martes, 10 de marzo de 2020

PINTURA SURREALISTA




PINTURA SURREALISTA

Pinceladas de acuarelas, acrílicos, tonos pastel y pinturas al óleo dejan estampar en pequeños marcos uniformes aquellas vivencias que han arrastrado consigo generaciones. Épocas de duelo, de repliegue y de recogimiento. También aquellos años en los que todo era bullicioso, jovial, incluso revolucionario y polémico se recoge en simples obras de arte que trascienden la razón más calculadora, para dar paso a ingeniosos trazos de coloridos dispares que van tramando formas caprichosas. En un azar abstraído por la variedad variopinta de recursos creativos, se plasman recuerdos arduos, memorias fragantes, aromas perfumados, observaciones e impresiones que han calado nuestro fuero más interno.

Quién de nosotros es capaz de delinear imágenes que nos remonten a nuestra infantilizada existencia por un planeta que en aquel entonces rebosaba inocencia e ignorancia. Cuántas personas se prestan a dejar emerger paisajes con fondos solemnes, otros más abrillantados por tonos cálidos y candentes a la par.

Tenemos la habilidad en nuestros genes para poder expresar abiertamente como los cuadros de Picasso o de Dalí, qué nos inquieta, qué nos hace sentir embebidos de placer, que nos produce jactancia y admiración; cuáles son nuestros valores, aquellas definiciones que no hacen más que desvelar y realzar nuestra identidad dual. Una identidad que recobra poder en un estrado figurativo cuando dibujamos con sombras, espacios ambiguos de rostros que se solapan, cuerpos inertes, desnudos, vivaces, que acaparan una brizna de sonrisa, un pedazo de regocijo en nuestras venas, una brecha de alegría que ya no puede fundirse en la nada más recóndita.

En una galería de arte, nos quedamos anonadados cuando muchas fotografías ilustran nuestras vidas. Nos identificamos fácilmente con aquellos segmentos, aquellas líneas cortantes, despuntadas, perfiladas con una continuidad y un acierto inmejorables.
Tenemos en nuestras manos la potestad de escrutar con ojos apegados a una curiosidad tan vinculada a un misticismo objetivo que casi nos olvidamos de quiénes somos; qué rige nuestra vida; cuáles son las pequeñeces que nos disciernen del resto de los mortales. Los juicios de valor sobre unas pinturas que se han diseñado con humildad, desde el corazón más dilatado, que late a una profundidad temible y a la vez impresionista, nos devuelve la gratitud de poder reconocer nuestro marco identitario.

La creatividad de unos pintores que han regido la historia contemporánea con la magia de saber deslumbrar a críticos desprendidos de la radicalidad basada en juicios disyuntivos, en comentarios que rozan una opinión extremista, que no admite condicionantes, es una evidencia que no deberíamos descuidar.

La capacidad de cegarnos por la posesión de estos trabajos que no saben transmitir el mismo efecto ante los ojos de observadores cautivados por el misterio de un surrealismo que deja ventanales a merced de una corriente, libre de pensamientos tóxicos, no ha hecho más que germinar.

Estos retratos exudan la placidez y aquel aspecto armónico que nos devuelve el camino a nuestro linaje, a aquellos orígenes remotos que nos ligan a una cadena genealógica de ancestros, que han evolucionado de forma gradual hacia la bien conocida sociedad civilizada.

Los museos se prestan a abrir colecciones de pinturas que pueden competir entre artistas que disputan la habilidad de afianzar su veracidad y una visión a la vez ficcionaria y poder permitir que los visitantes establezcan un veredicto sin precedentes, sin pistas ni ningún acertijo de ayuda.

