domingo, 16 de febrero de 2020

EL PRECIO DE LA FAMA





EL PRECIO DE LA FAMA

Peinados extravagantes y sofisticados lucen las cabezas de muchas célebres estrellas del mundo del espectáculo. Alfombras rojas de seda anclan vestidos aterciopelados de un rojo amoratado y un violáceo que no pasan inadvertidos. La mayoría de personajes que tienen un renombre, que ha causado un impacto mediático en las miradas de los televidentes, ya no pueden camuflar con discreción el reconocimiento público. Por mucho que se lo propongan y se empecinen en no estar respaldados por los medios de comunicación, la realidad es antagónica al anonimato.

Irina lo sabe ciertamente. Empezó su carrera de amateur en el teatro de un centro cívico del barrio de la Prosperitat. Allí podía dejar aflorar su talento innato, interpretando papeles dramáticos que alternaba con actuaciones en las que la capacidad de improvisación frente al escenario era implícitamente obligatoria.

Los improshows eran sus escenas favoritas porque en aquella secuencia de actos sucedidos, se sentía dueña de una plataforma en la que corría, andaba, se agachaba, se retorcía, utilizaba los gestos no verbales con mucha frecuencia para generar una comunicación subliminalmente entendible y notoria. Sumergida en sus papeles, veía una puerta que podría conducirla hacia la consagración de una fama empoderada, que nunca jamás dejaría desperdiciar.

Anuncios publicitarios, después de haber pasado varios cástings, la enmarcaron frente a una pantalla muda pero tertuliana a la par. La televisión promete, atrae, incita a las mentes devoradoras de un mundo de glamur a poder encarrilar la trayectoria de un artista hacia el éxito más rematado. Es un canal que te inmiscuye a continuar progresando hacia el zenit de una popularidad que no va a ser, en un principio, subestimada.

Irina tenía veinte años cuando empezó a desfilar por las pasarelas como modelo. Aparecía en magazines de tarde como “El Club” “La Columna” y “Divendres”, en los que diseñadores de moda intentaban presentar la colección de trajes en la temporada entrante de una primavera florida. En la televisión pública era más fácil darse a conocer, ya que el ranking de expectación superaba la media ponderada en una proporción siempre ascendente.
Desafortunadamente, la sensación de heroísmo, de casi enorgullecimiento personal por la resonante vibración que producen los vitoreos, los encomios más denotados de euforia y furor, tienen su contrapartida. La muchacha intentaba no mezclar su vida personal con la vida profesional que promovía en su espacio de desfile. 

Las revistas del corazón acaparaban con mensajes que  menospreciaban y desmerecerían aquella fama que Irina ya había ensalzado. El estrellato tiene aquellos condicionantes que pueden malograr el bienestar de cualquier persona que se presta a realizar servicios que van a ser contemplados por la sociedad civil, siempre abierta a las críticas subversivas y perniciosas para una seguridad íntegra en la vida de las personalidades triunfadoras.

Irina se balanceaba entre la competitividad del mercado estilístico y la demanda de modelos que también pretendían resplandecer de etiqueta clamorosa. El elitismo siempre tiene un arma de doble filo: el poder y la derrota. Irina, después de tres años, empieza a conocer el declive más entristecedor.
Las revistas publicaron imágenes inéditas, que traspasaban el muro de la privacidad y  mostraban un escándalo morboso, que recaía en los lectores al contemplar el cuerpo desnudo de la muchacha.

Irina se batió  en un pugna por conseguir su libertad robada. Intentó pleitear para interponer una demanda judicial que no llegó a formalizarse. Buscó recursos para volver al ocaso de la tranquilidad, a vivir desprendida de ser señalada, acusada, difamada por los medios de una forma atroz y vil. Su imagen empezaba a ser repudiada. Ella no se reconocía. Se escandalizaba, se incriminaba por haber sido utilizada y manipulada por una fama que ya no tenía retroceso ni deniego.

Aquella vida humilde, campestre, sentada sobre unas bases en las que el despliegue de cámaras intromisivas e impertinentes, que siempre buscan alimentarse del despiste de las celebridades para irrumpir en sus vidas sin ningún pudor, ya no tenía ninguna acogida en Irina.

