro, empieza a notarse faltado de fuerza energética. El hambre le
golpea las paredes del estómago, pero en el momento de la ingestión, siente la
boca de éste totalmente sobresaturada. Su inapetencia va en aumento, aunque él
sabe que no puede permitirse morir y dejar en orfandad a Zoe...
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