domingo, 17 de mayo de 2026

EL FRESCOR DEL AGUA




EL FRESCOR DEL AGUA 


Ando hacia un río

descalza y sedienta;

mi empeine se alza,

mi cara reluce

serena y contenta.


Visitas a poblados

hermosura irradian;

animales selváticos

su gallardía contagian.


Mi alma se enciende,

arde en mi corazón una espita,

retorno a mi infancia:

una experiencia infinita.


De niña, los prados alumbraba,

la lluvia me bendecía

canciones lejanas entonaba;

en la alcoba 

los sueños me embebía.


Mis poros regados

por un arroyo caudaloso;

mi cabeza asoma

y un espejo refleja

mi semblante jovial,

mi cuerpo rollizo,

el espíritu que colorea

un agua cristalina,

de tintura malva, 

con un soberbio reflejo cobrizo. 





TIERRA LEJANA

 



TIERRA LEJANA


Noches de penumbra,

corazones latentes,

lagos abiertos,

recuerdos hirientes.


Mi rostro camuflado

va y viene entre el ensueño;

un viaje eterno

sin destino trazado.


Ojos atisban destellos;

reflejos se proyectan,

imágenes sombrías

a mi mente retornan.


No atino a encontrar

allegados de sangre;

peligros quiero enterrar,

mas las agallas se congelan

ante un augurador despertar.


El sueño flota,

mi cuerpo levita;

 un éter desentendido,

mudo se presenta

 y mis sentidos atonta.


Caras familiares,

en lugares recónditos,

perecen en el trasfondo

de vientos 

que soplan indómitos.


Consciente pretendo estar,

mas los recuerdos se alejan;

mi viaje emprendido

fallece rendido

ante mis pies plomizos.


En el futuro me poso,

en golondrina me convierto;

una ida y vuelta peregrina,

un aleteo hacia el cielo

sin hallar alivio,

placidez ni consuelo.


La frontera de los años

yace entre mis brazos;

tentáculos rompen despiadados

efusivos besos, cálidos abrazos,

la suavidad de una piel llorona,

replegada, sin destino,

en mi más íntimo regazo.







sábado, 16 de mayo de 2026

REGRESO A LA MORADA




REGRESO A LA MORADA 


La enfermera que lo curaba veía que los ojos de Tim estaban desvanecidos, casi abstraídos, aislados dentro de un contexto firme, palpable, que no lo invitaba a continuar expresándose. Bien al contrario, casi le suplicaba que se tranquilizara porque él y su esposa estaban casi inmunes ante cualquier afección contraída por un funesto accidente. ¿Y Tommy? ¿Cómo estará? ¿Y la mascota? –mascullaba Tim una y otra vez. ¿Hay algún destello de esperanza, algún destello de bengala que pueda estabilizar el dolor tan desgarrador que experimento?

–¡Sss! –respondía la enfermera de guardia. No debe esforzarse a recordar ni confesar todo lo que quiere recuperar o teme haber perdido. Lo importante es que ahora usted y su esposa se repongan de este trance tan desolador.

 Katherine en la habitación contigua era un mar de lágrimas desconsolado, bravo, atropellador. Ella recordaba que su hijo había presagiado un terminar en tragedia. Mientras conducían, el muchachillo reclamaba prudencia cuando los fallos motores del vehículo comenzaban a desentonar del normal funcionamiento.

La enfermera le colocaba un vendaje compresivo a lo largo del cráneo frontal y occipital, ya que varios trompazos durante el vuelco le provocaron el vertido de un sangrado por el desprendimiento de algunos tejidos celulares. Ella lloraba y lloraba. Su grado de consciencia estaba más logrado que el de Tim, ya que era capaz de evocar detalles bastante precisos antes del escabroso accidente. Tommy no paraba de repetir que tenía un presentimiento y nadie escuchó sus súplicas, sus ruegos, los reclamos que hacía persistir para que el padre estacionara en el arcén o en alguna posada cercana, con la intención de que el clima pudiera restablecerse. La enfermera no daba demasiado crédito al relato de Katherine porque consideraba que el shock podía haber provocado una percepción de la realidad más sobresaltada de lo común. Intentaba alentarla diciéndole que su marido también se repondría con eficacia probada. ¿y Tommy? Por Dios, ¿Alguien puede decirme como se encuentra y dónde se lo han llevado? –no paraba de decir.

