lunes, 29 de diciembre de 2025

VIAJE HACIA EL EDÉN


 

VIAJE HACIA EL EDÉN


Nunca olvidaré aquel viaje en el que buscaba el ocaso de un sol naciente. Andaba casi a ciegas, no tenía equipaje más no lo requería. En ambos lados, se reproducían ventanales con una amplitud estratosférica. Parecían espejos en los que yo podía contemplar siluetas de proporciones asimétricas. Con una observación menguada por el deslumbre de una luz misteriosa, en la que mis ojos quedaban entornados, apreciaba haces trenzados que iban extendiéndose a lo alto, casi a punto de rozar el éter. Eran espectros que no tenían fisonomía, ningún rostro que se asemejará a una figura humana reconocible.

No obstante, yo veía en el trasfondo luminiscente pequeñas facciones diminutas que pedían socorro. ¿Quién eran? Me preguntaba. Seguía avanzando y avanzando con agitación. El suelo se veía desdibujado, con baldosas que se ensanchaban y dejaban entrever un despeñadero al fondo de un pasillo que lo percibía inalcanzable. Los espectros laterales no cesaban de mostrarse trepadores. Iban alzando su erecto tronco y dejaban percibir esfinges infantilizadas con ojos amenazadores, un rostro desfigurado y un cuerpo emborronado, que no permitían que yo pudiera continuar con mi viaje encauzado hacia un destino liberador.

Me sentía presa por el pánico. Esas figuras serpenteadas que se iban contorsionado mientras yo andaba sin cesar, buscando una salida de emergencia, me tenían desquiciada. Los espejos me invitaban a ver un reflejo fantasmal. Yo me percibía inexistente. Solamente esas criaturas amorfas intentaban entonar algún sonido que no llegaba a descodificar.

De repente, en la parte más alta de su tronco faces de bebés berreaban sin cesar, solicitando cobijo. Yo no entendía dónde había ido a parar. Miraba hacia el techo, pero una cúpula con un tejado vidrioso, lleno de santidades que simbolizaban la antítesis frente a cualquier axioma de bondad, no podían suponer el desenclave de un viaje tormentoso. Más bien un encuentro delirante conmigo misma que no hacía nada más que empezar.

En cada paso que daba los espejos circunvalaban mi trayecto y esas formas serpenteadas, tan dispares y aterrorizantes, me hacían sentir que sería víctima de un ataque cardíaco en cualquier instante.

El escenario que pisaba en segundos se convertía en una pesadilla infame. Los espejos de pronto desaparecieron. Una penumbra arrolladora se apoderaba de mi ser. Sentía los pálpitos de un corazón desgarrado de fuerzas. No podía preguntar a nadie. No había presencias que pudieran salvaguardar mi identidad. Más estaba allí, en ese espacio sin ley, que me aprisionaba las vísceras y provocaba en mí la necesidad de escabullirme.

¿Alguien puede oírme? De pronto un grito ahogado repiqueteaba frente a un espacio ingrávido. Los alrededores ya no exudaban la brillantez inicial que había atisbado. Todo eran entes eclipsados por una negrura que no desembocaba hacia un posible desvanecimiento. Aquel espacio que, en primera instancia, estaba poblado de espejos, ahora se convertía en un corredor lúgubre, estrecho y alargado, con voces de ultratumba que se acercaban hacia mí.

Podía estar pisando un cementerio con almas errantes que no encontraban el son de paz? ¿Podía ser yo que hubiera muerto y ahora estuviera en el purgatorio del infierno? ¿Podía ser un viaje onírico que me sentenciaba a vivir situaciones de tortura sin una justificada razón? Demasiadas preguntas hervían dentro de un cerebro que sentía que alguien lo estaba oprimiendo. Cada vez lo sentía más adolecido, aquejado por un dolor que no se prestaba a amainar. No había posibilidad de escapatoria. Un eco ensordecedor empezaba a pronunciarse. Voces chirriantes que se me antojaban aborrecedoras se iban aproximando.

Miraba hacia los costados, pero ya no podía reflejarme en ningún espejo. El suelo había quedado hecho trizas. Las baldosas habían deformado su forma original. No había fuerza de gravedad, en cambio yo podía andar, a pesar de sentir mi brío flaquear. Mis pies parecían farolas danzarinas que iban alumbrando mi tránsito indefinido. La oscuridad, cada vez más invasora y repelente, me acosaba con despecho. Sentía que era una carcelaria frente a algún verdugo que me conduciría al patíbulo sin posibilidad de salvación.

En el horizonte más obnubilado unas presencias se acercaban con ahínco. Voces hambrunas apagaban su sed de venganza e iban cantando al unísono un mantra irascible. Querían poseerme. Todo era muy difuso. Estaba petrificada. Quería saltar al vacío. Un acantilado sería mi punto de fuga para despojarme de ese oasis infernal. Las voces no se detenían. El timbre fónico resonaba en el ahuecado espacio en el que mis pies se encontraban desanclados. Todo el trasfondo, de repente, se volvía ígneo. Yo no podía parar de caminar a pesar de mi repentina parálisis mental. Cascadas de fuego iban supurando para formar un círculo iridiscente de cuerpos rollizos.

Yo sentía que me iba a desmayar. No podía continuar ese viaje sin ver la luz del sol. Sin notar el calor y la calidez de un abrigo incondicional. Sin embargo, estaba atrapada en mi propia red. Las presencias no se apiadaban de mi congoja ni de mi terror escénico.  Notaba el temblor de mi cuerpo. Un cosquilleo y un hormigueo electrificaba mi toma de contacto frente a cualquier objeto. No podía pedir ayuda. Mi voz había dejado de emitir fonemas entendibles. Estaba sola en ese pasillo, semidesnuda, descalza, con un camisón holgado que azotaba mis tobillos. Tenía ganas de gritar, pero mi voz disecada se encontraba ante un estado de indefensión que no podía concebir. Pero ahí estaba. Sola, desamparada, desolada. No existía ninguna posibilidad inviable de que esas presencias corpulentas pudieran retroceder y dimitir frente a su intento de ataque terminal.

