martes, 18 de febrero de 2020

AÑOS DE JUVENTUD


 



AÑOS DE JUVENTUD

Estados del alma en los que el crecimiento ralentiza. Estados en los que en una espiral parece que cualquier realidad solemne vaya a desvanecerse en la nada más cóncava. No importa de donde vengamos, de donde procedamos, hacia donde vayamos. Solo queremos inyectarnos de una dosis de desenfreno, de ambiente bacanal para retener el tiempo y convertirlo en un aliado rebozado de diversión y una sensación de poderío desorbitante.

La juventud tiende a encapricharnos de todo lo que reluce en los alrededores; nos enamoramos y nos desengañamos casi al unísono. Como las teclas de un piano afinado, vamos tomando escalas que nos hacen subir y bajar por diferentes emociones que denotan una musicalidad versátil.

Componemos escenarios que resaltan la belleza más superflua, pero a la vez relevante para forjar una identidad que va madurando en un tiempo remilgado. Nuestro cuerpo físico centra toda la atención en los chiquillos que se miran en el espejo para crear una fisonomía retocada por kilos de maquillaje en las mejillas, párpados, contornos labiales. También el pelo sufre cambios drásticos: montones de brillantina, tupés, planchados, alisados y permanentes tienen mucha importancia en una etapa en la que el mundo es jovial y desatendido de obligaciones de imperante cumplimiento.

Vestidos provocativos, estrechos, ceñidos al cuerpo, que causan una necesidad febril a despertar deseos vehementes. Algunos más holgados, pero con una pizca de sensualidad y erotismo disimulado para dibujar esos perímetros oblicuos que marcan la forma de una anatomía realzada por una belleza tierna, pueril, inocentona, nada resentida por los contratiempos de la madurez y los achaques de una vejez ineludibles.

Desengaños amorosos son la cumbre de las preocupaciones en una fase en la que experimentamos nuestro cuerpo como un instrumento de atracción recíproca. La inclinación sexual y los roces y acercamientos afectuosos con el prójimo más accesible nos despiertan aquel jugo de goce en nuestras células, que aún con el decurso de los años, recordamos como una hazaña sagaz y nada pecaminosa.

En esa adolescencia que aparece repentina con cambios hormonales que determinan nuestras relaciones interpersonales, nos acercamos a un terreno repleto de peligrosidad. Jugamos a ser los galardones de una tarima en la que desfilan muchos estilistas de moda, personalidades que, como figurines pintados de hojas de hojaldre, podemos desmelenar nuestro encanto portentoso, pero también desmenuzarnos y flagelarnos cuando el encuentro con el prójimo no es correspondido.

La frustración, siempre efímera, marca una trayectoria que nos arrastra como el flujo del agua en una corriente desbordada hacia un estado exasperado en el que a veces podemos visualizar nuestro cuerpo como un armazón, que ya ha perdido el sentido de conservar la brecha del deseo.

Nos amarramos a amores que no acaban de calar dentro de un charco, concentrado de litros de besos proyectados por una pasión desenfrenada. Creemos que el amor se basa en la guapura de un envoltorio físico que luce piezas de ropa con un objetivo de seducción sugerente.

En esa adolescencia ficticia, la realidad no importa. El asentamiento de unas bases en las que la fidelidad, la nobleza y la solidaridad tengan cabida están prácticamente en desuso. No hay un planteamiento de formar un clan familiar atado por lazos enredados en una red tejida por el amor incondicional, nada postizo, nada adulterado.

Somos peces que buceamos en un mar en el que nos dejamos llevar por la presión del agua, descubriendo formas de vida de criaturas que posan galanteadas, diseñadas para prendar, para fascinar, para embelesar y hacer que todos los sentidos se derritan con un amor que no se concibe como un haz de luz pasajero, transitorio, que va a vencer en cualquier momento.

Son años en los que ignoramos a nuestros maestros mentores y viajamos a bordo de un barco que nos arrastrará hacia una isla desierta y es allí, cuando empezaremos a sobrevivir, como náufragos sin rumbo, hacia diferentes sucesivos planos, valiéndonos de nuestra propia inmadurez para encontrar aquellos frutos que nos vayan alimentando paso a paso hasta llegar a descubrir el verdadero sentido del desarrollo, cuyas escasas posesiones nos conduzcan hacia la delineación de nuestro estado existencial.



domingo, 16 de febrero de 2020

ABEL Y CAÍN


 



ABEL Y CAIN

En la villa de la Seu d’Urgell, dos hermanos nacen con el mismo cordón umbilical. Un cordón que los ata, los une de por vida a tener en enlace parental imposible de quebrantar. La unión entre este par de chiquillos que reciben patrones educacionales bajo la misma índole doctrinal no coincide en atributos de carácter.