Y en ese viaje interminable por una forma de reconocer el arte sin reservas ni complejos, tenemos el manejo de refugiarnos en nuestro dolor, de dejar expirar el júbilo más soterrado o de permitir extrapolar ambas sensaciones hacia un limbo que nos anclará sin mayor resistencia en un mundo renacentista, regenerado, depurado de emociones rebeldes, que se revuelcan por un pasaje ambivalente, para conducirnos a imaginar otros escenarios contrastantes y realzados por una belleza alegórica, idealista, pero a la vez repleta de dogmas y mensajes ortodoxos aunque paradójicamente interpretables.  






domingo, 8 de marzo de 2020

CAMINANDO POR UNA CIUDAD VACÍA




CAMINANDO POR UNA CIUDAD VACÍA


Una carretera llana y llena de gravilla azota mis tobillos y endurece los talones, dejándolos agrietados por un andar ininterrumpido. La polvareda ciega mi visión por unos instantes mientras diviso hacia ambos lados bolsas de basura que rebañan las esquinas con mugrientos residuos. El viento está enfurruñado. El día mustio por una colorido grisáceo que no amaina. Más bien se precia a perdurar durante un trayecto que comienza a ser fastidioso. ¿Dónde estoy? ¿Hacia dónde voy? ¿En qué ciudad estoy anclando mis pies doloridos y hastíos de tantas zancadas que no tienen un propósito firme?

Tantas preguntas hierven en mi cerebro voraz por querer conocer las respuestas. Más fácilmente no llegan. Miro al cielo y un desparramo de nubes hinchadas por una atmosfera altamente congestionada de gases apuntala una posible tempestad. En cambio, la lluvia no parece asomar su anhelo a conseguir un protagonismo en una velada en la que yo soy la única transeúnte en una ciudad despojada de muchedumbre. El silencio aprisiona mis sentidos con ahínco. Sigo avanzando y ladeando los ojos y, de repente, aparecen en una lejanía moderada pequeñas casuchas con chimeneas en las que ráfagas de humo soplan intermitentemente en un espacio infinito. 

Quizás he aterrizado en una urbanización de Barcelona. Pero ¿en qué distrito se ubica? Mi memoria, como un proyectil de ideas cruzadas intenta recordar el objetivo de mi visita por una calzada cuyo trayecto parece inacabable. Mi cerebro está confuso, turbio, marchito por una sarta de suposiciones que no esclarecen el embrollo laberíntico en el que me siento atrapada. A pesar de mi abstracción mental, sigo caminando en línea recta y cada vez que la vista se proyecta hacia el contorno lateral las casas se multiplican, el viento se sulfura, el humo de las chimeneas se encrespa con furia, la runa se acrecienta y se amontona en los laterales del pavimento. Pero no hay personas. En un instante, freno mi tránsito rectilíneo. Respiro hondamente e intento gritar. “¿Alguien me puede ayudar?” El eco de mis palabras se funde en un repiqueteo de sonidos que se van demoliendo hacia el firmamento más impasible.

La soledad encorseta mi armadura corpórea. Todo el cuerpo lo siento apelmazado y exhausto. Voy caminando sin rumbo y nada ni nadie puede socorrerme. Solamente necesito una pista, una indicación, una señal, que pueda orientarme y despertar esa memoria que se encuentra obturada de lucidez. Miro hacia el suelo y veo la inexistencia de marcas viales. También me doy cuenta de que puedo andar por una calzada carente de tráfico, como si fuese la única superviviente que ha quedado desterrada de la faz de una tierra marginal. 

Todo es podredumbre, estratos de sedimentos que se dispersan para después evaporarse por una corriente eólica que se enerva sin piedad hacia el horizonte. Mi paso cada vez se acelera más. Ya no puedo soportar el acallamiento tan aterrador que se presta a no abandonarme. Quiero saber qué demonios hago en una ciudad sin ley, muy ligada a los orígenes prehistóricos de la humanidad. Una metrópolis que no tiene forma ni color. No hay atisbos de edificación. Todo el entorno que piso ha quedado derrocado. No hay rastro de animales ni humanos. Solo maleza, vertidos de desechos putrefactos y el ir y venir de un viento que parece mi mano compañera, que me impele a seguir andando y fijar la mirada hacia el oscuro fondo paisajístico, que se exhibe como un muro fronterizo que marca un avance y un retroceso.

