INCLEMENCIAS
Blackie, acolchado y
acurrucadito en su sillín trasero, dentro del recipiente que lo encapsulaba, se
sentía algo desplazado, aunque a la vez acechado por un viaje que parecía
eterno, imposible de consolidar. Tim no perdía ante el retrovisor los
movimientos de su hijo y el gato, a pesar de que la lluvia empezara a
reconvertir el agua en goterones de un grosor cada vez más intimidante. El
parabrisas rotaba de un lado a otros, se balanceaba insistente para despejar la
suficiente visibilidad que el padre de Tommy necesitaba para llegar a destino.
¡qué extraño! En Toronto no había habido chubascos ni tempestades con
repercusiones. El día y la noche estaban eximidos de una alta presión
atmosférica. Toda la temporada estival rebosaba calidez, templanza, una
moderación térmica que se inclinaba a dejar rociar rayos de calor a través de
un sol ardiente, inflexible y contumaz. Ese día, sin embargo, todo era
distinto. El paisaje, inundado por una borrachera de nubes grisáceas hacían
temblequear cualquier indicio de luz calorífica. El sol, encogido había
quedado, sin atreverse a atisbar el más mínimo fulgor. A medida que la familia
se adentraba ante una carretera encorsetada de curvas cerradas, con una
perspectiva reducida, el estado del clima desmejoraba por instantes. Katherine
y Tim intercambiaban miradas de complicidad casi inducidas por una telepatía
sincronizada. ¿por qué la meteorología era tan punzante? ¿por qué no se
preciaba a ser algo más condescendiente ante una familia que se disponía a
veranear y a festejar unas vacaciones sobradamente merecedoras?
Tommy interrumpió el
silencio que reinaba dentro del auto.
–¿Qué ocurre?
–preguntó con asiduidad.
–¿Qué quieres decir,
querido? –quiso aclarar la madre –¿Es sobre la lluvia? –no te preocupes que
realizaremos el trayecto con cautela.
–No mamá. No lo entiendes. Estoy notando como
si el embrague no pudiese proceder a regular las marchas del vehículo.
–Tim, querido ¿Has
notado algo raro? –preguntó Katherine. –No lo sé. Estoy tan concentrado en
dirimir el empañamiento que hay en los cristales por esta dichosa lluvia que no
me he percatado del detalle.
–Papá, estoy asustado –confirmó Tommy –tengo
un oscuro presentimiento. –Creo que deberíamos detener el coche en el área de
servicio más próxima y revisarlo, más que nada para descartar incidencias.
De sopetón, casi sin haberlo imaginado, un relámpago se estampó a doce metros de ellos. Podían ver como reflectaba su estridencia y su virulencia ante el choque de varias nubes condensadas. El agua caía con poderío, con maestría. De hecho, se estaba convirtiendo en la protagonista de un trayecto que ya empezaba a ser agotador y nada bien recibido...
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