Albert es un muchachillo tímido, retraído, prudente, con un talante distinguido, ya que de su boca al hablar emanan palabras que tienen consonancia y elocuencia, también lógica y sentido común. Es delgadito, algo pecoso, de altura mediana, cabellos de un tono castaño almendrado y un flequillo muy bien igualado, que le cubre todo el manto de una frente aplanada.

Samuel es de complexión regordeta, con mejillas musculadas, labios finísimos, como dibujados con bisturí, venas que dejan entrever la sangre que fluye como un manantial caudaloso de un tono azulado, que se refleja en su mentón sobresalido. Anda algo inseguro, como si se tambaleara, como si no percibiera la noción del tiempo y fuese incapaz de encontrar su lugar en el seno en el que nació.

La disparidad en cada rasgo que los describe es realmente manifiesta. Albert es todo eterismo; pura generosidad, algo picarón, hazañoso y discordante, pero leal y tupido bajo unas intenciones que no dejan esconder malevolencia. Cada vez que discute con su hermano se manifiesta con pellizcos en el antebrazo y alguna que otra mordedura. A veces patalea en señal de reivindicación ante aquella situación para él amenazante. Lo que sí está claro es que la traición no se encuentra engendrada en su memoria genética.

Samuel resalta con indicios de extrema deslealtad. Finge ser sumiso, inocente, bonachón, un ser que despega centellas de honestidad y honradez, incapaz de verter gotas de hiel a través de las palabras pronunciadas. Tiende al victimismo cuando el acoso asoma sus puertas y la madre de ambos se queda ambivalente ante el dilema de conocer quién ha sido el precursor de alguna artimaña.

Diana tiene predilección por Samuel. Sin ser un hijo primogénito, su inclinación a defenderlo y sobreprotegerlo frente a las riñas y las represiones que Albert deja a veces emitir no varía. Es injusta en su veredicto. Es totalmente cierto que nunca procura averiguar cual de los dos muchachos ha comenzado con una discusión exasperante ni pretende molestarse en ser juiciosa y parcial, cuando el arrebato de palabras despectivas está en pleno auge. La tendencia de la madre es amonestar al supuesto hijo más benévolo, que juega un papel concordante frente a la colección de sucesos de naturaleza displicente.

Muchas veces el odio los corrompe como la profundidad de un mar que arrima el oleaje hacia la orilla, violento y tenaz, sin ánimo de claudicar ni de serenar esa corriente de furia implacable, como un torbellino abierto, que va rotando sin poder cesar del intrépido movimiento ejecutado.

A veces se sacarían los ojos. Samuel provoca una contienda que parece interminable a partir de injurias venenosas, con palabras y sacudidas de manos que dañan la inocencia de Albert. Las frases “eres un hermano repulsivo” “eres pura escoria” “las lombrices deberían comerte vivo” “deberías consumirte en un vertedero, volcado hacia las profundidades de un abismo” “ojalá murieses pronto” son algunos recursos verbales que Samuel no cesa de expresar. El odio, tan dominante, como las llamaradas de un fuego que se desparrama y va calando a lo largo de los matorrales sin ceso, ya no tiene remedio ni rectificación.

Ahora que ambos han cumplido los cincuenta, Samuel solo se acerca a su madre para pedirle dinero cuando se encuentra en situación de paro laboral. La madre, aunque los años la hayan atizado por un desgaste físico y hayan suavizado el temperamento dinamizado por una juventud magistral, sigue complaciendo las súplicas de un hombre egotista, que solo piensa en amasar dinero y despilfarrarlo en vicios mundanos. Un hombre que sabe como beneficiarse a costa de una madre que lo ha tenido satisfecho a lo largo de la niñez y nunca ha sabido poner freno a las conductas abusivas e infernales.

Albert vive su vida enajenado de la familia biológica que lo crió. A veces tiene contacto con su madre por teléfono; intercambian algunas palabras protocolarias, que no tienen ninguna insignia de cariño, pero es incapaz de comunicarse con Samuel.

Los acosos tormentosos de una infancia apesadumbrada por la soledad; el soportar constante de un hermano pérfido y prodigiosamente sagaz a la hora de conseguir los propósitos más egocéntricos, han dejado una huella en el alma de Albert que ya no podrá ser lustrada ni mucho menos revertida.

Como la historia de Abel y Caín, Samuel y Albert son dos hermanos contrapuestos que se repelen y, a través de un mutismo irreversible, llegan a vivir sus vidas de manera ajena, como si una de las partes hubiese padecido una muerte súbita, gracias a un odio desgarrador que ya ha asesinado la llama latente del afecto y la ternura.


VOLVER A EMPEZAR


 



VOLVER A EMPEZAR

Bebo el agua de un arroyo que depura todo rastro de un paso enfervorecido de experiencias degradadas de felicidad. Me enjuago la boca con un jabón que es capaz de encapsular con sus burbujas cualquier germen, que ha consumido mi voz, acallada, vendada, sometida a tantas bárbaras promesas torturantes. Me limpio el cuerpo con un gel de baño, que parece un brebaje elaborado por un maestro brujo que hace el efecto de cicatrizar cualquier cardenal que había sufrido por tantas caídas no accidentales, provocadas por zagales verdugos que jugaban a ser los héroes de la velada.