Estaba sola, enmarañada en una red tejida de sombreados en los que una borrosidad mental y emocional nunca volverían a tener restauración. Ahora solo le quedaba el consuelo de morir lentamente a base de morfina. Sobre dosificarse de estimulantes narcóticos era el único medio de amparo que tenían sus manos endebles e improductivas. Unas manos escuálidas que la indujeron a esnifar drogas más sedativas, que malograron su calidad de vida y la arrastraron hacia una turbulencia de confusiones, decepciones, con el deseo de dejar de tener un mínimo lastre de existencia en el mundo físico.

Su muerte ejemplifica las múltiples bellezas de mujeres y hombres que han perdido la noción de la lucidez y la responsabilidad de velar por la salud, después de haber probado un bocado de fama regalada, ofrecida por doquier, embebida sin control ni medida, simplemente hipnotizados por una atracción fatal que los empuja hacia el fatidismo más reluciente.


miércoles, 12 de febrero de 2020

CÚSPIDES DE NIEVE




CÚSPIDES DE NIEVE

Inviernos espolvoreados por manchas finas de tintura albina que ya no se prestan a desparecer. Picos escarpados, pináculos protuberantes, cordilleras en cadena que serpentean formando hileras heterogéneas, pero compenetradas.

La sierra del Cadí es un lugar de ensueño en el que me puedo dejar embaucar de recreación. Todas las montañas forman aquella inclinación vertical que invita a practicar escalada hasta llegar a la cumbre más alta, en el que un mirador frontal permite, con un diseño panorámico estratosférico, admirar los Pirineos Orientales 

La época hibernal tiene un ocultismo inherente que no asoma la cabeza hasta que no se contempla la esencia de una perspectiva cristalizada. Las aldeas más cercanas a esta cordillera quedan esculpidas por una nieve casi siberiana, procedente de las tierras de la Unión Soviética. También desprenden un aroma a tierra escandinava; a aquellos trineos que los renos, en los memorables episodios navideños, viajan encorsetados dentro de una memoria infantil con Santa Claus, para repartir millones de regalos y encandilar rostros hipnotizados por una incertidumbre placentera.

Los picos más altos de la Sierra del cadí invitan a fotografiar en cliché aquellas puestas de sol que entremezclan tonos anaranjados y amarillentos, fusionados en tonalidades impresionistas, coloreadas con una gracia nada artificiosa.

En casa de mis abuelos maternos puedo contemplar, con un pasamontaña y unas botas de nieve, la altitud en que ésta funda su aposento e ilustra, con su radiante blancura, una distintiva etiqueta que ya jamás podría dirimirse.

A veces visualizo visitar el Cadí, cogiendo una mochila de camping para hacer posada en las vanagloriosas montañas, tan reconocidas en una Catalunya popular. A veces quisiera alcanzar, igual que Kilian Jornet, aquella altura en la que viese ondular en el firmamento el aleteo de aves impasibles ante unas montañas alzadas y rebosantes de regocijo y esplendor. Tanta nieve almacenada, en unos picos descubiertos por vértices protuberantes y tan maravillosamente asimétricos, debería ser abastecida por una niña que desea consolidar su afán más primitivo por aprisionar un escenario tan efervescente de pureza blanquecina.

Desafortunadamente, el sueño no llega a su realización alcanzable y las cúspides de nieve, arremangadas hasta la cabeza piramidal más sobresalida, continúan prescindibles frente a mis anhelos entusiastas y deseosos de consagrar.

Las excursiones a la Sierra del cadí forran en mí un propósito de futuro que de niña esperaba cubrir. Las hectáreas, tan vastas e inacabables en recorrido, querría que fuesen un incentivo, un lugar de visita alistado en mi agenda semanal de senderismo en diferentes territorios comarcales de la Catalunya autonómica.

La nieve tan dispar, tan impredecible, tan invasora y a la vez apacible, gratificadora y escultural, no puede dejar de embelesar mis neuronas receptivas y focalizadas ante la majestuosidad de una naturaleza estacional poblada de fenómenos meteorológicos divinos, pictóricos, dignos de enmarque y de congelación recomendables y merecedores.