 –Su hijo ha sido enviado a cuidados intensivos. Presentaba hemorragias severas y contusiones que han ocasionado coagulación en el riego sanguíneo. Un equipo especial lo están observando rigurosamente mientras sigue conectado a una bombona de oxígeno y a un electroencefalograma.

–¿O sea que no podrá despertar por sus propios medios? ¿me está diciendo que está en coma?

–Sí, pero ha tenido la suerte dentro del traumatismo generado, de que hay una esperanza al final del fatigante camino de que una respuesta positiva pueda producirse. Las constantes vitales recorren el cuerpo a una baja frecuencia vibratoria, pero el cerebro parece reactivo ante minúsculos estímulos.

Por lo que respecta a Blackie, había sido extraído del recipiente que lo mantenía atrapado, pero, a pesar de parecer físicamente íntegro, su cuerpo ya no pertenecía al mundo físico. Un túnel lleno de sombras marchitadas había recorrido sin posibilidad de recobramiento. El gato, sin lugar a dudas, se acordaba de cuánto le gustaba trepar, subirse por las ramas hasta alcanzar la copa más alta de los árboles con altitud y, sobre todo, perseguir a los ratones más sagaces y vivarachos. Sin embargo, por otra parte, fuera del tiempo biológico en una vida ya abandonada, se sentía temeroso frente a las presas más frágiles del planeta. Los roedores parecían más bien un atenuante amenazador que no lo dejaban descansar en paz. Todo parecía un sueño que lo arrastraba a revivir escenarios en que él era la víctima más indefensa y raquítica de la tierra.

Tommy, en la unidad de cuidados intensivos, estaba delirando y podía apreciar a Blackie, como si hubiese quedado ensoñado, casi sumido en un delirio improcedente pero verídico y demostrable. El cuerpo del muchachillo era como un frágil espejo en el cual se reflejaba los temores más atenazadores de un felino con el que había establecido una unión inseparable. Él podía ver como Blackie había abandonado la esfera terrenal a la vez que podía sentir la inclinación, dentro de un estado de coma profundo, que deseaba acompañarlo en el viaje hacia las tinieblas de la armonía y la paz más acogedoras.

 –Por el amor de Dios, llamen al cirujano responsable de la posible intervención cerebral. Este muchacho está delirando, seguramente porque sufre ataques epilépticos –aseguraba la enfermera de guardia que lo atendía.

Dos enfermeras más del equipo médico estaban en la habitación de Tommy escoltando al niño, comprobando su pulso cardíaco además de mirar las ondas eléctricas que desfilaban a través del aparato, que tenía conectado con electrodos en un cerebro afectado por un impacto de shock accidental. De inmediato, se dieron cuenta de que la reacción del chiquillo no era la apropiada y estaban atribuyendo los ataques a un posible desajuste coronario que podía arrastrarlo hacia una muerte súbita.

–Tommy, me oyes –preguntaba Blackie desde el limbo con voz nauseabunda –debes despertar porque tu misión en este mundo debe continuar sin mí. Te agradezco todo lo que has hecho. Tú me has dado la fuerza para retar a las presas que ahora, después de traspasar la frontera, se convierten en los predadores más temibles. Tú me has acogido en tu lecho sin preguntarme, sin cuestionarme ni acusarme. Has sido mi amigo incondicional y te pido disculpas por este eterno sueño, en que yo no tenía valor para atacar a los ratones más desquiciados y brutalmente devoradores

–¿Queee me está pasando? Se preguntaba Tommy desde el otro lado de la frontera. Blackie me habla de que todo ha sido imaginario y ha formado parte del proceso de vuelta a la vida. 

De repente, un diálogo muy corto entre ellos determinó la recuperación casi inviable de Tommy:

–Blackie, debes volver, eres mi aliado. Me has dado vigorosidad para estar tendido con vida en esta camilla de hospital tan aborrecedora. No me dejes solo, te lo suplico. Somos compatriotas, vivimos en un mismo condado y compartimos momentos inolvidables.