En un instante, un zarandeo agitado me obliga a apearme. Siento mis huesos crujir y una leve curvatura en la espalda que corrijo al erguirme. Mi nueva postura me reanima, hace accionar el aletargamiento reciente. En la mente solo ha quedado grabado un cartel rotulado en tinta brillante y púrpura que, focalizando cromatismos centellantes, lo único que pretendía era que caminara por un tramo dirigido hacia el cielo más plácido.







martes, 25 de febrero de 2020

ANGELES SIN VUELO




ANGELES SIN VUELO


Aterrizamos en un mundo empañado de tristezas, pesadumbres y percances que nos atizan, con un alma desnuda que nos enseña a caminar con avance y retroceso, con una mirada tuerta, desviada, poco clarificadora y nítida.

Somo seres cándidos, confiados, que tenemos a nuestros adultos como maestros para encauzarnos hacia la senda de la felicidad. Sin embargo, cuando llega el momento de despegar parece que nuestras extremidades, como alas atrofiadas, se atiborran de excusas, de miedos infundados para hacernos creer que no podremos reconducir el destino a propia voluntad.

De pequeños soñamos a ser ángeles caídos a la tierra, con aquella pureza ecológica, que se siembra en las raíces de una arcilla fértil, formada por gránulos arenosos, que acogen con gratitud aquellas semillas que se convertirán en seres con aspecto corpóreo, aposentados en las raíces de un suelo no tambaleante.

A medida que el crecimiento es notorio, los miedos a dejar planear el cuerpo en una superficie sinuosa, como montañas rusas, con subidas y bajadas estrepitosas, nos imposibilita a identificarnos con la capacidad inherente de volar hacia lugares bucólicos, escondidos en las concavidades más hermosas del planeta.

Situaciones traumáticas, vivencias horrendas que nos han cegado de libertad, porvenires que no se presentan esperanzadores en un presente infinito por esos manchurrones negruzcos que han trastocado nuestra prodigiosa memoria, provocan que nuestra calidad de vida como seres angelicales, arrasando contra viento y fuego cualquier volcán venidero, ya no tengan la panacea para erigirnos con una mirada de plenitud.

El vuelo es arqueado, desviado, tiende a retorcerse y a mostrar un avance entorpecedor, limitado, poco trazado de esplendidez. El cuerpo intenta defenderse ante cualquier siniestro que pueda atentar la integridad más preciada de valía.

Desgraciadamente, las creencias que de niños nos embobaban, rescatadas en los cuentos, en los villancicos de Navidad, en los personajes que se prestaban a traernos regalos para resaltar un torrente de generosidad y altruismo, han pasado a ser ficciones que ya nunca podremos idealizar. Aquellos ángeles que venían de noche a arroparnos, que nos guiaban en los sueños más idílicos, aquellos ángeles que nos invitaban a volar por zonas costeras, cerca del mar ya parece no retornarán hacia nuestro caserío más íntimo.
 
Otras tierras tenían cadenas de cordilleras que debíamos bordear con un vuelo magnificado para no descarrilar ni aterrizar golpeando el cuerpo como el único vehículo de transporte fiable que nos amarraba, ahora ya son fantasías que no volverán a repoblar nuestra imaginación infantilizada, impoluta, límpida.

Solo nos queda el consuelo de los recuerdos de antaño; aquellos recuerdos que siempre se recuestan en el dolor que empaña las entrañas y, como señales de alerta, nos intentan cuchichear que no estamos solos ante un oasis prohibido de expansión. Que siempre podrán consolarnos, aunque sea con disimulo como un guía invisible. Un guia dispuesto a recordarnos que, en un mundo circunscrito de cautividad, ellos, como ángeles de la estrella de Belén, nos acunarán como recién nacidos, en un pesebre augurado por la esperanza de crear en un futuro nuevos nidos de amor y de acogida.

LENGUAJE INSTRUMENTAL




LENGUAJE INSTRUMENTAL

Voces cuya tesitura se eleva hacia el cielo. Palomas que con su alzado raso van planeando, formando líneas como un pentagrama que recoge notas que empalagan el oído de alegría sinfónica. Cunas que se mecen con un balanceo, que agita la imaginación y endulza el dormir de unos bebés, que sintonizan con el hilo musical de un ciclo de vida que no pretende sucumbir.