Intentaba alzar el grito mientras las cascadas de fuego en el preludio del pasillo se dilataban. Se revolcaban con fiereza y desmadre.  Ardían sin freno posible. Yo sentía que era presa de un hechizo. Un hechizo que parecía cavaría mi tumba. Más debía actuar. Intentar pleitear frente a una efervescencia calorífica que el fuego dejaba emanar sin piedad. No había consuelo alguno para una persona que quería finalizar un viaje hastiado que solamente podía englobar un pasaje laberíntico, en el cual el corredor no parecía tener un aposento, aquel albergue de acogida en el cual recostarme y arroparme. Mis pasos eran cada vez más ralentizados, más apesadumbrados y jadeantes por un pavor en mi entrañado imposible de contrarrestar. La necesidad de gritar a los cuatro vientos me impelía. Una fuerza interior me presionaba para que mis andares fueron más vigorosos, más no podía obedecer los dictámenes de mi consciencia por una oscuridad intimidatoria y asfixiante que me tenía secuestrada de pies a cabeza. Me había convertido en la esclava de un hechizo que estaba atizando mi memoria.

No tenía el poder de pensar, de reflexionar, de analizar, de decidir como huir de aquel encontrado tan odioso y apabullante. El corredor que atravesaba lo percibía como una mazmorra en la que me había convertido en una vasalla, que no tenía ningún derecho a rechistar ni a reivindicar libertad.

¡Mi libertad!

Una bombilla diminuta, pero a la vez con un cierto furor fosforita se encendió en mi mente. Podría encontrar la libertad, siempre que me prestara a liberarme de ese maldito y enclaustrado infierno. Miraba a los costados y no había reflectores. Los espejos se habían exterminado, las voces quedaban posicionadas a una cierta lejanía, las figuras caracoladas ya no dejaban exhibir rostros de infantes que clamaban auxilio. Solamente estaba yo, prisionera de guerra, desterrada de la faz de la tierra, en un lugar esotérico, maldecido, hechizado y sentenciado al sufrimiento más horrendo.

Enfrente tenía un ángulo de visión que me permitía acercarme a las cataratas de fuego. Caían desmayadas desde una cúspide casi imperceptible ante unos ojos llenos de bruma. Una niebla espesa me cegaba por segundos. A pesar de esa imposibilidad de percepción, podía detectar la llegada de cazadores furtivos que invadirían mi cuerpo como espectros carroñeros, con el fin de colonizarlo y, finalmente, devorarlo sin ningún lastre de compasión. Desde esa perspectiva en la que iba andando en una superficie completamente desclavada frente a cualquier toma de sujeción gravitatoria, aves rapiñas que yo describía como murciélagos iban formando circunflejos a mi alrededor. Con unas alas emplumadas y oblicuas rodeaban mi cuerpo y pretendían arrastrarme hacia un diabólico claustro. Podía intuir su intención subliminal. No tenía escapatoria o quizá sí. De repente cerré los ojos, me palpé el plexo solar, la mano derecha la deposité en el corazón, recé el mantra de la Santísima Trinidad para invocar una huida frente a esas bestias inmundas. Los segundos parecían inacabables. Solamente ese ritual que yo aplicaba para rehuir espectros que querían demolerme podría resultar efectivo, si conseguía reclamar mi libertad atracada.

Los murciélagos aleteaban y se regocijaban con su virulento planeo sin importarles mi integridad. El miedo era tan punzante que sentía que el viaje que había emprendido no tenía fin. El destino me había sido arrebatado, sin posibilidad de hogar, de posada, de refugio, de cavidad protectora frente a tanta malignidad conjurada. Ahora solamente me tenía a mí, despoblada, prácticamente desvalida, con un cuerpo escuálido y unas punzadas que sentía en mi piel, llena de cardenales y moratones por las sacudidas frente a un viaje tan relampagueante y accidentado.

Algo debo hacer, pensé. De repente, pensé en el miedo que sentía. Era atrofiante y llevado a un extremo maximizado. No había forma de atenuarlo. Yo me sentía agotada de tanta pugna por insistir en preservar mi identidad. Una vela tenue y prácticamente incolora, de sopetón, posó en el centro de mi corazón. Yo no comprendía como había aparecido. Quizás era magia blanca. Quizás un bendito bufón. Yo no podía hacer preguntas. Los murciélagos me rozaban con sus alas puntillosas. Se acercaban a mí y vociferaban palabras que no podía descifrar. Parecían palabras exorcizadas, poseídas por algún convenio establecido con Satán. Palabras verbalizadas para proclamar sus agallas y su poder supremo y, así, transfigurar mi ser.

Un retumbo muy prominente se manifestó. Yo no detenía mi marcha a pesar de esas aves carroñeras tan repulsivas. Ese tembloroso terremoto parecía cada vez más acechar con un soberbio protagonismo. Los murciélagos empezaban a tambalearse, como si pudieran acceder a un despeñadero sin reservas. Todo mi alrededor adoptaba un sombrío aspecto. A mis costados iban brotando plantas de color malva, púrpura, violeta y turquesa. Yo no comprendía. Hacía unos segundos todo estaba beatificado por un rito maléfico que quería hacerme trizas y ahora el viaje era más augurador. Miraba mi corazón y la diminuta chispa de vela que, hacía unos instantes irradiaba tímida, ahora adoptaba un grosor majestuoso. Se desarrollaba fulgurante, resplandeciente, abrillantada, límpida.

