CORTINAS QUE ARDEN
Gracia divina
al abandono me muestra;
sin propósito ni meta,
carente de mirada albina.
Un dormitorio me mece;
horas desechadas en los escombros.
La faz de la tierra
hunde mis logros
entre cortinas de lona
y harapos de algodón,
sin abrigo fecundo.
Un libro tropieza en mi regazo;
colores sin tinta,
trazos caóticos
en papel reflejan
un sombreado que difumina
momentos de pura dicha.
Figuras humanas contemplo;
fragmentos aislados
sin encaje abundan.
Por la ventana entreabierta
voces lejanas
en mis sentidos retumban.
Meses de asilo;
un cuerpo extraviado en su rumbo
hacia la estrella triunfal.
Cada paso es en vano
para revertir mi destino fatal.
Cada día un comienzo;
dunas de pensamientos
empolvan mi consciencia.
La soledad me grita en eco:
la calamitosa carencia
de estímulos emotivos.
Maldito sea el fuego,
que chamusca sin compasión;
un demonio
que caldea sed de venganza,
y en mis venas
de sangre agria
ardientes llamaradas,
crueles,
arremeten con arrogancia.
Enterrada en el camastro,
haces de luz se filtran
por los cristales
de un indiferente ventanal.
No sé si mi morir será banal,
mas un desenlace augurador
podría consolar
mi camastro que llora
frente a una tristeza colosal.
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