SACRAMENTO TERGIVERSADO
El diálogo entre
Tommy y Blackie se extiende como un halcón que alza su vistoso plumaje por
zonas de extensión inagotable. Tommy apenas siente su estado físico con los
estímulos sensoriales. Éstos ya han dejado de agudizarse y no encabezan el
viaje ilustrado; un viaje que parece bailar con unos alrededores pochos,
sonidos sometidos a una quietud mortuoria; un viaje que se mofa de unos
alienígenas, que habitan la esfera terrestre para militar un condado, cuya vida
antes estaba rebosada de encanto por una fauna sobresalida y siempre creciente.
Tommy queda cegado por el impacto que le produce la palabra “muerte”. Realmente, no había caído en el
detalle.
Blackie, ya casi llegando
a Toronto, con el traqueteo de sus hélices impulsadas por una marcha motora le
aclara:
–Según la leyenda y
la prehistoria, antes que los romanos ocuparan las principales colonias y
capitales del mundo occidental, la tierra estaba cedida por entidades poseídas
por un eterismo inmodificable. El endiosamiento de todas las figuras
mitológicas intentaba implantar una serie de doctrinas morales con alegorismos.
Cada entidad estaba asociada a una idea, cualidad temperamental o
característica abstractas. El materialismo, la opulencia y la lucha por
alcanzar un posicionamiento elitista ante un mundo competitivo perecían. Los
Dioses vivían en los palacios de un Olimpo que acogía la diversidad, pero con
una intención común: la igualdad de deberes y derechos hasta que el bien
conocido Edén, impuesto por el cristianismo, un legendario relato que habla de
un paraíso que está bendecido, quedó afectado por el poder de un ente adverso,
Eva, que infringe el conjunto de reglas contenidas por una moralidad digna de
ser ejemplificada. Este evento, en realidad, jamás ha sido contabilizado por lo
que conocemos como la era histórica universal, en el que los siglos eran el
referente para poder dejar constatadas las batallas, revueltas y guerras.
En la distancia más
divisable, Blackie detecta con su radiófono el tejado de la casa de Midas. Su
voz se aligera y parece que el timbre empieza a decrecer. No pretende que el
vecindario de la gran ciudad pueda vaticinar la llegada de unos seres que se
desmarcan por una apariencia estrafalaria y una forma atípica de circular por
el gallardo territorio. Muy atentos, miran el estado del firmamento lleno de
estelas, señales que el Olimpo remite para que la salvación de la hija de Midas
cumpla con su merecido. Parece como si una copa, ensangrentada por un
Jesucristo desintegrado, que Venus ocupó en aquella distintiva catedral,
pudiese transformar todo el caótico disturbio religioso en un tiempo
transcurrido de manera imperecedera.
El rey Midas,
Alcaide de Nueva Maryland, es un pretendiente perfecto que encaja para
compensar una cuenta desajustada con Cristo. Una deuda pendiente que ha
requerido remodelarse, a pesar de muchísimos años de pobreza, menudez y
encogimiento espiritual.
Blackie es un motor
recargado por una batería que no disminuye, ya que queda retenida por esa
fuerza que siempre ha mantenido, hasta el día de hoy, a expensas de terceros.
Navegando por un
espacio lleno de simples legañas de humo, en las que la capa de ozono ha
quedado intacta en poblaciones canadienses vecinas, Blackie aminora la
velocidad y se detiene en el último piso de un bloque construido con cemento
armado. El niño siente su corazón reducirse a marchas forzadas. Todo lo que el
felino le cuenta tiene un sentido coherente. Él ya puede atar muchos cabos que
estaban antes aflojados y no acababan de cuadrar con una historia sagrada y
mitológica que los teólogos y filósofos siempre han intentado entretejer.
En algún nivel no
potencialmente resaltado, la religión ha querido retocar muchos documentos
antiguos que esconden la verdadera utilidad y veracidad de los Dioses en una
era no registrada ni certificada científicamente. Pero el Olimpo, tal y como lo
percibe Tommy en los sueños y a través de la poderosa valía de un erudito, un
catedrático que tiene una inteligencia torrencial llamado Blackie, es parecido
a un mundo ordenado que, civilizadamente, se aleja del plan inicial: converger
las almas y los cuerpos, confluirlos y reforzarlos a través de una hermandad
igualitaria, sin distintivos ni retoques.
Los Dioses han podido
clasificar cada don inmaterial con la representación gráfica de una conducta
albergada en los seres humanos; una caricatura que, muy a pesar de ellos, se ha
desviado como los arcos de un acueducto, dando vueltas atolondradas sin
principio ni fin, formando un bumerán incuestionablemente alocado...
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