Los murciélagos, mensajeros de un infierno colosal, ahora estaban reduciendo su masa corporal. Yo avanzaba casi alcanzando la cima de las cascadas que seguían prendiendo fuego en un vacío que no parecía tener llanura. Me sentía insignificante más no tan presa por un terror que inicialmente había trastocado mi serenidad. Las plantas crecían en los laterales, se proliferaban y se jactaban de su galante silueta en un tiempo que yo lo relacionaba con un nuevo amanecer.

¡Dios mío! mi libertad. Sin saberlo a ciencia cierta, en unos infinitesimales segundos comprendí. Mi viaje era un reflejo de mi estado emocional. Los espejos un símbolo en el que yo podía observar mis sentimientos inundados por una constante ambivalencia. Esa imagen de una persona que se debatía entre el cielo y el infierno. Era capaz de sentir dolor y a la vez alegría. Infelicidad y a la vez dicha. Temor y a la vez coraje. También admiración y rechazo. En cualquier caso, empezaba a comprender que el viaje me invitaba a ver mi estado anímico, todo el decálogo de creencias, opiniones y percepciones en relación con mi vida. El viaje no era más que un simple recopilatorio de las vivencias que en estado consciente lidiaba, a veces con más entorpecimiento y, en ocasiones, con mayores proyecciones hacia el éxito.

En el preciso momento de atisbar ese pensamiento revelador, una masa sin osamenta se iba acercando hacia mí a millas luz. Los murciélagos empezaban a derretirse por esas cascadas que seguían cayendo como tempestades arrastradas por la corriente eólica hacia un precipicio profundo y sin acabose. Mis ojos, como dos linternas, empezaban a vislumbrar un atisbo muy ahondado de esperanza. ¿Quién podría acudir a mi encuentro? Todo el viaje lo había hecho casi a tientas. No había habido municiones, ni presencias humanas, tampoco claves, consignas ni ningún vaticinador que me condujese hacia una buena nueva, próspera y rompedora frente a un dolor masacrado.

Lo que presencié, no obstante, me maravilló. Un espectro angelical venía a mi encuentro con una carta en mano. Exudaba una luz que no podía desmerecerse. Su tronco, protegido por un corpiño de algodón muy ceñido, las alas de plumón y una blancura tan albina, me obligaron a esbozar una sonrisa casi de ensueño. En el bajo vientre un cinturón con una placa metalizada, de un color dorado centelleante, anunciaba la palabra muerte.

Sin pensarlo, ese ente casi de fábula dejó brotar destellos focales de luz amarillenta proyectados hacia el centro de mi corazón. No hablaba ni tampoco sonreía. Tenía unos ojos tan repletos de verdor acaramelado, que me sugerían penetrar hacia un paraíso lleno de sosiego. Su mirada escrutadora, un semblante solemne, pero a la vez complaciente, no provocaba en mi la necesidad de levantar desconfianza ni recelo.

Más bien parecía una figura salvadora. Alguien que acudía a mi encuentro en ese viaje tan distante de mi ciudad natal, de mis ancestros, de mi estirpe y de mi propia identidad. Todo era confuso, incierto, abrumador, lleno de una impotencia que yo sentía temeraria. Ese ángel, sin embargo, se anunciaba como un mediador, que traía consigo un mensaje transcendental y decisivo para salir del corredor tan tétrico en el que me sentía encarcelada. Sus ojos enternecedores me obligaban a mirarlo sin juicios, sin reproches, sin agresiones ni palabras ultrajantes.

Casi carente de premeditación, pude sentir como mi alma se expandía. Esa figura me arrancaba la piel y me arrebataba el corazón para introducir en él una antorcha fulgurante. Yo no entendía más no preguntaba. De repente, el espectro desplegó unas alas y me desancló del suelo ingrávido que yo ocupaba. Volábamos a millas luz hacia esas cascadas torrenciales que yo había interpretado que me llevarían hacia el purgatorio. El abismo era impredecible y ahondado, no parecía tener un final fijado por un tiempo biológico. Más no importaba. Nada ya importaba. Yo volaba pensando que se me cortaría la respiración. Inhalaba oxígeno, irrumpido por un primario temor, pero me sentía a merced de un detonante que se me antojaba atisbarlo como próspero. A pesar de ese escepticismo que protagonizaba todo el despegue hacia el fuego vehemente y enfuriado, veía como las cascadas exhibían varias cabezas cónicas, que representaban cada capítulo de mi vida, en el cual había sentido pánico a reconciliarme y a aceptar mi ser sin reservas.

Las cabezas eran protuberantes, causaban repudio, pero el ángel me arrastraba consigo para fundirme en esas cascadas resplandecientes de fuego. Yo miraba esas monstruosas facciones y me parecían figuras procedentes del infierno más agónico. De entrada, una retracción se apoderaba de mí, pero mi mentor angelical penetraba en mi corazón y hacía que la llama de la rendición prendiese sin ninguna reticencia posible.

Una voz mística reclamaba que soltara cada una de esas dudas y temores que habían precedido mi trayectoria de vida. El ángel se proclamaba mi acompañante en un viaje que había supuesto ser una pesadilla horripilante. Ahora, por fin, podía ver una escapatoria después del pudiente y demoníaco estado que había dominado toda mi antología de vida.