Cuantos años transcurrirán para que nos demos cuenta de que la vida está adentrada en una partitura cuya melodía se va configurando con nuestros quehaceres cotidianos; la actitud emergente de querer conducir nuestro vuelo hacia un sinfín de objetivos que puedan bailar al ritmo del vals de las olas, en un vaivén mitigado y a la vez eufórico, con las ansias de circular sin ningún percance tormentoso.

Cuesta tanto poder descifrar la música que puede dormitar según nuestra elección de destino o avivar la magia que posee, para transportarnos hacia paradisíacos parajes; aquellos valles que se ruborizan de orgullo, que sin más preámbulos, gimen de júbilo en una vida que va formando sonidos graves y agudos de tantas voces, que se prestan a ser escuchadas con maestría.

Sentada en una butaca siento el canto de los grillos; el trino de un canario vecino; el canturreo de unos periquitos que intentan dibujar fonemas sonoros que articulan sin más. Con un oído, siempre predispuesto a traspasar el ecuador de la trascendencia, de aquel significado implícito que es tan dificultoso interpretar y reconocer, me siento reavivada al tener a mi lado unas aves que ya han descubierto la clave de sol en una línea paralela, para proceder a entonar con su peculiar voz estribillos melodiosos.

Poder palpar el secreto de la música en un mundo que trunca los esquemas del ritmo natural de los aconteceres, es francamente imperante para conectar con la esencia placentera que ofrecen los instrumentos cuando son tecleados por manos. Aquellos dedos que ya han perdido la filosofía de la simpleza y la mundanidad, para dar paso a unos compases gloriosos, vibracionales, rítmicos, que laten sin un corazón orgánico pero con un espíritu que yace atento a la escucha del baile de las gaviotas, los cisnes, los asnos, cualquier espécimen que pueda comprender la competencia transversal que esconde estar unido a un hilo musical espléndido. Un hilo que irradia el sentido de una vida que, sin esa melódica balada, no tendría ningún aliciente, ni la menor chispa de un amor genuino hacia todas las criaturas del planeta.

Ahora, más que nunca, necesitamos que esos pianos dejen pulsar notas que sean pegadizas, compenetradas y que se dejen exponer como un cálido beso en la mejilla de un ser querido, como un efusivo abrazo, como un saludo cordial, a fin de erradicar la superficialidad de un mundo ordinario y poder pertenecer al mundo de unas almas que ya se han subido al podio de un festival de luces. Un festival en el que la música renace y devuelve las ganas de volver a empezar, a vivir en extrema conexión con un cosmos que musicaliza cada palabra, movimiento, gesto, mirada y conducta que pretendamos proyectar hacia nuestros prójimos más accesibles.



martes, 18 de febrero de 2020

EL PARAISO PERDIDO




EL PARAISO PERDIDO

Años de gloria quedaran en la obsolescencia más penumbrosa. Aquella porción de sabores que parecían yuxtaponerse, ahora son un rastro rancio de un pasado ya vertido en un alma que ha realizado un drástico vuelco. La infancia de una niña que parecía haber nacido en el limbo de la gratitud y la pacífica unión entre unos mentores consagrados a vivir en sincronía, ahora su mundo es desaliñado, perturbado y caótico; ya solo le queda el consuelo de recordar en una cámara de reposo, como ha cambiado el rumbo de su vida. Una vida mordida por la voz del silencio más despiadado, el entierro de tantas ilusiones que apuntalaban hacia un infinito glorioso, posibles de acometer, ya no tienen marcha atrás.

La realidad contrapone la ficción más idílica que haya existido jamás en la mente de Clementina. Una muchacha, de orígenes dinásticos, con una masificación de bienes que podía haber heredado sin dificultad, ahora se encuentra sola en una situación de recogimiento desolador. Un orfelinato la acoge sin reservas. Allí aprende a convivir con identidades que solo han pisado un atisbo de adolescencia y ya han traspasado los límites de la conservación de un bienestar primario.