Mi cuerpo parece insonoro. Los músculos, como cuerdas musicales que tienen la particularidad de moverse de manera flexible, parece que han quedado oxidados por tantas noches de vigilia, entre la ensoñación y el despertar repentino, en el que pesadillas precedentes habían acompañado un sueño martirizante y nada reposador.

Me arrodillo de espaldas al sol, mientras veo las gaviotas en el mar susurrando con las onomatopeyas que dejan entonar un plumaje danzarín, que se somete al ritmo de la brisa marina, como un bailoteo que va y viene sin ánimo de interrumpir la actuación de gala de unas maestras veteranas.

Me pregunto cuantas veces no habré querido volar como las aves, sin ningún preámbulo, sin ninguna barrera restringida, sin ninguna norma impuesta por unas leyes burocráticas de exhortado cumplimiento.

En mis sueños infantiles siempre volaba cruzando puentes levadizos y levantaba muros de defensa; aquellas trincheras que no me atrevía a fortalecer contra los enemigos más predispuestos a ametrallarme con jugarretas improcedentes, que atentaban mi preciada dignidad.

Recuerdo que nunca desembocaba frente a un vacío que provocase en mi corazón un vuelco rotundo y giratorio; una especie de mareo por el empuje de una ingravidez que peleaba por verme estrellar en el pavimento más recóndito. Siempre había considerado que aquellas llamadas oníricas de alerta eran un símbolo de libertad que quería degustar. Nunca pensé que mi vida sería un molino de viento que rotaría a 360 grados sin dejar ningún rastro de mi existencia por una vida, en el fondo, inagotable.

Cada día era un suplicio, una forma de verme como un ser andrajoso, horripilante, tan sucio y execrable como una fiera indómita, que ya no se presta al amaestramiento necesario para brincar de forma pacífica ante los prados y las colinas circundantes, sin necesidad de depredar por puro placer.

El aquí y el ahora, no obstante, están produciendo un resultado que casi me hace enardecer de alegría. Los sueños, compañeros fieles que me  acompañaron en el desarrollo y crecimiento infantil, han derruido una fortaleza amurallada y han permitido despejar la nebulosidad, padecida por una ciega capacidad a poder desprenderme de aquellas reminiscencias remotas, tan peliagudas y atormentadoras por una infancia rematadamente apagada de festividad y luces joviales.

Ahora estoy en apariencia ante un casillero muerto. Parece que la rueda de la vida adopta un giro de inercia que no tiene el poderío de innovar ni impresionar mis quehaceres cotidianos con nuevas formas de percibir mi mundo privado.

 Es solo una apariencia, ya que el ahora es aquella tabla de surfea por un mar lleno de agua atolondrada, pero que a la vez purifica recuerdos putrefactos, de anécdotas que forjaron una tela de hilos pendidos en un techo que no tenia sostenibilidad.

En el aquí, puedo ver las marismas, caminando cerca de una playa y las cordilleras en lo alto de una aldea perdida y cualquier paisaje me parece un punto de partida imprescindible para desenredar los cabos que no permitían antes el amarre con la superficie de la tierra. Ese caminar espontáneo por diferentes espacios abiertos, lugares exóticos, esferas terrestres vírgenes de mares agitados y montañas apaciguadas que, por fin, seguro me trasladarán hacia un teatro realístico, que ya no acepta falacias ni presuntas actuaciones vejatorias.

Cada día recobra un sentido que tiene veracidad, aunque pequeñas manchas de un alma chamuscada por un sufrimiento lejano intenten atisbar su asomo indiscreto. En este momento, me siento más anclada en un mundo que me ofrece una pirámide llena de eslabones que me permito subir con fuerza hasta llegar al pináculo, alumbrado por un sol rollizo, que ya solo focaliza un remanso de paz y una jubilosa armonía.



EL PRECIO DE LA FAMA





EL PRECIO DE LA FAMA

Peinados extravagantes y sofisticados lucen las cabezas de muchas célebres estrellas del mundo del espectáculo. Alfombras rojas de seda anclan vestidos aterciopelados de un rojo amoratado y un violáceo que no pasan inadvertidos. La mayoría de personajes que tienen un renombre, que ha causado un impacto mediático en las miradas de los televidentes, ya no pueden camuflar con discreción el reconocimiento público. Por mucho que se lo propongan y se empecinen en no estar respaldados por los medios de comunicación, la realidad es antagónica al anonimato.