 Déjate ir, sin penas ni lamentaciones. Sin culpas ni críticas. Delante de mí tenía un pergamino rotulado que el ángel desenrollaba e introducía dentro de las cascadas de fuego. Las letras relucían belleza y clamor. Un encanto exuberante que no desmerecía aprobación. Yo veía el ocaso del sol que había estado anhelando durante todo el viaje. Solamente era cuestión de estar receptiva y predispuesta a vencer los diablos que me habían mantenido con vida, pero sin vivir en mí con absoluta plenitud.

Me sumergí dentro del fuego que prendía con furia. Sentía que me diluía por segundos en una sensación cálida, acogedora, agradable y gozante de bienestar. Mis ojos se alzaron hacia el infinito y me di cuenta de que el ángel ya no estaba. Había abandonado su aparente presencia corpórea.

El fuego era como un proyector que lanzaba bengalas que depuraban cada célula, músculo, hueso, tejido y órgano de mi cuerpo. Se llevaba toda la escoria emocional que había almacenado durante demasiado tiempo en mi subconsciente.

La antorcha en mi corazón crecía hacia el infinito y yo subía como si quisiera tocar las nubes y el firmamento. No sentía inseguridad, ni congoja. Tampoco desidia ni tristeza. Era libre y esa libertad que había demandado se convertía en una compañera de viaje fiel y constante, transparente y comprometida a velar por mi seguridad más preciada.

Podía reconocer el mensaje del ángel. Había aterrizado en el Reino de los Cielos.


Por fin, me había fundido en la pureza de la luz y del amor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTE D'HIVERN



CONTE D'HIVERN


Avui és un dia

 de mitjans de gener,

nítid, assolellat,

d’entranyable calor.

 

o potser ja és març;

    la nit esdevindrà més tard.


S'allargarà com les llambregades d’un guepard,

a gambades per la mare selva,

fusionant-se amb la neu,

per somiar, com un galifardeu,

a fi de trobar abric i menjar,

i una llar de foc per escalfar,

el tiberi gens rostit

aconseguit amb el bri de caçar.


Sense desistir de l’enyorança,

de deixar enrere un hivern emblemàtic,

que convida a idil·lis de faula,

i  a relats,

 expressats amb una amable paraula,


Des de l’entendrit cor,

una bestiola feréstega,

s'arrauleix en la cova més rònega

clamant escalfor, caliu

 acolliment i amor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 


sábado, 27 de diciembre de 2025

EL ETERNO PRESENTE

 



EL ETERNO PRESENTE


Relojes de arena,

 de pulsera y de pared

apresuran nuestro cuerpo,

a movilizarse descentralizado

del ahora y del aquí,

 plenamente ignorado. 


Encabritados, aturdidos,

seguimos avanzantes 

con ritmo de galopantes, 

hacia un destino no forjado,

impredecible y nada vislumbrado,

sin automóviles con volantes,

simplemente nuestros pasos,

con un incontrolable compás,

condicionados por un tiempo caprichoso 

e infaliblemente contumaz.


¿Podemos concluir que el tiempo es una ilusión?

El resultado de una ecuación

entre un pasado y un futuro,

creados por un abanico

de proyecciones mentales,

que nada más lejos de ser reales

tienden a confundir

 la lectura de una vida

que solamente pretende una misión:

vivir cada apasionante instante,

como un apetitoso entrante,

degustado con una exquisitez galante.


Y provistos  de un sabroso manjar,

que nos ofrece

 más de un rotante segundo,

ensalzamos la gratitud de ser y de complacer

a nuestro más venerado corazón

 y, sin duda, también semblante.


Almas peregrinas y en sumida pena,

nos paseamos sin pretender la escucha activa,

tampoco la plática coherente,

 la mirada compasiva,

 la intuición latente,

 la sonrisa receptiva:

 esa presencia íntegra y fehaciente.  


Nos disponemos a partir:

¿Dé dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos?

¿A qué puerto nos dirigimos?

¿Quién amarrará el timón

 para desembarcar en la isla del tesoro?

¿Dónde yace el verdadero talismán de oro?

¿Quién reconoce el fuero 

que todos anidamos, 

subliminalmente olvidado 

y que yo, por tanto y tanto tiempo, añoro?


Momentos de claridad,

ciudadanos concienzudos,

espero algún día,

abandonemos los rostros irascibles y ceñudos,

y nos despertemos del anestesiado sueño

para integrarnos en un consciente empeño,

a formar una muralla recia e indivisible,

 de seres que jamás quebrarán 

y, en el tiempo biológico, perdurarán,

como una fortaleza sabedora,

 legítima e invencible.













MÁS ALLÁ DE LA MENTE





MÁS ALLÁ DE LA MENTE


Desnudos al mundo venimos,

dice el proverbio,

llevamos el pan bajo el brazo;

llantos exasperantes

 abruman la inocencia de un plumazo.


Gritos en la distancia,

voces de alerta desde la ignorancia;

verborrea sin sentido con sublime resonancia.


Bebés perdidos en la inconstancia,

se despiertan babeando,

alimentados de vocablos con predominancia.


Alertados por los mentores,

a ciegas adoptamos

 la madurez y sus errores;

 aprendemos a experimentar temores,

muecas de asombro 

hacia un inminente desesperar.


Y esperamos un jubiloso despertar,

que aguarde a nuestras voces,

para entonar melodías afinadas 

como grandes intérpretes cantores.


¿Dónde reside el secreto de la piedra filosofal 

que esconde el pergamino 

que, desenrollado,

un broche dorado luce triunfal?


¿Dónde nos aguarda la sabia naturaleza,

esa que define nuestra figura

más allá del caparazón carnal,

 y de esta espumosa y densa vileza?


¿Quién sabe dónde habitan aquellos

que celebran con festejos y ademanes,

unidos con un mismo legado:

Ser libres del pensamiento y del pecado?


