sábado, 16 de mayo de 2026

INCLEMENCIAS

 



INCLEMENCIAS


Blackie, acolchado y acurrucadito en su sillín trasero, dentro del recipiente que lo encapsulaba, se sentía algo desplazado, aunque a la vez acechado por un viaje que parecía eterno, imposible de consolidar. Tim no perdía ante el retrovisor los movimientos de su hijo y el gato, a pesar de que la lluvia empezara a reconvertir el agua en goterones de un grosor cada vez más intimidante. El parabrisas rotaba de un lado a otros, se balanceaba insistente para despejar la suficiente visibilidad que el padre de Tommy necesitaba para llegar a destino. ¡qué extraño! En Toronto no había habido chubascos ni tempestades con repercusiones. El día y la noche estaban eximidos de una alta presión atmosférica. Toda la temporada estival rebosaba calidez, templanza, una moderación térmica que se inclinaba a dejar rociar rayos de calor a través de un sol ardiente, inflexible y contumaz. Ese día, sin embargo, todo era distinto. El paisaje, inundado por una borrachera de nubes grisáceas hacían temblequear cualquier indicio de luz calorífica. El sol, encogido había quedado, sin atreverse a atisbar el más mínimo fulgor. A medida que la familia se adentraba ante una carretera encorsetada de curvas cerradas, con una perspectiva reducida, el estado del clima desmejoraba por instantes. Katherine y Tim intercambiaban miradas de complicidad casi inducidas por una telepatía sincronizada. ¿por qué la meteorología era tan punzante? ¿por qué no se preciaba a ser algo más condescendiente ante una familia que se disponía a veranear y a festejar unas vacaciones sobradamente merecedoras?

Tommy interrumpió el silencio que reinaba dentro del auto.

–¿Qué ocurre? –preguntó con asiduidad.

–¿Qué quieres decir, querido? –quiso aclarar la madre –¿Es sobre la lluvia? –no te preocupes que realizaremos el trayecto con cautela.

 –No mamá. No lo entiendes. Estoy notando como si el embrague no pudiese proceder a regular las marchas del vehículo.

–Tim, querido ¿Has notado algo raro? –preguntó Katherine. –No lo sé. Estoy tan concentrado en dirimir el empañamiento que hay en los cristales por esta dichosa lluvia que no me he percatado del detalle.

 –Papá, estoy asustado –confirmó Tommy –tengo un oscuro presentimiento. –Creo que deberíamos detener el coche en el área de servicio más próxima y revisarlo, más que nada para descartar incidencias.

De sopetón, casi sin haberlo imaginado, un relámpago se estampó a doce metros de ellos. Podían ver como reflectaba su estridencia y su virulencia ante el choque de varias nubes condensadas. El agua caía con poderío, con maestría. De hecho, se estaba convirtiendo en la protagonista de un trayecto que ya empezaba a ser agotador y nada bien recibido...

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