El silencio volvió a reinar la habitación mientras Tommy hablaba desde un plano totalmente inconsciente. Un eco muy estridente señalaba el encogimiento del gato devorado por el ratón más longevo del distrito de Nueva Maryland, la tierra del ensueño.

Tommy podía visualizar cómo su mascota le cedía el trono para que despertase sin necesidad de una operación urgente. Parecía que había un vínculo que unía el animal con el zagal más valiente y heroico del momento. Los dos, desde una dimensión muy abstracta, llegaron a un consenso para que Tommy pudiera proseguir con su vida antes de querer marcharse de vacaciones a Nueva Maryland.

Dos meses han transcurrido desde que los padres y Tommy fueran ingresados en Toronto. Katherine y Tim se repusieron con facilidad, ya que las lesiones eran leves y no dejaron secuelas en el organismo que pudieran impedir seguir con sus quehaceres cotidianos. Cada día iban al hospital a ver a su hijo en la UCI, muy entristecidos por la muerte de la mascota, Blackie.

Katherine estaba en la habitación recostada en el respaldo de una silla, cuando Tommy con voz casi de ultratumba, como amortecido se despertó y dijo susurrando sin poder ser descifrada la frase pronunciada: “Gracias Blackie, perdóname, te quiero, hasta siempre, tu amigo Tommy”.

Katherine se despertó súbitamente ante la voz desencajada de su hijo y llamó a la enfermera con una alegría renacida, después de un trance que parecía interminable.

Tim estaba en la cafetería y volvió al pabellón con el desayuno que había ido a comprar para él y su mujer. Cuando entró vio a Katherine con los ojos chispeantes y se alegró del rostro esperanzador que emitía.

El médico acudió mientras Tommy se despertaba después de un sueño que podía haberlo conducido hacia una cueva en que la vuelta a la vida fuera un imposible. Sin embargo, Blackie debía morir para que Tommy regresara de nuevo, después de ver cómo intentaban animal y persona ingeniárselas, en diferentes secuencias fragmentadas ante un mismo sueño, como deshacerse de los fantasmas que los aprisionaban y no permitían un reposo y una calidad de vida inmejorable, los majestuosos ratones: una pesadilla proyectada dentro de una mente infantil, poseedora de diferentes alternativas y recursos para poder sobreproteger la vida que, en determinadas circunstancias, estaba quebrada por adversidades con desenlaces irreparables.

En la habitación Tommy abrazó a su madre diciéndole, casi titubeando, que se encontraba en perfectas condiciones y que Blackie estaba bien.

 –¿Cómo dices? –preguntó la madre –pero si ha muerto clínicamente. Los médicos le han hecho pruebas y su corazón ha dejado de latir.

 –lo sé –afirmó Tommy convencido –pero gracias a ese corazón sin vida ha podido concederme el privilegio de volver a empezar a vivir sin miedo, tristeza y desolación. Mi corazón late más que nunca al compás de una vida en la que los adversarios ya no me preocuparán jamás.

–¿Pero que estás diciendo? Katherine estaba alucinando.

–La vida es una rueda y este accidente me ha hecho comprender que a veces los corazones deben separarse temporalmente, para emprender sendas distintas que los conducirán finalmente hacia el mismo destino. Morir efímeramente me ha hecho volver a la tierra con vosotros, mi familia. Ha sido el más preciado regalo, un galardón que ya no merece desperdicio alguno.

Blackie, siempre en la memoria como un talismán bendito. “Gracias por querer vivir y morir a mi lado” –Piensa Tommy sobrio de energía.

 

MEMORIAS EN SOMBRA

 



MEMORIAS EN SOMBRA


Tommy había quedado gravemente herido y probablemente algunas secuelas arrastraría en su vida futura en caso de una milagrosa resurrección.

El traslado fue rápido, a pesar de que la tormenta no menguara. Los helicópteros llevaban los padres a bordo, mientras que los coches sanitarios, dos concretamente, circulaban por carretera. Las sacudidas del vehículo reanimaban al niño, pero en el fondo se trataba de una falsa ilusión. Tommy no podía mover ni una vértebra, ni un músculo, a pesar del ajetreo de un coche avanzando por una calzada escarpada, perforada por huecos y socavada por pedruscos adheridos a una superficie desdibujada, alejada de un aplanamiento y una simetría uniformes.