El cadí, no visitado por mí desde hace veinte años, habrá transformado su aspecto glacial. El invierno nevado tendrá probablemente otros reflejos cromáticos, que deslumbraran la retina ocular al proyectarla hacia los picos infinitos de unas montañas enamoradas y cautivadas por la sucesión de copos caídos, desde las inmensidades de un cielo ensombrecido de luces grisáceas. Aún así, mi deseo ferviente persiste y muy prontamente quisiera galardonar esa sierra con fotografías, que no se vieran tentadas hacia el olvido más insensible.





SONRISAS Y LÁGRIMAS


 



SONRISAS Y LÁGRIMAS

Semblantes agrios se prestan a mostrar su más rotundo enfado. Bebés que se enfurruñan, patalean, gimen con una apasionada fuerza que hace retintinear el recinto que ocupan. Seres angelicales, con rostros indefinidos, turbados por una inocencia entonada, intentan buscar un aposento para hacerse dueños de su integridad recién estrenada.

Niños que nacen en el seno materno con esbozos de alegría que no se desgasta con el paso del tiempo; permanecen sonrosados, rebozados por una faz procedente de un paraíso bullente de pócimas mágicas, fenómenos todopoderosos que los absuelven ante cualquier ínfimo delito moral.

A lo largo de su desarrollo, pueden ser amparados por una educación que los armará de valor para comerse el mundo de un solo bocado; podrán abrazar los eventos prósperos y adversos sin sentir la huella del fracaso pisar en sus talones agrietados; podrán repasar con meticulosidad cada día vivido sin represalias, sin increpaciones ni remordimientos, más allá del sentimiento social tan impuesto por una culpa pesante y casi enfermiza.

Otros bebés, en el fondo, aprenderán a sorber cada gota de tristeza en un corazón malherido y chamuscado por un cremor rabioso, exacerbado, que peca todos los días convirtiéndose en el héroe de la velada afrontada. Madres y padres no sabrán encauzarlos hacia la fuente de la sabiduría, hacia los principios básicos de un bienestar integral; unas pautas y dogmas en los que la ética más obedecida pueda gestar frutos de confianza y seguridad.

Tantas noches y días buscando un sonreír, tramando deseos sellados dentro de una imaginación voraz para poderlos poner en escena sin privación ni truncamientos. La infancia busca la felicidad en el alma menos adulterada por los trajines de una vida alocada, siempre cronometrada bajo un ritmo temporal enloquecido y contumaz. Los niños juegan a ser divas de un escenario para ellos todavía inalterado por la adultez y las miserias que arrastran dolor y penalidades.

Creen en el poder esotérico de un universo que para los infantes está en proceso de reconstrucción. En sus mentes infantiles, sus deseos esconden cuentos, fábulas, cómics, todo un sinfín de ilustraciones, viñetas, bocados de palabras que exclaman un impacto sorpresa que quedará precintado en unas almas imborrables.

Las noches de fábula acaban cesando su existencia cuando la madurez alcanza su álgido despertar. Como personas adiestradas, curtidas y marcadas por cicatrices de contratiempos no desechados, perdemos la candidez de esa magia enjaulada en nuestra memoria, adquirida y guardada como un amuleto afortunado, que engendra prosperidad y buenaventura.

El paso de la edad nos aleja de aquella primera sonrisa perfilada en la comisura de unos labios carnosos, enrojecidos, casi ovalados por un movimiento de cierre y apertura simultáneos. Nos hace olvidar que somos entidades que nacemos con un bagaje tatuado en nuestros genes, pero a la vez somos individuos que podemos cultivar y fortalecernos de una alegría de debería prender fuego en nuestros cuerpos y formar una hoguera en el alma, tan mustia por las cargas y los infortunios que se afrontan sin poder ser despojados.

En el ahora tenemos siempre una rendija abierta hacia nuevos caminos llenos de vanguardia y estabilidad emocional. Necesitamos encontrar el acertijo que nos inspire a inundarnos de goce por una vida, que nos ha llegado de milagro, y encontrar la panacea para liberarnos de tantas noches en vela, tantos llantos desparramados entre sábanas y pañuelos empapados, tantos apenamientos y tanta congoja comprimida y poder transmutarlos en pura gracia y concordia.

En el fondo la tragedia y la comedia están insertadas en el mismo poro. La comedia está marcada por la virtud de poder sonreír ante una parodia teatral que nos hace vibrar en las butacas de un salón de actos y la tristeza, por un acto dramático que nos derrumba, nos vuelca hacia la deriva y nos convierte en náufragos supervivientes ante un destino siniestral.