Los portales hacia el arcoíris

no presiento estén tan lejos de alcanzar;

Solo se requiere empezar a caminar,

para desembrollar impolutos

la riqueza de adorarnos,

sin más pretextos ni excusas.


Haces de luz blanca 

son el catalizador 

que despiertan 

a nuestras almas del sueño;

en estado de letanía 

hacia la pura lucidez,

 todavía reticentes. 


Más allá de nuestra mirada dormida,

la consciencia trazará el sendero

y una puerta emergente se abrirá,

hasta que, por fin, bebamos

del cáliz de nuestro yo verdadero.










viernes, 26 de diciembre de 2025

CORAZONES DESMENUZADOS

 



CORAZONES DESMENUZADOS


Experiencias lejanas

 laten al compás de un corazón fracturado;

son las galardonas soberanas

en una platea,

convertida en  la anfitriona de un espacio

 humilde y, a la vez, sofisticado.


Una encogida títere;

quizás una muñeca de porcelana,

está a expensas de una relación tóxica

que no deja huella en el ayer ni el mañana.


Tantas noches sonreía al cielo,

creyendo que un trofeo había recibido

como triunfo a un dolor ya polvoriento,

por tantos años retroalimentado.


 Creía que mis peticiones

habían concedido a mi palpitar atento

 un nuevo intento,

para desembarazarme de un viaje de antaño,

que me impedía estar despierta

por el embrujo de un amor,

adentrado en un mar de lágrimas turbulento.


Más no acerté en mis oratorias;

cada rezo era en vano;

ese amor jovial y lozano

no llamaba al umbral de la puerta.


Partícipes de amor 

se congelaban en mis memorias,

como terrones de azúcar,

ya derretidos,

relegando la dulzura original

a un corazón derrotado 

y totalmente partido.


Cuantos ataques

 mi corazón sintiente ha soportado;

síncopes de dolor se han manifestado,

y muchos pañuelos he secado

con los puños de mis manos.


Ese amor, 

hechizado por embelesados besos,

por furtivos abrazos,

por fieras y absorbentes miradas,

necesita ser desechado,

en un barranco despeñado,

para tapiar la sed de culpa,

hacia un ser hipotéticamente enamorado.


El tiempo, desentendido 

frente el sufrimiento ajeno,

obstruye la necesidad 

de recurrir a un reclamo,

a una desesperación casi roída

por noches de vigilia.


 Días sin sabor e inodoros,

por una faz ya demacrada,

por una imagen inherente 

marginal y claramente saboteada.


En el presente

un suspiro alentador 

se declara fidedigno;

posa en mi hombro

como una golondrina 

que después de alzar el vuelo,

se recuesta en reposo.


Se cerciora 

que ya ha superado el duelo

de un amor prohibido,

cuya virulencia se ha desvanecido,

para poder aliarse en mi vida

como un noble y bienaventurado esposo.






QUELCOM PER RECORDAR




QUELCOM PER RECORDAR


Una vida esmorteïda d'incentius

 vagueja per un espai diàfan;

dibuixa cercles al seu voltant

i deixa petjades 

que no imposen una alegria brollant.


Anys caducs no somien en tornar a revifar:

ulls atents a qualsevol bonanova,

el destí no ofereix gestos de maniobra,

per poder viatjar 

cap a espais  d'un càlid despertar.


Com podré saturar el patiment

 que m'oprimeix el pit?

Com reconstituir un cor 

que fa temps ha deixat de bategar?

Com trobar l'antídot

 que em permeti caure en l'oblit

de tantes nits en vetlla,

 en què no refreno la inclinació a somicar?


Estats en què la memòria sembla vague,

el cos va accionant una direcció a les palpentes;

és abrupta, però finalment definida

cap a un territori reconegut

 per tantes estiuejades 

per llargues temporades inesborrables,

on les parpelles dilatades 

es reverencien atentes,

davant de comeses pietoses

 i alhora cruentes.


Crits d'infant reclamen llibertat;

ofrenes en va no concedeixen el meu clam;

més tinc el dret a exigir

que la meva infantesa no s'adulteri.


I les gambades cap als camps verdosos

 tinguin l'efecte de concebir-se 

com aquells rostres riallers, 

efusius i amorosos,

que sempre busquen el moment idoni

per agrair al món

entre gramets d'afecte

 i un ben avingut refrigeri.


Recordo les despulles

 d'una disfressa de satèl·lits eclipsats;

un capgròs ornamentava el meu crani 

amb una certa vanitat;

un guardó sostenien

 les meves mans que repiquen

i, amb un toc d'esperança,

 les memòries plenes de boirina

s'esvanien coll avall

esmunyint qualsevol record associat

 a un claustre hermètic, 

semblant a un inevitable orfelinat.


Benvingudes experiències rurals;

màgics instants de enlluernament emocional;

han extingit per fi la meva identitat dual,

que es debatia entre la vida i la mort

en un estat gairebé terminal.


Per fi, asseguda en una cadira,

veig la roda d'una criatura, 

que cavalca amb l'ànima 

 d'un remolí de vent,

ja evaporat per una nuvolada recent,

però amb una imaginació que, 

sens dubte, encara albira.


















TRIBUTO A LA FAUNA SALVAJE

 



TRIBUTO A LA FAUNA SALVAJE


Miro hacia un pavimento rugoso;

percibo aves, gacelas, felinos, 

cánidos, úrsidos, homínidos,

como dejan rastro correteando 

y aleteando por un mundo vil.


Persisten como héroes de una velada;

desafían  los cánones de una mano humana

que los declara amenaza hostil,

en esta tierra de nirvana,

llena de dicha y rayos de luz febril.


¿Cuántas noches y días deben transcurrir

para ser conscientes de un universo gentil,

que pretende acoger a las criaturas,

sin desperdiciar el encanto 

que emanan al sentir?