Irina lo sabe ciertamente. Empezó su carrera de amateur en el teatro de un centro cívico del barrio de la Prosperitat. Allí podía dejar aflorar su talento innato, interpretando papeles dramáticos que alternaba con actuaciones en las que la capacidad de improvisación frente al escenario era implícitamente obligatoria.

Los improshows eran sus escenas favoritas porque en aquella secuencia de actos sucedidos, se sentía dueña de una plataforma en la que corría, andaba, se agachaba, se retorcía, utilizaba los gestos no verbales con mucha frecuencia para generar una comunicación subliminalmente entendible y notoria. Sumergida en sus papeles, veía una puerta que podría conducirla hacia la consagración de una fama empoderada, que nunca jamás dejaría desperdiciar.

Anuncios publicitarios, después de haber pasado varios cástings, la enmarcaron frente a una pantalla muda pero tertuliana a la par. La televisión promete, atrae, incita a las mentes devoradoras de un mundo de glamur a poder encarrilar la trayectoria de un artista hacia el éxito más rematado. Es un canal que te inmiscuye a continuar progresando hacia el zenit de una popularidad que no va a ser, en un principio, subestimada.

Irina tenía veinte años cuando empezó a desfilar por las pasarelas como modelo. Aparecía en magazines de tarde como “El Club” “La Columna” y “Divendres”, en los que diseñadores de moda intentaban presentar la colección de trajes en la temporada entrante de una primavera florida. En la televisión pública era más fácil darse a conocer, ya que el ranking de expectación superaba la media ponderada en una proporción siempre ascendente.
Desafortunadamente, la sensación de heroísmo, de casi enorgullecimiento personal por la resonante vibración que producen los vitoreos, los encomios más denotados de euforia y furor, tienen su contrapartida. La muchacha intentaba no mezclar su vida personal con la vida profesional que promovía en su espacio de desfile. 

Las revistas del corazón acaparaban con mensajes que  menospreciaban y desmerecerían aquella fama que Irina ya había ensalzado. El estrellato tiene aquellos condicionantes que pueden malograr el bienestar de cualquier persona que se presta a realizar servicios que van a ser contemplados por la sociedad civil, siempre abierta a las críticas subversivas y perniciosas para una seguridad íntegra en la vida de las personalidades triunfadoras.

Irina se balanceaba entre la competitividad del mercado estilístico y la demanda de modelos que también pretendían resplandecer de etiqueta clamorosa. El elitismo siempre tiene un arma de doble filo: el poder y la derrota. Irina, después de tres años, empieza a conocer el declive más entristecedor.
Las revistas publicaron imágenes inéditas, que traspasaban el muro de la privacidad y  mostraban un escándalo morboso, que recaía en los lectores al contemplar el cuerpo desnudo de la muchacha.

Irina se batió  en un pugna por conseguir su libertad robada. Intentó pleitear para interponer una demanda judicial que no llegó a formalizarse. Buscó recursos para volver al ocaso de la tranquilidad, a vivir desprendida de ser señalada, acusada, difamada por los medios de una forma atroz y vil. Su imagen empezaba a ser repudiada. Ella no se reconocía. Se escandalizaba, se incriminaba por haber sido utilizada y manipulada por una fama que ya no tenía retroceso ni deniego.

Aquella vida humilde, campestre, sentada sobre unas bases en las que el despliegue de cámaras intromisivas e impertinentes, que siempre buscan alimentarse del despiste de las celebridades para irrumpir en sus vidas sin ningún pudor, ya no tenía ninguna acogida en Irina.

Estaba sola, enmarañada en una red tejida de sombreados en los que una borrosidad mental y emocional nunca volverían a tener restauración. Ahora solo le quedaba el consuelo de morir lentamente a base de morfina. Sobre dosificarse de estimulantes narcóticos era el único medio de amparo que tenían sus manos endebles e improductivas. Unas manos escuálidas que la indujeron a esnifar drogas más sedativas, que malograron su calidad de vida y la arrastraron hacia una turbulencia de confusiones, decepciones, con el deseo de dejar de tener un mínimo lastre de existencia en el mundo físico.

Su muerte ejemplifica las múltiples bellezas de mujeres y hombres que han perdido la noción de la lucidez y la responsabilidad de velar por la salud, después de haber probado un bocado de fama regalada, ofrecida por doquier, embebida sin control ni medida, simplemente hipnotizados por una atracción fatal que los empuja hacia el fatidismo más reluciente.


miércoles, 12 de febrero de 2020

CÚSPIDES DE NIEVE




CÚSPIDES DE NIEVE

Inviernos espolvoreados por manchas finas de tintura albina que ya no se prestan a desparecer. Picos escarpados, pináculos protuberantes, cordilleras en cadena que serpentean formando hileras heterogéneas, pero compenetradas.