En ese caos matizado por llantos y risas, la serenidad debería tener un protagonismo imperioso para mantener la mente fría y calculadora y poder emprender, con un espíritu resolutivo, la senda que nos embarque hacia esa felicidad quimérica, formada por luces y sombras que van condecorando escenarios paralelos que circulan en una concordancia bien pactada y avenida.




lunes, 10 de febrero de 2020

LAS ESPINAS DE LAS ROSAS


 




LAS ESPINAS DE LAS ROSAS

La noche contiene un embrujo que expone a las almas en vigilia a abandonar la conciliación de un sueño reparador. Locales nocturnos sirven deliciosos cócteles a los clientes mientras éstos se estremecen de disfrute viendo en las pasarelas artistas que muestran su cuerpo desnudo y flácido. Luces sicodélicas y fosforitas provocan un efecto cegador que no pasa desapercibido. Elizabeth lo sabe. Ella ha trabajado durante quince años como dama de compañía en un burdel cerca de la zona del Raval.

Una niñez turbulenta y una adolescencia arremolinada de surcos que no consentían una estabilidad familiar, la impulsaron a abandonar el hogar a los diecisiete años. Desde aquel entonces, en la época en la que la dictadura estaba en pleno apogeo, se veía con ojos inquisidores que alguien de complexión femenina tuviera que ganarse el pan, exponiendo su intimidad frente a espectadores ávidos por descubrir la apetencia lasciva, usando como medio el contacto visual.

Ella retraída, acomplejada y desesperada por una situación personal calamitosa, charlaba con cuarentones y en dinero negro, con la ayuda de un mánager guardaespaldas que la contrataba de manera ilegal a horas convenidas, podía sustentar a cuatro hijos huérfanos de padre.

El marido la maltrataba y gozaba obligándola a tomar roce con las sábanas más enrolladas, a una relación enfermiza y contagiada por un abuso a la intimidad y la honra. Ella mascullaba palabras de odio, de ira incendiada, de repudio hacia un marido que le imponía el deber de procrear, ajeno a la voluntad de una mujer que no se veía capaz de afrontar el instinto maternal ni educar a zagales en pleno desarrollo y crecimiento.

Los gritos de medianoche no soplaban un estruendo masivo de fonemas; las palabras no podían articularse ni pronunciarse. Cada noche espeluznante tenia un color de mercromina, demacrado, amoratado por acosos que ya no podían denunciarse.

Una época dictatorial y patriarcal era la raíz hegemónica que no permitía a las mujeres imponer su criterio en una sociedad descompensada en igualdad de derechos y condiciones.

 Elizabeth muchos días huía. Intentaba hablar con primas que vivían cerca del Raval. Allí, mientras el cónyuge trabajaba como asesor financiero en una sucursal del banco popular, ella se explayaba y desconectaba con mujercitas que llevaban de carabina a las madres o alguna figura de autoridad superior.

Después de replantearse la opción de una separación informal, su marido enfermó y murió de tuberculosis. Ella parecía sulfurar de júbilo; una alegría incontenible brotaba por unas arterias que parecía tenía disecadas, casi gélidas.   

La situación económica presentaba una precariedad que debía afrontar prontamente. Su prima Aurora le hablo de un local cerca de la Paloma que podía visitar. Aurora conocía el gerente y muy pronto, después de una entrevista rápida, le ofrecería un empleo no declarado, en el que debería tratar de contentar y saciar las peticiones de clientes sedientos por consumar un deseo carnal.

Allí comenzó el mayor de los altercados. Ella ya tenía cuatro retoños que mantener. Pedir limosna, viajar en el metro cantando, bailando o posando en las Ramblas como una maniquí, sin rostro ni figura no la convencían ni la ayudaban a recaudar unas monedas extra, para suplir las carencias tan febriles de una familia fragmentada.

Los clientes asomaban el olfato para poder intercambiar placeres superficiales, aunque ella casi siempre se encontraba con hombres que vivían en míseras circunstancias. Viudos, solterones empedernidos, casados adúlteros, mujeriegos consagrados, degenerados sexuales entraban en hilera mientras veían cómo Elizabeth con un sujetador de lentejuelas y un tanga, bailaba colgada de una barra metálica en un estrado circular. Muchos billetes eran depositados a lo largo de las actuaciones de la noche. 

