VACACIONES EN MARCHA
Tommy imaginaba
Nueva Maryland como una tierra beatificada por una pureza contagiosa.
En la habitación,
mientras preparaba el equipaje, podía dejar su cerebro desplazarse hacia los
paisajes más pintorescos y bucólicos del planeta. Imaginaba a Blackie
brincando, posando como si fuera a ser filmado por un cámara regidor en
diferentes puntos silvestres de un territorio caracterizado por la espesura de
unos bosques gentiles; unos bosques encantados de recibir nuevos visitantes de
lugares forasteros, ajenos a las raíces, a la estirpe encadenada por una
sucesión genealógica de parientes. Se recreaba en pensamientos que fulminaban
escenas casi utópicas, fuera de los dogmas convencionales establecidos ante una
convivencia y rutina cotidianas. Toda la sarta de diapositivas enmarcadas
hacía, sin lugar a duda, que Nueva Maryland quedara lucida por un encanto
embriagador. No era sencillo para el muchachillo poder conectar con el emblema
de un paisaje tan etiquetado de embelesamiento y cautividad. Todo tan impoluto,
tan simétrico y dotado de un perfeccionamiento casi inaudito, chocante,
inconcebible, no podía empujar a Tommy hacia un camino en el que la
indiferencia y la frialdad tuvieran algún tipo de vigencia.
Camisetas, camisas,
guantes de lana, bermudas, pantalones bombachos, chándales, calcetines de
algodón y varios pullovers y jerséis de abrigo estaban siendo depositados en
una mochila deportiva. La idea de la familia era estar un par de semanas fuera
de la civilización estresante, estrepitosa, aparatosa y a veces irritante.
Nueva Maryland ofrecía esa estancia y disfrute gracias a una deslumbrante
quietud medio ambiental y una desmedida belleza paisajística, ya que eran
factores de fácil alcance. No había efectos condicionantes o preámbulos a tener
que cumplir para acceder a un período vacacional irrefrenable. La familia
Johnson estaba segura de que había negociado de manera sobresaliente con la
pareja que se había ofrecido al intercambio de viviendas. El trámite fue
sencillo y los acuerdos pactados muy accesibles y llevadores. Todo el
procedimiento parecía tener un encaje no antes premeditado ni analizado con
exhaustividad. Los padres de Tommy se merecían una escapada al campo donde las
flores, hojas, frutos, bellotas y lepidópteros, como las mariposas y las mantis
religiosas, pudieran rendir tributo ante los ojos de una familia obrera, de
costumbres más bien ortodoxas.
Aquel día Tim tenía
la frente empapada de sudor. Había trabajado duramente para cargar con el
furgón que había alquilado y salir de partida a Nueva Maryland. Muchos
paquetes, envases y embalajes contenían un cierto peso que, con un verano
rebozado por un calor majestuoso, provocaban sulfuramiento y un impregnado en
la piel difícil de combatir. Todo parecía listo para poder ser transportado
hasta el poblado canadiense ensoñado. Blackie viajaría en el asiento trasero,
en un camastro de rejillas de aluminio al lado de Tommy, atado a un cinturón de
seguridad. El trayecto de Toronto a Nueva Maryland era largo. La familia había
decidido salir a las siete de la mañana para llegar a medianoche del siguiente
día. La distancia era perezosa y peleona, ya que muchos desafíos climáticos
podían presentarse sin pronóstico medido por un radar meteorológico. Sin
embargo, Tim y Katherine, siempre presagiando aconteceres optimistas, veían con
buenos ojos hacer un peregrinaje usando un vehículo motorizado propio. Harían,
por supuesto, varias paradas en diferentes estaciones de gasolina o áreas de
servicio para comer e hidratarse. Todo estaba planificado para la puesta a
punto sin retrasos ni retrocesos.
Blackie sería el más
afectado por las variaciones térmicas al cruzar el estado de Toronto y
atravesarlo hasta hacer ruta directa hacia Nueva Maryland. Todo el paso
fronterizo vinculado por la costa podía avecinar precipitaciones inesperadas.
Toronto está atravesada
por dos ríos, Humber y Don, además de varios afluentes, con lo cual el índice
de humedad es creciente. La época de lluvias, a pesar de un tostado verano, no
quedaba descartada bajo ningún concepto. Es más, chaparrones por una congestión
de nubes de gran espesor es un hecho protuberante, muy frecuentado.
Tim conducía a una velocidad moderada. Se podía que su táctica frente al volante dejaba reflejar seguridad y buen manejo. Las maniobras que tenía que ejecutar en diferentes encrucijadas delimitadas por la ciudad de Toronto y, giros, que eran obligatorios una vez alcanzada la carretera costera, dejaban boquiabiertos a los acompañantes.
Cada vez el panorama se tornaba más sombrío, mustio y alertado por posibles peligros venideros...
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