La sierra del Cadí es un lugar de ensueño en el que me puedo dejar embaucar de recreación. Todas las montañas forman aquella inclinación vertical que invita a practicar escalada hasta llegar a la cumbre más alta, en el que un mirador frontal permite, con un diseño panorámico estratosférico, admirar los Pirineos Orientales 

La época hibernal tiene un ocultismo inherente que no asoma la cabeza hasta que no se contempla la esencia de una perspectiva cristalizada. Las aldeas más cercanas a esta cordillera quedan esculpidas por una nieve casi siberiana, procedente de las tierras de la Unión Soviética. También desprenden un aroma a tierra escandinava; a aquellos trineos que los renos, en los memorables episodios navideños, viajan encorsetados dentro de una memoria infantil con Santa Claus, para repartir millones de regalos y encandilar rostros hipnotizados por una incertidumbre placentera.

Los picos más altos de la Sierra del cadí invitan a fotografiar en cliché aquellas puestas de sol que entremezclan tonos anaranjados y amarillentos, fusionados en tonalidades impresionistas, coloreadas con una gracia nada artificiosa.

En casa de mis abuelos maternos puedo contemplar, con un pasamontaña y unas botas de nieve, la altitud en que ésta funda su aposento e ilustra, con su radiante blancura, una distintiva etiqueta que ya jamás podría dirimirse.

A veces visualizo visitar el Cadí, cogiendo una mochila de camping para hacer posada en las vanagloriosas montañas, tan reconocidas en una Catalunya popular. A veces quisiera alcanzar, igual que Kilian Jornet, aquella altura en la que viese ondular en el firmamento el aleteo de aves impasibles ante unas montañas alzadas y rebosantes de regocijo y esplendor. Tanta nieve almacenada, en unos picos descubiertos por vértices protuberantes y tan maravillosamente asimétricos, debería ser abastecida por una niña que desea consolidar su afán más primitivo por aprisionar un escenario tan efervescente de pureza blanquecina.

Desafortunadamente, el sueño no llega a su realización alcanzable y las cúspides de nieve, arremangadas hasta la cabeza piramidal más sobresalida, continúan prescindibles frente a mis anhelos entusiastas y deseosos de consagrar.

Las excursiones a la Sierra del cadí forran en mí un propósito de futuro que de niña esperaba cubrir. Las hectáreas, tan vastas e inacabables en recorrido, querría que fuesen un incentivo, un lugar de visita alistado en mi agenda semanal de senderismo en diferentes territorios comarcales de la Catalunya autonómica.

La nieve tan dispar, tan impredecible, tan invasora y a la vez apacible, gratificadora y escultural, no puede dejar de embelesar mis neuronas receptivas y focalizadas ante la majestuosidad de una naturaleza estacional poblada de fenómenos meteorológicos divinos, pictóricos, dignos de enmarque y de congelación recomendables y merecedores.

El cadí, no visitado por mí desde hace veinte años, habrá transformado su aspecto glacial. El invierno nevado tendrá probablemente otros reflejos cromáticos, que deslumbraran la retina ocular al proyectarla hacia los picos infinitos de unas montañas enamoradas y cautivadas por la sucesión de copos caídos, desde las inmensidades de un cielo ensombrecido de luces grisáceas. Aún así, mi deseo ferviente persiste y muy prontamente quisiera galardonar esa sierra con fotografías, que no se vieran tentadas hacia el olvido más insensible.





SONRISAS Y LÁGRIMAS


 



SONRISAS Y LÁGRIMAS

Semblantes agrios se prestan a mostrar su más rotundo enfado. Bebés que se enfurruñan, patalean, gimen con una apasionada fuerza que hace retintinear el recinto que ocupan. Seres angelicales, con rostros indefinidos, turbados por una inocencia entonada, intentan buscar un aposento para hacerse dueños de su integridad recién estrenada.

Niños que nacen en el seno materno con esbozos de alegría que no se desgasta con el paso del tiempo; permanecen sonrosados, rebozados por una faz procedente de un paraíso bullente de pócimas mágicas, fenómenos todopoderosos que los absuelven ante cualquier ínfimo delito moral.

A lo largo de su desarrollo, pueden ser amparados por una educación que los armará de valor para comerse el mundo de un solo bocado; podrán abrazar los eventos prósperos y adversos sin sentir la huella del fracaso pisar en sus talones agrietados; podrán repasar con meticulosidad cada día vivido sin represalias, sin increpaciones ni remordimientos, más allá del sentimiento social tan impuesto por una culpa pesante y casi enfermiza.

Otros bebés, en el fondo, aprenderán a sorber cada gota de tristeza en un corazón malherido y chamuscado por un cremor rabioso, exacerbado, que peca todos los días convirtiéndose en el héroe de la velada afrontada. Madres y padres no sabrán encauzarlos hacia la fuente de la sabiduría, hacia los principios básicos de un bienestar integral; unas pautas y dogmas en los que la ética más obedecida pueda gestar frutos de confianza y seguridad.