Ella sufría en silencio. Sentía su corazón desacompasado, marcado por un latir que ya no se prestaba rítmico, sintonizado ante el mundo que pisaba.

La mayoría de los caballeros la solicitaban para poder desahogarse y arrojar con palabras de apenamiento una vida llena de fisuras, grietas y perforaciones no rebozadas de satisfacción. Otros para proceder a la cópula mecanizada y ejecutada con frivolidad.

Cuando tomaba contacto con la almohada, Elizabeth era un bálsamo de confesiones clandestinas que ella utilizaba para golpear su terrible descontento frente a un mundo peleón y sangrante que no defendía bajo ningún concepto.

El sigilo la acogía y escuchaba como algún hombre había querido insinuarle una relación de noviazgo. Ella siempre negaba la posibilidad de un nuevo hallazgo sentimental. El romanticismo y el amor platónico habían quedado volcados en un terreno barrancoso irrevocable.  Tantos años de entierro en un hogar muy comparable a una tumba llena de tinieblas embalsamadas, escarmentaron a la muchacha y la endurecieron, no permitiendo nuevas esencias florales, de aromas fragantes, cosechados por relaciones respetuosas, complacientes y fidedignas.





MI CIUDAD NATAL


 



MI CIUDAD NATAL

Palomas acuden como mensajeras. Posan en mi hombro infantil mientras gránulos de arroz se dejan esparcir en un suelo adoquinado. ¡Que divino tesoro! En la plaza de Cataluña hago un recorrido por la circunferencia que engloba unas aves avezadas en una ciudad barcelonesa, que no se sienten temerosas ante niños desvergonzados como yo, que, con un suspiro impetuoso, pretenden rebozar su ahínco a interactuar con unas plumas singulares, domesticadas y adaptadas al medio natural de desplazamiento.

¡Que recuerdos tan dignificados! La magia y el encanto de una inocencia enarbolada me perseguían en aquellos tiempos en los que Barcelona estaba poblada por emigrantes y autóctonos. En general, clases obreras y algunas zonas como Sarrià, el Eixample, Gracia, y San Martí con un estatus más opulento, adornaban las calles con una mirada de admiración.

Tanta arquitectura comprimida; retratos, pinturas, esculturas, estatuas y majestuosos monumentos guarecían y alardeaban su belleza paisajística peculiar e inimitable.

A veces rebobino mentalmente los paseos vespertinos por el Parque Güell, la Ciutadella, el parque de la Guineueta y parques de atracciones como el Tibidabo y Montjuic y un valle de melancolía recorre un escalofrío en mi cuerpo tibio y templado. Me siento aclimatada e integrada en una capital en la que las conexiones metropolitanas tienen un auge imparable, un trajín irrefrenable de pasos frenéticos que no llegan a consumar sus propósitos. En otras ocasiones, transeúntes caminan aletargados sin poder saborear los placeres más elementales de una ciudad cosmopolita. Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos se sienten apremiados por la carga de un tiempo atolondrado, que no se apiada de las almas que tienen que cumplir con deberes urgentes, que no admiten retardo.

Observo la muchedumbre cómo se comporta en silencio mientras avanza en su caminar ignorante de los detalles que recuadran una ciudad que no merece despilfarro. Una ciudad apabullada por un tráfico ajetreado, que excede con creces la media estadística dejando destapar burbujas de humo a través de los conductos de escape.

La polución es un fenómeno que inspiramos sin rechistar, ya que la humareda, los ácaros del polvo y una atmósfera congestionada por vehículos, que consumen gasolina con arranques y frenados tapiados de brusquedad y torpeza, son inevitables.

La buena fortuna se encuentra en la periferia de Barcelona. Barrios como el Besós,  Trinidad Nueva o Ciudad Meridiana, tienen mayores riquezas que se aventajan por un rodeo embellecedor repleto de relieve montañoso. La zona de Collserola, poblada de árboles longevos que se jactan de su altura y robustez imponentes dejan absorber todo rastro de carga contaminante y su verdor, tan impoluto y resaltante, adornan como un cercado bien circunvalado, los barrios contiguos de una Barcelona kilométrica.

