viernes, 15 de mayo de 2026

SACRAMENTO TERGIVERSADO

 



SACRAMENTO TERGIVERSADO


El diálogo entre Tommy y Blackie se extiende como un halcón que alza su vistoso plumaje por zonas de extensión inagotable. Tommy apenas siente su estado físico con los estímulos sensoriales. Éstos ya han dejado de agudizarse y no encabezan el viaje ilustrado; un viaje que parece bailar con unos alrededores pochos, sonidos sometidos a una quietud mortuoria; un viaje que se mofa de unos alienígenas, que habitan la esfera terrestre para militar un condado, cuya vida antes estaba rebosada de encanto por una fauna sobresalida y siempre creciente. Tommy queda cegado por el impacto que le produce la palabra “muerte”. Realmente, no había caído en el detalle.

Blackie, ya casi llegando a Toronto, con el traqueteo de sus hélices impulsadas por una marcha motora le aclara:

–Según la leyenda y la prehistoria, antes que los romanos ocuparan las principales colonias y capitales del mundo occidental, la tierra estaba cedida por entidades poseídas por un eterismo inmodificable. El endiosamiento de todas las figuras mitológicas intentaba implantar una serie de doctrinas morales con alegorismos. Cada entidad estaba asociada a una idea, cualidad temperamental o característica abstractas. El materialismo, la opulencia y la lucha por alcanzar un posicionamiento elitista ante un mundo competitivo perecían. Los Dioses vivían en los palacios de un Olimpo que acogía la diversidad, pero con una intención común: la igualdad de deberes y derechos hasta que el bien conocido Edén, impuesto por el cristianismo, un legendario relato que habla de un paraíso que está bendecido, quedó afectado por el poder de un ente adverso, Eva, que infringe el conjunto de reglas contenidas por una moralidad digna de ser ejemplificada. Este evento, en realidad, jamás ha sido contabilizado por lo que conocemos como la era histórica universal, en el que los siglos eran el referente para poder dejar constatadas las batallas, revueltas y guerras.

En la distancia más divisable, Blackie detecta con su radiófono el tejado de la casa de Midas. Su voz se aligera y parece que el timbre empieza a decrecer. No pretende que el vecindario de la gran ciudad pueda vaticinar la llegada de unos seres que se desmarcan por una apariencia estrafalaria y una forma atípica de circular por el gallardo territorio. Muy atentos, miran el estado del firmamento lleno de estelas, señales que el Olimpo remite para que la salvación de la hija de Midas cumpla con su merecido. Parece como si una copa, ensangrentada por un Jesucristo desintegrado, que Venus ocupó en aquella distintiva catedral, pudiese transformar todo el caótico disturbio religioso en un tiempo transcurrido de manera imperecedera.

El rey Midas, Alcaide de Nueva Maryland, es un pretendiente perfecto que encaja para compensar una cuenta desajustada con Cristo. Una deuda pendiente que ha requerido remodelarse, a pesar de muchísimos años de pobreza, menudez y encogimiento espiritual.

Blackie es un motor recargado por una batería que no disminuye, ya que queda retenida por esa fuerza que siempre ha mantenido, hasta el día de hoy, a expensas de terceros.

Navegando por un espacio lleno de simples legañas de humo, en las que la capa de ozono ha quedado intacta en poblaciones canadienses vecinas, Blackie aminora la velocidad y se detiene en el último piso de un bloque construido con cemento armado. El niño siente su corazón reducirse a marchas forzadas. Todo lo que el felino le cuenta tiene un sentido coherente. Él ya puede atar muchos cabos que estaban antes aflojados y no acababan de cuadrar con una historia sagrada y mitológica que los teólogos y filósofos siempre han intentado entretejer.

En algún nivel no potencialmente resaltado, la religión ha querido retocar muchos documentos antiguos que esconden la verdadera utilidad y veracidad de los Dioses en una era no registrada ni certificada científicamente. Pero el Olimpo, tal y como lo percibe Tommy en los sueños y a través de la poderosa valía de un erudito, un catedrático que tiene una inteligencia torrencial llamado Blackie, es parecido a un mundo ordenado que, civilizadamente, se aleja del plan inicial: converger las almas y los cuerpos, confluirlos y reforzarlos a través de una hermandad igualitaria, sin distintivos ni retoques.

Los Dioses han podido clasificar cada don inmaterial con la representación gráfica de una conducta albergada en los seres humanos; una caricatura que, muy a pesar de ellos, se ha desviado como los arcos de un acueducto, dando vueltas atolondradas sin principio ni fin, formando un bumerán incuestionablemente alocado...

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