 Sus cuerpos, emblema de un paisaje pastoral,

que dócil y amable

extiende los brazos a los animales

que se congratulan de formar parte

 de un círculo focal.


Biólogos y naturalistas han apostado

por perpetuar las especies de un planeta

que se incendia hacia la hecatombe,

por un dominio soberbio

qué defiende el exterminio

de animales maestros, 

que solamente aspiran 

a avanzar con una meta.


Proliferan sus vidas,

 procrean el  futuro linaje

sin consumirse por almas corrompidas

que pretenden posicionarse con fervor

hasta erradicar un poblado animal 

de culto y de honor.


 Sueño con un arca

 que integre animales bajo un mismo 

decálogo,

formando un coro de voces que reivindique

 un sendero de especies 

que consigan el hallazgo

de estar sanas y salvas.


Sin malhechores que, a fuerza de látigo,

 impongan un castigo,

que recaiga en el olvido

del recuerdo amigo,

 de compañeros de bosques, 

aldeas, montañas y junglas.


Seres que jamás ponen en riesgo

una integridad intachable,

un instinto resaltable,

un coleteo insaciable,

un emplumado envidiable,

una mirada amigable,

un lamido afable.


Todos enmarcados en un cosmos,

predispuesto a regalar

un corazón fraternal

 e imperecederamente unificable.


 




jueves, 25 de diciembre de 2025

EL TORMENTO

 



EL TORMENTO


Años aquejados por el dramatismo;

soledad que encapsula los años;

A veces soñamos con seres de luz,

que vienen a acompañar 

nuestro vacío con ahínco y confort.


Son invertebrados, 

imperceptibles, omnipresentes,

 pueden aparecer y desaparecer sin límites;

 no necesitan enmiendas 

para circular libremente

por el vasto espacio planetario.


Nos observamos y nos contemplamos

 con un asombro desmedido.

La tristeza y dramas de nuestra vida

sucumben por un instante;

intentamos cerrar compuertas

donde el temor no aceche nuestras entrañas.


A veces, nos aferramos a preceptos 

provenientes de leyes espirituales,

aprobadas por maestros del saber universal.


De repente, nos desperezamos,

 nos incorporamos del lecho

 y reclamamos auxilio;

sentimos que estamos al borde del delirio,

con imágenes desdibujadas 

que no atinamos a descodificar.


Un abrazo agradable nos reclama atención;

nos complacemos cruzando los brazos 

y, mirando hacia el éter infinito, 

imploramos una señal de esperanza.


El dolor mengua;

 libera destellos 

de rencor y de venganza;

 y en un bucle de añoranza,

nos aferramos al deseo unívoco

de palpar la libertad acometida

hacia nuevos y tangibles 

horizontes de bonanza.

LAZOS DE AMOR



LAZOS DE AMOR


Genes volátiles
cruzan por caminos casuales;
se saludan, se intercambian miradas amables;
tienden a establecer conexiones triunfales.

Parajes emborronados;
cientos de escenarios 
por los que la mente divaga;
encuentros fortuitos, nada desdichados
tertulian creando una saga recopilatoria
de días en la memoria dibujados.

Fuentes que dejan rebosar agua bendecida,
almas peregrinas 
que han vuelto a reencontrarse;
sienten como se ha producido
 una unión merecida
que avanza para dejar paso a un nexo
 que no piensa en marcharse.

Puede ser un fruto de una coincidencia;
puede que los lazos entre personas 
no tengan trascendencia;
sin embargo, el vínculo es como un robledo
que señala su follaje con cada dedo,
y mira hacia el éter 
con una adorable sapiencia.

A veces, las almas están maduradas;
con el paso de los siglos se reencarnan
dejando como legado su sabiduría aprendida,
con el propósito de enseñar,
que la clave de la felicidad 
está en decirnos que se aman.

Ya no quieren renunciar
a la pureza del bienestar;
a una vida llena de aventuras 
donde los lazos vivirán apegados,
librados de tormentosas ataduras.

Espectros de luz se conciben, 
esperando asomar sus cuerpos 
ante una vida inmutable y austera.

El reconocimiento es inmediato;
se compenetran formando una recia trinchera,
en la que todo lo que vivan quedará impreso
en el hogar que decidan compartir:
una eximia e impecable madriguera.


















UNA PERILLOSA TERÀPIA




UNA PERILLOSA TERÀPIA


Asseguda en un banc de la plaça Urquinaona, veig l’aleteig dels coloms i com van esmicolant amb el bec trossets de vesses i arròs, que molta quitxalla amb els pares els llencen generosament.

De sobte miro cap al cel, lluent, místic, silenciós, amb un sol ponent que sembla vol anunciar-me algun tipus de presagi o comentar-me quelcom. Una dona revellida pel pas dels anys s’asseu a la meva vora amb una revista del cor a la mà. Em pregunto quants anys li quedaran per continuar interessant-se per la vida dels famosos. De sobte, em clava una mirada fugaç, esquiva, com si fos algú excèntric, força repel·lent i digne de ésser ignorat.

Em miro l’equipatge de mà. Estic a punt de tornar a començar a viatjar cap als núvols. No sé on vaig ni qui em trobaré al llarg del trajecte. La meva casa, en un instant, és el carrer enmig d’una ciutat poblada de vianants, que circulen sense fre cap a no sé quina destinació, però això no importa ara. De fet, res ja no importa. Estic sola, fastiguejada, corsecada com una serp que va donant voltes en el seu propi eix i es recargola, elàstica i s’arreplega per tal de tornar-se mimètica.