Blackie estaba en el receptáculo sin poder conectar con el mundo físico. Quizás había abandonado la faz de la tierra, quizás todavía la quedaban resquicios sombreados, que lo retenían a despegar de una órbita material.

Tommy había entrado en un estado de inconsciencia en el cual su mundo desfiguraba cualquier toma de realidad suprema. El cuerpo seguía inamovible, como si lo hubiesen exonerado de un peso horripilante, una carga ardua que lo había ya destituido de cualquier dolencia corporal. Podía tratarse de una falsa impresión, pero los médicos de urgencias, una vez en Toronto, detectaron un pulso ralentizado, un corazón casi gélido con palpitaciones que requerían la intervención de un desfibrilador. El cerebro, todavía, según el médico de plantilla que atendió el caso, estaba expuesto a pequeñas señales electroencefalográficas que no lo hacían abandonar drásticamente un estado de vida.

Los padres estaban en el pabellón de consultas externas, ya que no tenían desgarres, heridas graves ni ningún órgano paralizado por el choque de un vehículo volcado ante un abismo hondeado, imponente, entramado. Ellos relataron todo lo que recordaban antes de un súbito despertar: una lluvia tormentosa, unas ruedas que se desplazaban, despegándose de un suelo revuelto de charcos y litros de agua descendida de unas nubes borrascosas.

Finalmente, también Tim recordaba cómo un automóvil en sentido opuesto se había cruzado con ellos sin ser prácticamente identificado.

 El hombre que manejaba la furgoneta fue enviado a la comisaría local para tomarle declaración de los hechos. A efectos reales, era el único testigo cabal que podía determinar el proceso degenerativo hasta descarrilar y desenlazar un acontecimiento trágico. Estaba nervioso. El comisario podía ver sus ojos fuera de control. Él no quería llegar a conclusiones ni elaborar conjeturas o especulaciones que lo distanciasen de una realidad ordenada, antes de un dramático acontecer. Cabe decir, pero, que el agente estaba intrigado. El hombre que contaba lo que había presenciado dudaba, le temblaba el mentón mientras hablaba y las manos las tenía empañadas de humedad sudorípara. Él solamente podía revelar que una pequeña infracción había denotado a la familia Johnson a recurrir a un precipicio inmerecido, en el que sus vidas podían haber peligrado hasta el punto de generar un homicidio involuntario. ¡Dios! –se repetía el hombre mentalmente. No quiero ser encarcelado, ya que no pretendía asesinar a nadie. Pero ¿Cómo hacer referencia al asunto del alumbrado? Era el cabo perfecto que la policía necesitaba recabar para ser detenido y puesto en prisión preventiva. Una revelación tan consecuente debía ser ocultada, para poder el testimonio quedar absuelto ante cualquier reliquia de culpabilidad frente a un suceso tan enmarañado.

El interrogatorio seguía su curso, mientras el hombre de la furgoneta omitió parte de la verdad más axiomática. Él creía que el matrimonio tarde o temprano recuperaría la memoria al completo y contrapondría los hechos que el conductor procuraba rectificar con esmero, para autoconvencerse de su anhelada inocencia. El miedo le amanillaba antes de que una denuncia fuera interpuesta por la familia Johnson. El agenta daba vueltas por la oficina de comisaria a la vez que dos oficiales escoltaban el diálogo mantenido por ambas partes.

En el hospital, Tim y Katherine, en habitaciones contiguas, estaban siendo desinfectados. Antisépticos y antiinflamatorios les fueron prescritos para alivianarlos de los dolores provocados por la hinchazón en diferentes zonas del organismo. El padre de Tommy sufría pequeños lapsos de amnesia retrógrada. Se esforzaba en hablar y recordar qué los había conducido a estamparse contra un abismo que amenazaba, advertía con testarudez una muerte súbita en caso de ser acudido.

