EL TEMBLOR DE LOS CRISTALES
El Rey y el guardián
intercambian miradas de enojo y perplejidad mientras que las piernas de ambos
tiemblan, igual que las hojas caducas que son víctimas de un viento huracanado.
Casi sin hablarse son capaces de comunicarse por completo. La traición ha
asumido un papel protagonista en sus vidas. Recuerdan, cuando empezaron a
jerarquizarse, cómo el Alcaide de prisión era un roedor con una conducta
demasiado moderada e inofensiva para llevar a cabo el cargo de coordinación
funcional de la cárcel. El Rey siempre le delegaba la responsabilidad de
atrapar todas las especies amenazantes, que pudieran apostar por una
aniquilación hacia los roedores. También recuerda que le pedía que tuviese el
carácter suficientemente déspota para preparar a los presos a tener vivencias
de tortura y ebriedad emocional. El Alcaide, por su parte, le correspondía
alistar a los penitentes y registrarlos con eficacia para ser después cadáveres
no exhumados; seres que, apalizados, acabarían pisando la muerte y se
convertirían en heces orgánicas para gusanos afamados.
El guardián sabe
ahora lo que el Rey está pensando. Los dos rompen con un silencio momentáneo
que pone en perspectiva las opiniones:
–No puede ser que el
Alcaide sea un topo camuflado que nos haya realizado una trampa voluntaria.
Pero seguramente durante todo este tiempo ha estado a favor de esos tipejos que
residían en Nueva Maryland y defendía el honor a hacerles perdurar la vida de
manera intacta.
–Un momento –exclama
el Rey –últimamente, me viene a la memoria que el Alcaide siempre se excusaba
con el pretexto de acabar la jornada antes de tiempo y otorgaba al equipo de
programación teleinformática no establecer turnos para relevar las cámaras de
vigilancia. Era indulgente, excesivamente permisivo y el trato con los
compatriotas tenía de todo menos aspecto de severidad.
–Es cierto –dice el
guardián –pero fíjese en el amuleto. ¿Cree que el Alcaide ha intentado desviar
información hacia horizontes desconocidos con el propósito de mantener Nueva
Maryland como en la época en la que el poblado fue creado?
–Por supuesto. Estamos en pleno siglo XXI y
él, sin lugar a duda, habla de un renacimiento. El felino tiene una vinculación
con el Olimpo, poderes que se desmarcan de un estado de normalidad concebido, y
el Alcaide es muy probable que lo sepa.
–Pero ¿Cree en realidad que su identidad está
falsificada? ¿Qué ha interpretado un rol que no le correspondía y ha
enmascarado una personalidad ideológica, en apariencia concordante con la que
nosotros defendemos? –inquiere el guardián de celda.
El Rey está
sulfurado y cabreado con creces. Las sospechas de que el Alcaide se ha reunido
con Blackie y el niño pródigo que decidió adoptarlo son casi indudables. Con
atención, el Rey mira de nuevo el folleto que sostiene el guardián de planta
con despecho. La confabulación y todo el planeo inicial ha roto con el proceso
de extorsión de los roedores frente a dos habitantes escogidos en Nueva
Maryland. “Nuevos renaceres” –masculla
el Rey.
–¡Por el amor de
Dios! El Alcaide ha tenido un trato con los Dioses del Olimpo para reparar,
corregir y modificar todo el código de ejecución letal basado en preceptos
austeros. Es un miserable y cretino infiltrado.
–¿Cómo saberlo del todo? –pregunta el guardián
–esta pista es algo ambigua, ya que no acaba de desvelar una intencionalidad
precisa. Podría ser que el renacer fuésemos nosotros, los ratones, amos y
señores de una aldea, caramelizada antes por un ambiente de unidad y enternecimiento.
Me parece que estamos deduciendo cuestiones con una cierta precipitación. Muy
posible, el Alcaide haya huido por cuestiones desconocidas, pero no podemos
confirmar las razones exactas hasta que no hayamos recabado pruebas.
–¡Pruebas! ¡Más pruebas
quieres! –grita el Rey –fíjate en el símbolo que se ve en miniatura al pie de
la página. Es un crucifijo que está reposando justo debajo del mensaje
revelador. El renacer se remonta a la nueva encarnación de Jesucristo después
de ser sepultado en un sarcófago exhibido en forma de cruz. Este símbolo es
casi inapreciable por una borrosidad evidente, pero yo como Rey he aprendido,
igual que los criptólogos historiadores, a poder atar cabos y llegar a
conclusiones gracias a un lenguaje lleno de abstracción.
De repente, los
monitores, desde la Sede Central, empiezan a revelar imágenes marcadas por unas
líneas que dificultan la claridad y el seguimiento policial en todas las
ciudades de Canadá. Las interferencias inundan las pantallas de una forma
violentada. Los operadores no encuentran la fórmula resolutiva para
reconfigurar el sistema operativo. Parece que la calidad de visión ha decrecido
estratosféricamente. A marchas forzadas, han perdido el comando para poder
informar de los movimientos de unos fugitivos que parecen engullidos, tragados,
desaparecidos en un ciclo vital todavía conservado.
Todo el subterráneo,
sin preámbulos, comienza a crujir. El engranaje de aparatos, dispositivos,
maquinaria e instrumentos de artillería pierden la eficacia probada. Un
estruendo tremendamente retumbante está empezando a descomponer toda la
arquitectura de un establecimiento penitenciario que parecía nada derrotado. El
Dios de la Muerte (Tánatos) se ha rendido ante una guerra de aspecto
interminable y ahora los roedores tienen mucho que perder a pesar de una lucha
palpitante. La muerte siempre reta a la vida, pero la última acaba aposentando
su fuerza ancestral. Tánatos se ha extinguido en el tiempo y el espacio y los
ratones, en el poblado de Nueva Maryland, se encuentran carentes de provisiones
que tengan un fácil alcance. Se siente frágiles, agotados, sedientos de
venganza, pero su imperio forjado de conductos, cavidades y aberturas
recónditas que forman un templo con recintos adosados, comienza a tambalear.
Toda la estructura maciza tiende a un acabose inevitable que la fortaleza de
ratones, insaciables y dispuestos a bloquear el acceso y residencia ante
cualquier espécimen ajeno a su biogenética, se empeñan en evitar...
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