Tantas noches y días buscando un sonreír, tramando deseos sellados dentro de una imaginación voraz para poderlos poner en escena sin privación ni truncamientos. La infancia busca la felicidad en el alma menos adulterada por los trajines de una vida alocada, siempre cronometrada bajo un ritmo temporal enloquecido y contumaz. Los niños juegan a ser divas de un escenario para ellos todavía inalterado por la adultez y las miserias que arrastran dolor y penalidades.

Creen en el poder esotérico de un universo que para los infantes está en proceso de reconstrucción. En sus mentes infantiles, sus deseos esconden cuentos, fábulas, cómics, todo un sinfín de ilustraciones, viñetas, bocados de palabras que exclaman un impacto sorpresa que quedará precintado en unas almas imborrables.

Las noches de fábula acaban cesando su existencia cuando la madurez alcanza su álgido despertar. Como personas adiestradas, curtidas y marcadas por cicatrices de contratiempos no desechados, perdemos la candidez de esa magia enjaulada en nuestra memoria, adquirida y guardada como un amuleto afortunado, que engendra prosperidad y buenaventura.

El paso de la edad nos aleja de aquella primera sonrisa perfilada en la comisura de unos labios carnosos, enrojecidos, casi ovalados por un movimiento de cierre y apertura simultáneos. Nos hace olvidar que somos entidades que nacemos con un bagaje tatuado en nuestros genes, pero a la vez somos individuos que podemos cultivar y fortalecernos de una alegría de debería prender fuego en nuestros cuerpos y formar una hoguera en el alma, tan mustia por las cargas y los infortunios que se afrontan sin poder ser despojados.

En el ahora tenemos siempre una rendija abierta hacia nuevos caminos llenos de vanguardia y estabilidad emocional. Necesitamos encontrar el acertijo que nos inspire a inundarnos de goce por una vida, que nos ha llegado de milagro, y encontrar la panacea para liberarnos de tantas noches en vela, tantos llantos desparramados entre sábanas y pañuelos empapados, tantos apenamientos y tanta congoja comprimida y poder transmutarlos en pura gracia y concordia.

En el fondo la tragedia y la comedia están insertadas en el mismo poro. La comedia está marcada por la virtud de poder sonreír ante una parodia teatral que nos hace vibrar en las butacas de un salón de actos y la tristeza, por un acto dramático que nos derrumba, nos vuelca hacia la deriva y nos convierte en náufragos supervivientes ante un destino siniestral.

En ese caos matizado por llantos y risas, la serenidad debería tener un protagonismo imperioso para mantener la mente fría y calculadora y poder emprender, con un espíritu resolutivo, la senda que nos embarque hacia esa felicidad quimérica, formada por luces y sombras que van condecorando escenarios paralelos que circulan en una concordancia bien pactada y avenida.




lunes, 10 de febrero de 2020

LAS ESPINAS DE LAS ROSAS


 




LAS ESPINAS DE LAS ROSAS

La noche contiene un embrujo que expone a las almas en vigilia a abandonar la conciliación de un sueño reparador. Locales nocturnos sirven deliciosos cócteles a los clientes mientras éstos se estremecen de disfrute viendo en las pasarelas artistas que muestran su cuerpo desnudo y flácido. Luces sicodélicas y fosforitas provocan un efecto cegador que no pasa desapercibido. Elizabeth lo sabe. Ella ha trabajado durante quince años como dama de compañía en un burdel cerca de la zona del Raval.

Una niñez turbulenta y una adolescencia arremolinada de surcos que no consentían una estabilidad familiar, la impulsaron a abandonar el hogar a los diecisiete años. Desde aquel entonces, en la época en la que la dictadura estaba en pleno apogeo, se veía con ojos inquisidores que alguien de complexión femenina tuviera que ganarse el pan, exponiendo su intimidad frente a espectadores ávidos por descubrir la apetencia lasciva, usando como medio el contacto visual.

Ella retraída, acomplejada y desesperada por una situación personal calamitosa, charlaba con cuarentones y en dinero negro, con la ayuda de un mánager guardaespaldas que la contrataba de manera ilegal a horas convenidas, podía sustentar a cuatro hijos huérfanos de padre.

El marido la maltrataba y gozaba obligándola a tomar roce con las sábanas más enrolladas, a una relación enfermiza y contagiada por un abuso a la intimidad y la honra. Ella mascullaba palabras de odio, de ira incendiada, de repudio hacia un marido que le imponía el deber de procrear, ajeno a la voluntad de una mujer que no se veía capaz de afrontar el instinto maternal ni educar a zagales en pleno desarrollo y crecimiento.

Los gritos de medianoche no soplaban un estruendo masivo de fonemas; las palabras no podían articularse ni pronunciarse. Cada noche espeluznante tenia un color de mercromina, demacrado, amoratado por acosos que ya no podían denunciarse.