Clementina es testimonio de amenazas, disputas candentes, peleas con unas manos empuñadas, que arrojan sangre y tempestad de heridas encarnizadas. Los compañeros de cuarto son indomables, salvajes, como salidos de una jungla en la que la ley del más fuerte radica en golpear al prójimo, vencerlo sin prejuicios y anularlo definitivamente de derechos a continuar viviendo con decencia y valor.

Ella no interviene. Su cabeza cavila sin cesar. Un muro fortificado se interpone entre la vida dentro de un claustro en el que no volverá a sentir el aroma bautizado por una familia ejemplar. Los padres no deseaban que naciera. Fue una niña repudiada, recostada en un camastro en el que las noches se emblanquecían con una palidez en el rostro de Clementina por no poder acogerse con la madre biológica.

Los peluches eran su único soporte de confort. Los abrazaba sin hacerse derogar; necesitaba sentir el tacto de una blandura y unos brazos cálidos a pesar de estar inertes. Los muñecos tenían el don de escuchar las súplicas de la muchacha; los reclamos más intrínsecos que carecían de concesión. Ya nada la podía permitir retroceder frente a un nacimiento lleno de estrellas centellantes, que anuncian los presagios más prometedores.

Los educadores que tiene a su alcance son hoscos, de semblante agrio y demasiado alejados de sus raíces. No le hacen caso omiso. El trato recibido se asemeja al uso de un objeto que pronto va a ser desahuciado por no profesar un uso fértil. Ella siente como las miradas se enfrían, se van cruzando como puentes levadizos, en los que existe un gran abismo entre el amor y el odio; la aceptación y el rechazo; la reverencia y la indiferencia.

Los ojos, llenos de borrones, de tachones, de líneas transversales, que se solapan y no provocan una saga de acontecimientos prósperos, producen que Clementina viva recreada en un pasado que nunca se sucedió. Sus padres, anglosajones, vivían en una torrecilla de Whyteleafe. Una casa llena de lujos; jardines embellecidos de floraciones, servidumbre que se encargaba de las labores domésticas, institutrices que asistían a la niña hasta que cumplió su primer año. Todo parecía un núcleo de comodidades y ventajas que algunos hogares podían aprovechar.

El error de haber fecundado un ser en un mundo disfrazado de brillantinas y collares de exquisitez empujó a los padres a delinquir, ofreciendo su refinado producto final a una casa vecina humilde, a cambio de unos honorarios mayúsculos.

Clementina nunca podrá descubrir como su familia pudo obrar de manera tan necia, tan sórdida, ensañándose con un ser que no concebía la maldad ni el pecado natural a partir de actos penalizables. Ahora se encuentra cubierta de sábanas blancas, enrollada como una serpiente de cascabel, compungida, sin una pizca de ventilación en sus arterias. Su corazón parece taponado por un latir que no se presta a bombear energía para continuar respirando sin paréntesis.

Día a día el morir está más próximo; ella sabe que no podrá envejecer, ya no podrá cumplimentar su misión en el mundo, no podrá activar su brío para servir de ayuda ante los más desfavorecidos. Ahora ya solo le queda el consuelo de una habitación inerte, consumida, embrutecida por telarañas de recuerdos que no puede presuponer. Su consciencia está sumida ante un enmarañamiento de incertidumbre y desolación que la conlleva a preguntarse: ¿Cuánto tiempo se alargará mi agonía? ¿Qué estoy haciendo aquí en un mundo forjado, blindado, que me obliga a una infame encerrona que no sucumbe?

Con diez años cumplidos, se siente como una presidiaria, alguien que se ha deshonrado, desposeído por una combinación de errores que no le pertenecen ni son merecedores de existir, pero ahora lamentablemente se cerciora que este inmundo escenario no ha hecho más que empezar…

Quizás algún día rótulos colgados en la puerta de locales, salpicados de luces cristalinas y reflectantes, puedan presagiar la entrada a la inauguración de una buena nueva saludable y placentera.







DESPUÉS DE HOY

  DESPUÉS DE HOY Consciencia desnuda; habitación en duelo; recuerdos de anhelo, lenguaje de locura. Verborrea sin nombre viaja en el tiempo ...