Con ojos humedecidos de gotas lloronas, me acuerdo de las tardes en las que me acercaba a un merendero de la esplanada del Campo de la Virgen, mientras me dejaba fundir de goce por una merienda suculenta contenida de un cacao amargo y sabroso. Durante el manjar, intercambiaba risas y tomas de contacto con los vecinos más próximos a mi zona de residencia y, entre juegos infantiles, nos acuchábamos formando corros bien constituidos y  organizábamos  juegos de media tarde para que tuviesen un atractivo estelar.

¡Cuantos años han transcurrido en una infancia que parecía elástica, extensible en un tiempo imperecedero e inmortal! Ahora en cambio estos recuerdos repueblan una memoria antigua, aunque a la vez reciente porque la reincidencia en mi imaginación no se puede volatizar. La lividez, en cambio, por el trascurso de años posteriores parece casi ineludible. Gotas de lluvia han calado un paraíso perdido, arrastrado por tempestades huracanadas, vientos arrolladores y corrientes que parece hayan empujado la jarana más ingenua y enternecedora de una infancia básicamente feliz

Mis ojos se retraen y homenajean una Ciudad que ha dejado imprentas en mis entrañas, ya indelebles. Los acontecimientos vividos son y serán valiosos diamantes, que, en mi cascarón mental, tendrán siempre arropo y un resguardo que jamás quebrará, a pesar del avance inevitable de un tiempo caprichoso y siempre mutable.





UN ANHELO SUICIDA


 




UN ANHELO SUICIDA


–¿Qué haces aquí?

Una voz despedazada, que resquebraja las paredes rocosas y escarpadas de un mudo acantilado, se estrella contra el eco ingrávido de un espacio inamovible.

 –¿Me oyes? Te pregunto qué estás haciendo aquí.

 –No lo sé –respondo tímidamente ante una inconsciencia empecinada a hacer rebrotar la semilla de la verdad; una verdad emponzoñada que no late; no vibra al compás de la brisa matutina, que salpica una corriente de aire enfurecida y provoca un retumbo en los sentidos con su insolente vaivén.

 –Dios mío, ¿qué hago aquí? 

La insistencia casi lastima. La voz flaquea y se desmenuza por el temblor arrollador al ver un vacío temerario.

Una abalanza de sombras entretejidas por una penumbra que arremete, aparecen danzarinas frente a unas pupilas que miran exhaustas y vencidas ante el portentoso dolor.
Me apeo en el borde y veo una silueta oscura que, con su mantilla, pretende impelerme hacia un estado ensoñado.

–Muerte, ¿eres tú? No te quedes taciturna. Tantos años envuelta de amores extraños que me acogían y rechazaban, que me abrigaban y despojaban, que me arrojaban a un vertido de soledad que nunca amainaba…

La muerte me invita a complacerla:
 
–¡No, todavía, no! –grito.

 Miro hacia abajo con desdén y dejo que el viento cristalice la opacidad de los recuerdos y el sol fulgure las turbias ideas, mientras se desparrama el rocío lacrimoso en desconsuelo que arrastra memorias agridulces, vela imágenes, teñidas de un beige mustio, y amordaza palabras atenazadoras y ultrajantes.

Y la emborronada ceguera pregunta:

 –¿Mi libertad? ¿Es este abrumador silencio?

Una mueca burlona, que queda estampada ante el abismo que pretendía mofarse de mi fragilidad, ahora por fin convertida en una lacra del pasado, cuyo lecho, lleno de espinas encrespadas, se desintegra junto a un vilo nauseabundo.

–Quizás…

 










domingo, 9 de febrero de 2020

LA SOMBRA DEL DESTINO


 




LA SOMBRA DEL DESTINO

Años de juventud que se inician con un gusto empalagoso en los labios de Anabela. Recorre callejuelas en una ciudad masacrada por un tránsito incesante. Su intención es asentar los cimientos para hacer posada en un lugar que no le recuerde los amargos sinsabores de un pasado salpicado por una amargura y un terror que embriagaban sus venas y entrañas. Ahora es hora de partir hacia nuevas líneas visibles, en las que una perspectiva mucho más prometedora pueda arrebatarle años de penurias y fatales infamias vividas sin demora.