M’agradaria, en aquests moments fer-me invisible. No sé subjecte de mira ni cap focus d’atenció seria la clau possiblement per començar de zero, per navegar mar endins, per agafar les regnes sense haver de rendir comptes a la gent que m’envolta.

Però, Déu meu, què he fet? Semblo una rodamon, sense ofici ni benefici, sense sostre ni cartera, sense família a qui saludar, acollir, educar i estimar. Em miro i em repelo. La meva consciència també em mira. Una veueta interna em sacseja sense atur, mentre jo procuro no concedir-li importància. Potser estic embogint, potser soc paranoica, potser el colpejar d’un dolor ferotge, imponent, superb ja mai més em deixarà descansar en pau.

–Ei, noieta, què hi fas aquí? Sembles una moribunda, algú que ha perdut el nord.  No te’n recordes que fa dues hores comparties pis amb una parella que semblava fos el teu veritable tresor a qui conservar de per vida?

No ho entenc, em dic. Estic delirant, és fruit de la meva imaginació o aquesta veu interna és la meva consciència. Què dimonis he fet malament que no se’m pugui perdonar?

–T’estic escoltant, xicoteta. Tard o d’hora hauràs d’afrontar el drama que ha interromput un compàs de vida que tu semblava havies volgut construir a la teva voluntat i semblança.

–Però qui ets? Identifica`t sisplau. Estic aquí al carrer passant fred, gana, calamitats, però especialment una solitud que em malfereix l’ànima. Què puc fer per tu?

–Res. No pots fer res. Els errors del passat no es poden canviar i tu en tens un farcell a l'esquena. El que passa es que la por i la inseguretat han traït la teva autoconfiança i t’has deixat temptar per una altre cos més jove, tendre, atlètic i alhora atractiu i seductor.

Aquesta veu s’ha tornat ximple o jo estic desvariejant. Estic iniciant un camí, en què he de descobrir perquè he tingut la inclinació a cometre un pecat venial. M’he deixat portar per algú que semblava era més fet a la meva mida, no com la parella amb qui compartia pis al passeig de Gràcia durant deu anys, però d’això a ésser una insensible per naturalesa penso que hi ha molta diferència.

Els coloms semblen renegar amb petites esbotzades i salts acrobàtics al voltant dels arbres de la plaça. M’adono que la gent que transita a prop em mira com si fos una indigent que ha estat expulsada d’un alberg per una conducta improcedent.

–D’acord. Tu guanyes. Suposo que ara em deu tocar dir alguna cosa semblant a: estic penedida, no volia ferir la sensibilitat del meu cònjuge, hauria d’haver mesurat les conseqüències abans d’haver comès adulteri...

 –Un moment noieta –diu la consciència una mica preocupada –tu no volies ser infidel per voluntat pròpia. Tu et senties atrapada, en una presó emocional d’on no t’atrevies a buscar la clau del cadenat per obrir les reixes i escapar d’una ombra que estava demolint la teva vitalitat, el teu bri, les ganes de viure.

–Perquè no em puc apartar de tu? M’estic afartant de tant alliçonament i...

 –Perdona però et recordo que una part de mi ets tu; una persona noble, honesta, solidaria, sensible i disposada a admetre que s’equivoca i què, per damunt de tot, està molt decantada cap a les imperfeccions que la vida comporta. Ara saps que has ferit a algú que t’havies apreciat amb delit, algú amb qui pensaves compartir paraules amigables, estones d’hilaritat i passió, però tanta efervescència concentrada no és tangible ni benigna. Totes les relacions que es basen en una dosi de dependència acaben fallint.

En qüestió de segons, sento el meu cor bategar amb força. Fins a aquest moment semblava estava ficada dins d’un congelador, dissecada, esmorteïda per no dir pràcticament ofegada Potser sí que la veueta té raó i necessito reconèixer que soc imperfecta, massa meticulosa però bàsicament capaç d’equivocar-me i cometre accions que poden determinar la infelicitat dels altres.

–Sé el que penses, el que sents. És injust tens raó, però no pots acusar a la vida ni malbaratar-la amb imprudències trivials. Els éssers humans estem constituïts per impulsos, desitjos i estímuls que a vegades ens costa controlar. Tot i  tenir aquestes rareses, som gent que també posem el nostre granet de sorra.

M’aixeco tot seguit del banc d’una revolada mentre em tapo les orelles amb les mans. Estic enfuriada, no puc continuar parlant amb algú abstracte, que no veig, que no em pot consolar, a qui no puc abraçar.. En canvi, tot el paisatge que m’envolta sembla confabulat en no deixar-me marxar cap a un territori forà si no soc capaç d’admetre les meves febleses.

Arbres, mates, matolls i petites plantacions de bardisses dansen al ritme d’un vent virulent. L’hivern és fred, però alhora calorós. Hi ha una ambivalència climàtica que sempre va per lliure. Mai fa consulta a ningú per decidir la meteorologia quotidiana. El clima és autònom, té capacitat per decidir i per alegrar i frustrar algunes ànimes insatisfetes amb la temperatura ambiental.

Sense premeditar-ho estic reflexionant sobre un fenomen que no es bo ni dolent. Simplement pot ser beneficiós per alguns i per d’altres extremadament horripilant. Però abandonar un home per tenir afers sexuals amb algú que em porta set anys de diferència no és un fenomen imperdonable?

–Et serè franca –prossegueix la consciència parsimoniosa –si esbrines qui ets en realitat corres el risc de reconèixer els teus defectes i les teves virtuts, però si tanmateix et quedes en el punt mort on et trobes, sense embrancar-te a altres oportunitats, ben segur que mai podràs madurar com els arbres que t' estan observant, alguns longeus, orgullosos d’exhibir-se sense pensar en el què és correcte o èticament inacceptable.