Una época dictatorial y patriarcal era la raíz hegemónica que no permitía a las mujeres imponer su criterio en una sociedad descompensada en igualdad de derechos y condiciones.

 Elizabeth muchos días huía. Intentaba hablar con primas que vivían cerca del Raval. Allí, mientras el cónyuge trabajaba como asesor financiero en una sucursal del banco popular, ella se explayaba y desconectaba con mujercitas que llevaban de carabina a las madres o alguna figura de autoridad superior.

Después de replantearse la opción de una separación informal, su marido enfermó y murió de tuberculosis. Ella parecía sulfurar de júbilo; una alegría incontenible brotaba por unas arterias que parecía tenía disecadas, casi gélidas.   

La situación económica presentaba una precariedad que debía afrontar prontamente. Su prima Aurora le hablo de un local cerca de la Paloma que podía visitar. Aurora conocía el gerente y muy pronto, después de una entrevista rápida, le ofrecería un empleo no declarado, en el que debería tratar de contentar y saciar las peticiones de clientes sedientos por consumar un deseo carnal.

Allí comenzó el mayor de los altercados. Ella ya tenía cuatro retoños que mantener. Pedir limosna, viajar en el metro cantando, bailando o posando en las Ramblas como una maniquí, sin rostro ni figura no la convencían ni la ayudaban a recaudar unas monedas extra, para suplir las carencias tan febriles de una familia fragmentada.

Los clientes asomaban el olfato para poder intercambiar placeres superficiales, aunque ella casi siempre se encontraba con hombres que vivían en míseras circunstancias. Viudos, solterones empedernidos, casados adúlteros, mujeriegos consagrados, degenerados sexuales entraban en hilera mientras veían cómo Elizabeth con un sujetador de lentejuelas y un tanga, bailaba colgada de una barra metálica en un estrado circular. Muchos billetes eran depositados a lo largo de las actuaciones de la noche. 

Ella sufría en silencio. Sentía su corazón desacompasado, marcado por un latir que ya no se prestaba rítmico, sintonizado ante el mundo que pisaba.

La mayoría de los caballeros la solicitaban para poder desahogarse y arrojar con palabras de apenamiento una vida llena de fisuras, grietas y perforaciones no rebozadas de satisfacción. Otros para proceder a la cópula mecanizada y ejecutada con frivolidad.

Cuando tomaba contacto con la almohada, Elizabeth era un bálsamo de confesiones clandestinas que ella utilizaba para golpear su terrible descontento frente a un mundo peleón y sangrante que no defendía bajo ningún concepto.

El sigilo la acogía y escuchaba como algún hombre había querido insinuarle una relación de noviazgo. Ella siempre negaba la posibilidad de un nuevo hallazgo sentimental. El romanticismo y el amor platónico habían quedado volcados en un terreno barrancoso irrevocable.  Tantos años de entierro en un hogar muy comparable a una tumba llena de tinieblas embalsamadas, escarmentaron a la muchacha y la endurecieron, no permitiendo nuevas esencias florales, de aromas fragantes, cosechados por relaciones respetuosas, complacientes y fidedignas.





MI CIUDAD NATAL


 



MI CIUDAD NATAL

Palomas acuden como mensajeras. Posan en mi hombro infantil mientras gránulos de arroz se dejan esparcir en un suelo adoquinado. ¡Que divino tesoro! En la plaza de Cataluña hago un recorrido por la circunferencia que engloba unas aves avezadas en una ciudad barcelonesa, que no se sienten temerosas ante niños desvergonzados como yo, que, con un suspiro impetuoso, pretenden rebozar su ahínco a interactuar con unas plumas singulares, domesticadas y adaptadas al medio natural de desplazamiento.

¡Que recuerdos tan dignificados! La magia y el encanto de una inocencia enarbolada me perseguían en aquellos tiempos en los que Barcelona estaba poblada por emigrantes y autóctonos. En general, clases obreras y algunas zonas como Sarrià, el Eixample, Gracia, y San Martí con un estatus más opulento, adornaban las calles con una mirada de admiración.

Tanta arquitectura comprimida; retratos, pinturas, esculturas, estatuas y majestuosos monumentos guarecían y alardeaban su belleza paisajística peculiar e inimitable.

A veces rebobino mentalmente los paseos vespertinos por el Parque Güell, la Ciutadella, el parque de la Guineueta y parques de atracciones como el Tibidabo y Montjuic y un valle de melancolía recorre un escalofrío en mi cuerpo tibio y templado. Me siento aclimatada e integrada en una capital en la que las conexiones metropolitanas tienen un auge imparable, un trajín irrefrenable de pasos frenéticos que no llegan a consumar sus propósitos. En otras ocasiones, transeúntes caminan aletargados sin poder saborear los placeres más elementales de una ciudad cosmopolita. Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos se sienten apremiados por la carga de un tiempo atolondrado, que no se apiada de las almas que tienen que cumplir con deberes urgentes, que no admiten retardo.