Su sueño es poder hacer realidad un alojamiento en el seno de una familia humilde que le conceda cobijo y amparo. Una familia que no se mofe de su aparente fragilidad tan puntiaguda, tan afilada y sumamente socavada por un vacío que la corroe y la empuja a creer, que una salida de socorro no puede verse convertible.

El trayecto que recorre es arduo. Un templo de acogida inmaduro, cosechado de rencores, envidias y un afán de dominio intransigente, no permiten que la muchacha pueda batirse en retirada cuando la noche asoma, con sus compuertas selladas, una oscuridad que invita al deleitante reposar.

En aquel lugar tétrico Anabela aprende a callar la voz del reclamo y la protesta. Una indefensión profunda se ensaña para velarla frente cualquier signo de reivindicación a su libertad, tan oprimida y enmarañada de recuerdos de un antaño caducado, pero a la vez vívido. Parece que un sinfín de oportunidades para escapar de una mazmorra singular que la increpa y amonesta por ser tan permisiva, se encuentra vigente. Ella puede crear, diseñar a partir de labores artesanales prendas de vestir con bordados, una eternidad de ilustrados colores y formas que no tienen desperdicio alguno. Son pequeñas obras de arte que ella confecciona y la ausentan de unas cadenas carcelarias sin una escapatoria inminente.

Muchos encuentros fortuitos con colegas del trabajo permiten a la mozuela tener una brecha para estrechar lazos que en la casa de acogida no tienen consumación alguna. Con su carácter, muy en el fondo extrovertido y de una dulzura contagiosa puede percibir miradas cómplices, cercanas y conmiseradas. Las personas del entorno desconocen su linaje ancestral; ignoran la procedencia de Anabela y en qué lugar está conviviendo episodios de calvario maximizado. Ella es prudente y cauta, pero en su fuero interno desea escapar de una prisión, en la que no encontrará jamás un torrente masivo de alicientes que reviertan la infelicidad que la corrompe.

En el podio de un auditorio, a veces acude para dejar expresar su cuerpo con bailes desenfrenados, el encanto coqueto y refinado que la enmascara. En el podio todos los acechados males de un clima malherido ya parecen sacudirse y dejar un barrido de toxicidad fuera del alcance más accesible.

Un hombre veinteañero la mira, la observa, la repasa con meticulosidad, sin perderse ningún resquicio que enmarca la anatomía de Anabela. Ella no se da cuenta, aunque un presentimiento ambiguo y controvertido la cizaña internamente. Los pasos son rápidos, ligeros, quieren converger en un local de luces destellantes y una multitud enfrascada en risas, griterío, aplausos y aclamaciones intercaladas.

Quien iba a decir que dentro de un año Anabela pisaría un santuario que la convertiría en un manto empañado de lágrimas solidificadas; una mártir que no encontraría aquella libertad tan urgida por una trayectoria retrospectiva desoladora y penitente. La unión sacramental sería un oasis en el que la soledad más dilatada y el boicot impuesto por un cónyuge avinagrado y destinado a enterrar los placeres más mundanos, no tendrían enmienda.

Anabela, en el ahora, después de cincuenta años se lastima, se compadece, pero también aborrece la elección que, con sus garras, tan ciegamente la atrapó. Ahora ve el pecado desde el umbral de una puerta de la que, con su equipaje, podía haber huido. Frente a ella ve un túnel de reflejos penumbrosos que han cambiado su rumbo de vida. Aquella libertad que de niña anhelaba y creía que algún día hallaría quedó truncada por un deseo febril a buscar la felicidad en un hombre que se retractaría a poseerla y a gozarla sin reservas.

¡Que desdicha la mía! –se repite. “Algún día Dios me acogerá en sus brazos para cobijarme en un aposento etéreo donde beba agua bendita y pueda redimir mi alma ante un cúmulo de errores cometidos por una vida mediocre”.” Algún día veré la luz del alba en un plano celestial en el que el caudal del tormento ya no me atentará en demasía. Espero tener aquella libertad robada que de niña imploraba con frenesí”.


EL BRILLO DE LA LUNA


 



EL BRILLO DE LA LUNA

De puntillas salgo al balcón; el frío glaseado de las baldosas provoca un tiritar en el que mi cuerpo se abalanza y mece con fuerza. El cielo, todo abrumado por mantillas de nubes que parecen aglomerarse para no dejar posar los astros milenarios, exhibe su atuendo con un despliego de tímidas luces que destellan.

