viernes, 15 de mayo de 2026

EL TEMBLOR DE LOS CRISTALES



 EL TEMBLOR DE LOS CRISTALES


El Rey y el guardián intercambian miradas de enojo y perplejidad mientras que las piernas de ambos tiemblan, igual que las hojas caducas que son víctimas de un viento huracanado. Casi sin hablarse son capaces de comunicarse por completo. La traición ha asumido un papel protagonista en sus vidas. Recuerdan, cuando empezaron a jerarquizarse, cómo el Alcaide de prisión era un roedor con una conducta demasiado moderada e inofensiva para llevar a cabo el cargo de coordinación funcional de la cárcel. El Rey siempre le delegaba la responsabilidad de atrapar todas las especies amenazantes, que pudieran apostar por una aniquilación hacia los roedores. También recuerda que le pedía que tuviese el carácter suficientemente déspota para preparar a los presos a tener vivencias de tortura y ebriedad emocional. El Alcaide, por su parte, le correspondía alistar a los penitentes y registrarlos con eficacia para ser después cadáveres no exhumados; seres que, apalizados, acabarían pisando la muerte y se convertirían en heces orgánicas para gusanos afamados.

El guardián sabe ahora lo que el Rey está pensando. Los dos rompen con un silencio momentáneo que pone en perspectiva las opiniones:

–No puede ser que el Alcaide sea un topo camuflado que nos haya realizado una trampa voluntaria. Pero seguramente durante todo este tiempo ha estado a favor de esos tipejos que residían en Nueva Maryland y defendía el honor a hacerles perdurar la vida de manera intacta.

–Un momento –exclama el Rey –últimamente, me viene a la memoria que el Alcaide siempre se excusaba con el pretexto de acabar la jornada antes de tiempo y otorgaba al equipo de programación teleinformática no establecer turnos para relevar las cámaras de vigilancia. Era indulgente, excesivamente permisivo y el trato con los compatriotas tenía de todo menos aspecto de severidad.

–Es cierto –dice el guardián –pero fíjese en el amuleto. ¿Cree que el Alcaide ha intentado desviar información hacia horizontes desconocidos con el propósito de mantener Nueva Maryland como en la época en la que el poblado fue creado?

 –Por supuesto. Estamos en pleno siglo XXI y él, sin lugar a duda, habla de un renacimiento. El felino tiene una vinculación con el Olimpo, poderes que se desmarcan de un estado de normalidad concebido, y el Alcaide es muy probable que lo sepa.

 –Pero ¿Cree en realidad que su identidad está falsificada? ¿Qué ha interpretado un rol que no le correspondía y ha enmascarado una personalidad ideológica, en apariencia concordante con la que nosotros defendemos? –inquiere el guardián de celda.

El Rey está sulfurado y cabreado con creces. Las sospechas de que el Alcaide se ha reunido con Blackie y el niño pródigo que decidió adoptarlo son casi indudables. Con atención, el Rey mira de nuevo el folleto que sostiene el guardián de planta con despecho. La confabulación y todo el planeo inicial ha roto con el proceso de extorsión de los roedores frente a dos habitantes escogidos en Nueva Maryland. “Nuevos renaceres” –masculla el Rey.

–¡Por el amor de Dios! El Alcaide ha tenido un trato con los Dioses del Olimpo para reparar, corregir y modificar todo el código de ejecución letal basado en preceptos austeros. Es un miserable y cretino infiltrado.

 –¿Cómo saberlo del todo? –pregunta el guardián –esta pista es algo ambigua, ya que no acaba de desvelar una intencionalidad precisa. Podría ser que el renacer fuésemos nosotros, los ratones, amos y señores de una aldea, caramelizada antes por un ambiente de unidad y enternecimiento. Me parece que estamos deduciendo cuestiones con una cierta precipitación. Muy posible, el Alcaide haya huido por cuestiones desconocidas, pero no podemos confirmar las razones exactas hasta que no hayamos recabado pruebas.

–¡Pruebas! ¡Más pruebas quieres! –grita el Rey –fíjate en el símbolo que se ve en miniatura al pie de la página. Es un crucifijo que está reposando justo debajo del mensaje revelador. El renacer se remonta a la nueva encarnación de Jesucristo después de ser sepultado en un sarcófago exhibido en forma de cruz. Este símbolo es casi inapreciable por una borrosidad evidente, pero yo como Rey he aprendido, igual que los criptólogos historiadores, a poder atar cabos y llegar a conclusiones gracias a un lenguaje lleno de abstracción.

De repente, los monitores, desde la Sede Central, empiezan a revelar imágenes marcadas por unas líneas que dificultan la claridad y el seguimiento policial en todas las ciudades de Canadá. Las interferencias inundan las pantallas de una forma violentada. Los operadores no encuentran la fórmula resolutiva para reconfigurar el sistema operativo. Parece que la calidad de visión ha decrecido estratosféricamente. A marchas forzadas, han perdido el comando para poder informar de los movimientos de unos fugitivos que parecen engullidos, tragados, desaparecidos en un ciclo vital todavía conservado.

Todo el subterráneo, sin preámbulos, comienza a crujir. El engranaje de aparatos, dispositivos, maquinaria e instrumentos de artillería pierden la eficacia probada. Un estruendo tremendamente retumbante está empezando a descomponer toda la arquitectura de un establecimiento penitenciario que parecía nada derrotado. El Dios de la Muerte (Tánatos) se ha rendido ante una guerra de aspecto interminable y ahora los roedores tienen mucho que perder a pesar de una lucha palpitante. La muerte siempre reta a la vida, pero la última acaba aposentando su fuerza ancestral. Tánatos se ha extinguido en el tiempo y el espacio y los ratones, en el poblado de Nueva Maryland, se encuentran carentes de provisiones que tengan un fácil alcance. Se siente frágiles, agotados, sedientos de venganza, pero su imperio forjado de conductos, cavidades y aberturas recónditas que forman un templo con recintos adosados, comienza a tambalear. Toda la estructura maciza tiende a un acabose inevitable que la fortaleza de ratones, insaciables y dispuestos a bloquear el acceso y residencia ante cualquier espécimen ajeno a su biogenética, se empeñan en evitar...

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