Observo la muchedumbre cómo se comporta en silencio mientras avanza en su caminar ignorante de los detalles que recuadran una ciudad que no merece despilfarro. Una ciudad apabullada por un tráfico ajetreado, que excede con creces la media estadística dejando destapar burbujas de humo a través de los conductos de escape.

La polución es un fenómeno que inspiramos sin rechistar, ya que la humareda, los ácaros del polvo y una atmósfera congestionada por vehículos, que consumen gasolina con arranques y frenados tapiados de brusquedad y torpeza, son inevitables.

La buena fortuna se encuentra en la periferia de Barcelona. Barrios como el Besós,  Trinidad Nueva o Ciudad Meridiana, tienen mayores riquezas que se aventajan por un rodeo embellecedor repleto de relieve montañoso. La zona de Collserola, poblada de árboles longevos que se jactan de su altura y robustez imponentes dejan absorber todo rastro de carga contaminante y su verdor, tan impoluto y resaltante, adornan como un cercado bien circunvalado, los barrios contiguos de una Barcelona kilométrica.

Con ojos humedecidos de gotas lloronas, me acuerdo de las tardes en las que me acercaba a un merendero de la esplanada del Campo de la Virgen, mientras me dejaba fundir de goce por una merienda suculenta contenida de un cacao amargo y sabroso. Durante el manjar, intercambiaba risas y tomas de contacto con los vecinos más próximos a mi zona de residencia y, entre juegos infantiles, nos acuchábamos formando corros bien constituidos y  organizábamos  juegos de media tarde para que tuviesen un atractivo estelar.

¡Cuantos años han transcurrido en una infancia que parecía elástica, extensible en un tiempo imperecedero e inmortal! Ahora en cambio estos recuerdos repueblan una memoria antigua, aunque a la vez reciente porque la reincidencia en mi imaginación no se puede volatizar. La lividez, en cambio, por el trascurso de años posteriores parece casi ineludible. Gotas de lluvia han calado un paraíso perdido, arrastrado por tempestades huracanadas, vientos arrolladores y corrientes que parece hayan empujado la jarana más ingenua y enternecedora de una infancia básicamente feliz

Mis ojos se retraen y homenajean una Ciudad que ha dejado imprentas en mis entrañas, ya indelebles. Los acontecimientos vividos son y serán valiosos diamantes, que, en mi cascarón mental, tendrán siempre arropo y un resguardo que jamás quebrará, a pesar del avance inevitable de un tiempo caprichoso y siempre mutable.





UN ANHELO SUICIDA


 




UN ANHELO SUICIDA


–¿Qué haces aquí?

Una voz despedazada, que resquebraja las paredes rocosas y escarpadas de un mudo acantilado, se estrella contra el eco ingrávido de un espacio inamovible.

 –¿Me oyes? Te pregunto qué estás haciendo aquí.

 –No lo sé –respondo tímidamente ante una inconsciencia empecinada a hacer rebrotar la semilla de la verdad; una verdad emponzoñada que no late; no vibra al compás de la brisa matutina, que salpica una corriente de aire enfurecida y provoca un retumbo en los sentidos con su insolente vaivén.

 –Dios mío, ¿qué hago aquí? 

La insistencia casi lastima. La voz flaquea y se desmenuza por el temblor arrollador al ver un vacío temerario.

Una abalanza de sombras entretejidas por una penumbra que arremete, aparecen danzarinas frente a unas pupilas que miran exhaustas y vencidas ante el portentoso dolor.
Me apeo en el borde y veo una silueta oscura que, con su mantilla, pretende impelerme hacia un estado ensoñado.

–Muerte, ¿eres tú? No te quedes taciturna. Tantos años envuelta de amores extraños que me acogían y rechazaban, que me abrigaban y despojaban, que me arrojaban a un vertido de soledad que nunca amainaba…

La muerte me invita a complacerla:
 
–¡No, todavía, no! –grito.

 Miro hacia abajo con desdén y dejo que el viento cristalice la opacidad de los recuerdos y el sol fulgure las turbias ideas, mientras se desparrama el rocío lacrimoso en desconsuelo que arrastra memorias agridulces, vela imágenes, teñidas de un beige mustio, y amordaza palabras atenazadoras y ultrajantes.

Y la emborronada ceguera pregunta:

 –¿Mi libertad? ¿Es este abrumador silencio?

Una mueca burlona, que queda estampada ante el abismo que pretendía mofarse de mi fragilidad, ahora por fin convertida en una lacra del pasado, cuyo lecho, lleno de espinas encrespadas, se desintegra junto a un vilo nauseabundo.

–Quizás…

 










DESPUÉS DE HOY

  DESPUÉS DE HOY Consciencia desnuda; habitación en duelo; recuerdos de anhelo, lenguaje de locura. Verborrea sin nombre viaja en el tiempo ...