Yo, con mi albornoz, no me atrevo a vestirme para recorrer el paseo marítimo. Una fecunda tentación, sin embargo, parece quedar trabada en la garganta. Mi voz, admirada, por un éter postrado en un descanso vanaglorioso, me invita a salir. Las brumas son deslumbrantes, acaparadoras, ventilan cualquier indicio de claridad astronómica.

Una bienvenida inspiración casi me obliga a arroparme con unos pantalones de pana, medias de licra subidas hasta la cintura y un anorak de plumón, combinado con  bufanda de lana y unos guantes de cuero para hacer recorrido cerca del mar en la avenida que cruza la Barceloneta y las torres Mafre de Barcelona. Me pregunto si mi corazonada tendrá alguna similitud con la realidad. La luna parece reacia a dejarse sobresalir en un cielo resfriado por una cosecha de nubarrones, que entelan la visibilidad más apreciable.

El mar, muy bravo, va dejando evaporar la humedad acuosa en una atmosfera que no pretende despejar espacios luminosos. Mi parsimonia es sorprendente. En el metro mucha gente está cabizbaja, encorvada de pie esperando el turno para abandonar el andén. Otros parecen apesadumbrados, requemados por el ajetreo mundano de una vida que siempre invita a los porvenires más impredecibles. Y un tercer grupo, absorbido ante el círculo de contactos que manipula con sus manos frente a teléfonos portátiles que parecen hechizados, imantados de poder para los usuarios que los teclean.

Mi caso es distinto. Me siento renovada, con un aire que viaja en mis pulmones como una espiral rotativa, siempre renaciente y restablecedora. En estos momentos contactar con la brisa marina me produce revivir un recuerdo inconsciente que me traslada hacia mi época de cuna. La marea, con el agua que remolina, se revuelca, se contorsiona, y nunca perece ya que el regenerar es cíclico, me recuerda a mi bautizo. Agua santiguada posa en mi cabeza para depurar cualquier lastre pecaminoso, cualquier toma de consciencia impura, una sarta de comportamientos sórdidos e inmundos, que ya jamás tendrán predominancia.

En el mar, apoyada en la barandilla de hierro forjado veo personas tumbadas con mantas acolchadas, forradas y impermeabilizadas que se recrean ante una noche remolona. Después de contemplarlo con su balanceo consagrado por una corriente que no concluye, miro al cielo en la lejanía de un horizonte difuminado por nubes que ya se baten en retirada, para dejar que la luna llena deslumbre su viveza transparente por una luz casi emanada de fábula.

En dicho instante, empiezo a comprender la interconexión que todos los seres establecemos con el medio geológico y medioambiental. Tenemos el poder de la mimetización y la oportunidad para dejar vislumbrar chispas de esperanza en nuestro entorno que no deberían erradicarse. La luna, con su potencial elegante que procede de una luz esplendorosa, va desfigurando en función de la atmósfera taponada de nubes amorfas, pero se mantiene presente para que la marea siga fluyendo con su ciclo vital.
El agua es arrastrada por la fuerza de un calor lunar que baña la superficie marina y permite que la humedad pueda circular sin ningún obstáculo. Siempre caprichosa, siempre galante, siempre fiel a la ley de la naturaleza biológica, no pretende abandonarnos a la suerte.

Yo casi con los ojos empañados de salubridad lacrimosa, me siento regocijada y estremecida de goce por un astro que he podido contemplar en primer plano sin ningún ejercicio de planificación previo. Un regalo preciado que refuerza el acoplamiento con el cosmos y la posibilidad de darme cuenta de que la fuerza motriz de la luna está anexada al estado de ánimo que me precedía. Verla me hace sentir vigorosa. Agudizar la mirada hacia los cráteres y delinear pequeños trazos a miles de kilómetros que se asemejan a rostros vivientes, me hace percatarme de la creatividad latente que el universo que piso encierra sin contenciones.

DESPUÉS DE HOY

  DESPUÉS DE HOY Consciencia desnuda; habitación en duelo; recuerdos de anhelo, lenguaje de locura. Verborrea sin nombre viaja en el tiempo ...