–Sou molt dura amb mi –responc amb contundència –m’agradaria a vegades formar part de la natura, en què les traïcions, les decepcions i els fracassos poques vegades es succeeixen.

 –Però es pot saber perquè de sobte em tractes de vostè? Jo ho sé tot de tu. En realitat, les dues parts som una sola. Estem unides físicament i energèticament. Ningú ens pot desarrelar. Som inamovibles i alhora indivisibles, però et vull dir una cosa que crec que et servirà per acabar despullant les teves debilitats i agafar el timó del teu vaixell...

 –Què –pregunto apocada i tremolosa. Semblo com si fos una fulla empesa per un vent emprenyat i disposat a creuar fronteres per fer-se l’heroi de l’univers.

 –Que la teva infidelitat va ser ínfima en comparació amb el turment psicològic que estaves patint...

–Però es que quan enraono amb tu tinc la sensació que ets com una xafardera que furga en les meves misèries per riure-se’n sense pietat.

 –Que dius! No siguis ximpleta. Jo mai em burlaria ni faria safareig sobre un tema tan delicat i punyent. Tu has estat una noia maltractada i jo, a la curta distància, he estat testimoni de la casa que cada dia declarava el teu deteriorament.

 Una llum d’esperança sembla em dibuixa una cara més plàcida, tot i que la rancúnia, el despit i la ràbia continuen essent les amigues lleials que no volen desempallegar-se amb facilitat. Tot seguit em dirigeixo a la consciència amb sigil, sense que cap persona del carrer pugui veure’m vocalitzar.

–O sigui que tu sabies des de bon principi tot el dramatisme que vivia en parella i mai intentaves moure fitxa perquè pogués reaccionar? Però qui cony t’has cregut? Amb quines agalles vens aquí a donar-me lliçons. M’has abandonat a la sort. M’has deixat tirada en un vertader quan més et necessitava i ara pretens que em redimeixi?

 –Les teves paraules son feridores, però no em mal interpretis. El que dic es que vull que t’oblidis d’aquell home que vares conèixer a l’altar de l’església de Sant Bernat de Claravall i deixis enrere els records pansits, corromputs, que van podrint el teu entusiasme pel futur.

–Futur? Quin Futur? Tu em parles com si jo m’hagués de sentir com una triomfadora. Et recordo que he tingut relacions sexuals fora del matrimoni però perquè no sabia a qui recórrer per buscar ajut...

–I aleshores et consolaves al llit.. Era et teu refugi ho sé.

–Però quina impassibilitat la teva! Com podies contemplar el que succeïa a porta tancada i quedar-te emmudida. Potser si m’haguessis colpejat, si t’haguessis manifestat a través d’una veu com la que ara proclames jo no estaria amb unes maletes al carrer, sense tenir perspectiva de present ni futur.

–No podia insinuar-te res. Estaves absorta en els teus pensaments. Et senties massa culpable. Pensaves que el teu marit t’insultava, perquè t’ho mereixies. Com avisar-te d’un delicte tan evident si tu estaves atrapada com un insecte en una teranyina, enredada, premsada, completament acorralada.

Escolto la consciència sense baixar la guàrdia. Ara començo a entendre el missatge lentament, poc a poc...

 –En el fons m’estàs dient que no podies parlar-me perquè no era capaç d’escoltar-te?

 –Exacte.

–però ara ho faig i, en canvi, no trobo la sortida per agafar embranzida i dominar una situació que m’envesteix amb escreix.

 –Lògic, perquè no penses amb el cap fred. Tu Mariona, una noia amb un perfil de personalitat envejable, elegant, pragmàtica, resolutiva i emprenedora, Creus realment que no tens sortida desprès d’un desengany amorós? Creus que la teva vida es un malbaratament, com les sobres de molles de pa que hi escampades al terra d’aquesta plaça, per unes aus que senten gratitud de poder ser les premiades en tastar-les?

Intento caminar lentament un cop estic dempeus, però el cos em trontolla, com si un esvaniment volgués arrasar la meva poca vida que em queda.

–Ànims, tu pots continuar caminant. Jo t’acompanyo. Estic al teu costat dictaminant què es el millor per tu. Només et demano que  de tant en tant m’escoltis sense jutjar-me. Soc el teu guia des que vares néixer i no et penso decebre. Tens una família i amics. Recolza’t amb la gent que t’envolta.

Els meus ulls entelats de llàgrimes comencen a donar l’ordre a les cames per continuar caminant. He perdut el marit i l’amant. He perdut la meva dignitat, almenys és el que crec, però la meva veu determina un futur prometedor si sé desxifrar el missatge d’èxit que em vol transmetre.

 –No sé si donar-te les gràcies o continuar-te odiant i apartar-me de la teva vora. En qualsevol cas continuaràs enganxada com un imant a prop meu. Així que l’esforç per separar-me serà inútil. Bé, em resignaré i aniré a l’avinguda Porta de l’Àngel a  mirar roba als aparadors.

Una intuïció fa rebrotar dels llavis una ganyota, que semblava estigués difunta.

–Però després què faré? Ais, mare meva, quina vida més complicada.

 –gaudeix sense remordiments, amiga. I no et penedeixis de res.

La veu de la consciència es va apagant i s’esfuma, almenys és la impressió que em dona quan entro en una botiga de Porta de l'Àngel i un amable dependent comercial, amb un somriure esplendorós em pregunta:

–En què la puc ajudar, senyoreta?

























DESPUÉS DE HOY

  DESPUÉS DE HOY Consciencia desnuda; habitación en duelo; recuerdos de anhelo, lenguaje de locura. Verborrea sin nombre viaja en el tiempo ...