UN PLAN ARTIFICIOSO
La hija del Alcaide,
completamente cautivada por un mundo de desolación, estará fortalecida por los
poderes del gran felino.
Caminan agachados,
como si tuvieran miedo a que los cráneos pudieran rozar con algún saliente. El
niño lleva a su mascota en brazos mientras Blackie se prepara para poder
ponerse en posición de alzar el vuelo. Todo está planeado para que no se
produzca ningún incidente fatalista. La obscuridad, desprovista de presentes
que atestiguan una huida necesaria, es algo molesta. Tommy teme que, mientras
anda gacho con el empeine levantado para no sentir el grosor de los pies, rocosos
por un suelo muy desaliñado, será descubierto por el acostumbrado guardián que
cruzará la planta para merodear sin cesar. Pero, en este caso, la intuición lo
confunde y lo contradice. En ningún momento la aparición de alguna autoridad
roedora retiene el emprendimiento intencionado hacia la salida.
Blackie levanta los
ojos. Su mirada es como la de un lince que chispea destellantes focos para
poder facilitar un avance llevadero, a pesar del espesor de un sombreado
inevitable. Ya están prácticamente a diez metros del orificio diminuto que, si
no fuera por el motor vehicular de Blackie, éste les adjudicaría el acceso a un
hondeado acantilado. El gatito no desconcentra su ejercicio tan bien adiestrado
para ser puesto en acción. La vista, como dos lentes de contacto, focalizan el
círculo exacto que deben traspasar. Tommy comienza a sentir que el objetivo los
llevará a un desenlace, que será premiado por el renacer de un condado que en
llamas llora por su apariencia rota, chamuscada, de entrada, incorregible.
De pronto, Tommy
advierte a Blackie, sintiendo el corazón contraerse:
–¿Estás seguro de que podré salir contigo sin
dificultad? Mi masa corporal es destacable si establecemos comparaciones. No me
veo capaz de cerrar los ojos y navegar por un cielo ya desgarrado de brumas,
nubes, claros y una capa nebulosa que se ha estremecido de horror ante un
siniestro imperdonable.
–Tommy, escúchame.
Estás presenciando lo mismo que yo. Tenemos un radio sobrante para penetrar en
el interior del hoyo y despegar. Tu cuerpo no lo sentirás pesado ni cargado por
un volumen incompatible. Tu gravedad ha dejado de padecer espacio, forma y
color. No mires ni te anticipes al mayor de los desastres. Yo poseo el poder
que Urano, mi padre que, con la fuerza añadida de Venus, permiten delegarme la
responsabilidad de usar el cuerpo y dejar que la energía despliegue sus alas.
Y, mientras están
penetrando por la minúscula abertura, Tommy parece haber dejado de sentir
dolencias, pesadez e intranquilidad. Su presencia material está relucida por el
fulgor del radar magnético de Blackie. Su posición parece volteada, como si, en
vez de planear de frente, fueran a caer en picado, casi en estampida hacia un
infinito marcado por abruptas hendiduras. Todos los movimientos se aprecian de
manera extraña. En cambio, Tommy procura morderse los labios que apenas lo
pellizcan por un temblor y cobardía no arrinconados. Blackie, con un semblante
y una voz casi esotéricos, como surgidos de un lugar en el que seres con vida
están ya en una dimensión de ultratumba, realiza una predicción:
–Ahora tenemos que estar preparados para una
invasión furtiva. Cuando hayamos avanzado diez manzanas entraremos en la casa del
Alcaide.
–Blackie, Blackie, ¿Quién te reafirma que la vivienda
existe? Nueva Maryland ha sido arrastrada hacia el borde del abismo y volcada
sin posibilidad de una presunta reposición. ¿Y quién te ha contado que el
Alcaide, el Rey que procura dorar todo aquello que toca en un brillo de metal
preciado vive en la aldea?
–Nuestro trayecto ha atravesado unas cuantas
poblaciones y él se encuentra en Toronto, una ciudad grande monopolizada por
una producción industrial y unos parajes, en los que los ecologistas y los
defensores de una sostenibilidad paisajística natural se encargan de su
conservación.
–O sea –dice Tommy meditativamente –cuando el
Alcaide se unió al ejército de roedores, según tú, no residía en Nueva
Maryland. Era un forastero que apareció casi divinamente para cumplir la
función de autoridad suprema e informar al Olimpo de las maniobras, hazañas y
trajines llevados a cabo por los ratones.
–Exacto. Pero no sólo eso. Él debía reemplazar su identidad para llegar a derrocar el Dios de la Muerte, Tánatos. En la mitología griega fue un guerrero que realizaba brutalidades, conductas sacrílegas, blasfemias y agresiones torturantes hacia los Dioses que defendían una vida eterna decente...
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