Su mente, desgraciadamente, no podía tener la claridad de pensamiento necesario para proseguir con el relato, que empezaba a contar a la plantilla de médicos que lo procuraban subsanar en el pabellón donde fue trasladado. A medida que hablaba, en cambio, veía una especie de marco, como precintado en un envase de lata en que, frente a un cristal delantero del coche, había perdido el sentido de la orientación por una obscuridad adestradora. Era incapaz de precisar cuántos segundos habían transcurrido desde que los neumáticos se desprendiesen de un pedregoso pavimento y los condujeran a extraviarse hasta ser arrojados frente a un hueco de 600 metros de profundidad. Pequeños atisbos, nociones inciertas ayudaban a Tim a escenificar todo el infortunio, que había desembocado unos resultados nefastos ante una familia que pretendía gozar de una temporada vacacional. Su nerviosismo estaba en pleno auge, pero sobre todo un sentimiento acusatorio lo atizaba con una fuerza abrumadora. Tim era el cabeza del clan familiar, el chófer de un vehículo que podía haberse retractado de una caída hacia un infinito sórdido, inmundo, lleno de factores en los que el riesgo de muerte presentaba garantía en estado afirmativo...

VÍNCULOS EN DISPERSIÓN



VÍNCULOS EN DISPERSIÓN


Los vehículos aéreos acordonaban la zona. Los padres a la vez miraban el cielo lacrimoso, calcinado por unas brumas que denotaban imponencia y una invisibilidad casi incalculable, para divisar la llegada del equipo de refuerzos, que podía llevarlos de regreso a Toronto y ser ingresados en una clínica de cuidados intensivos.

El proceso de espera, no obstante, parecía eternizarse. Los motores de varios helicópteros cada vez más estaban acercándose al núcleo en que los Johnson se habían estrellado y se encontraban en un estado de salud denigrante, entorpecedor. La tempestad, por su lado, se oponía a que los pilotos aéreos pudieran acertar con el lugar exacto en el que Katherine y Tim, después de un despertar agitado y repentino, alzaran las manos reclamando ser divisados con facilidad. Estaban completamente empapados por una lluvia que se acompañaba de un granito compacto, condensado, que sacudía con golpes cualquier superficie en el que el choque pudiese acontecer. Después de que ya casi daban por perdido el rescate, el matrimonio se percató de unas luces que iban emergiendo con intermitencia y casi deslumbraban la mirada de los Johnson marchita, perdida, sin esperanza ni consuelo alguno. La climatología, tan estremecedora, no permitía que la familia viera el descenso de los helicópteros con demasiada claridad, aunque oían el retumbamiento de un sonido que podía detectar la zona de estacionamiento que la pareja ocupaba. Tres coches de rescate aterrizaron en la zona de aprisionamiento de los Johnson.

–¡Aquí, aquí! Gritaba Katherine sollozando, pero en realidad no hacía falta su voz ser identificada, ya que los agentes habían monitorizado el área que cubría el despeñadero y, gracias a los radares, sabían cuál era el punto concreto que los mantenía sin ser salvados eficientemente. El alumbrado de los helicópteros hacía parpadeos con la intención de dar respuesta de que ya habían visto la profundidad del desfiladero que mantenía a las víctimas en vilo permanente. A pesar del viento tormentoso, casi invasivo y acaparador y unas precipitaciones descaradas, impertinentes, que denotaban indiscreción, enojo y exacerbación, los conductores pilotos por fin aterrizaron en la zona que los Johnson habían quedado cercados, ante cualquier posibilidad de escapatoria.

Fueron rescatados uno por uno hasta ser puestos en libertad después de un atrapamiento, en primera instancia, inevitable. Blackie seguía dormido. El agente quiso dar con el hospital central de Toronto para que el chiquillo y mascota fueran trasladados. Tommy salió del helicóptero, como un vagabundo sin asilo, merodeando, deambulando en un espacio abierto que no le provocaba familiaridad. Una camilla fue tendida delicadamente.

Arriba, en la calzada, la ambulancia los esperaba para ser expuestos y regresados hacia la unidad de cuidados intensivos. Katherine y Tim estaban débiles, pero no presentaban síntomas de rotura ni malogramiento. Sus cuerpos no estaban despedazados, a primera vista, irreversibles. Únicamente, sentían todo su envoltorio volátil, flotante, inestable, inseguro. El impacto había dejado una opacidad visual, que no permitía que unas chispas de lucidez mental pudieran protagonizar sus vidas en aquellos instantes tan melodramáticos.

No obstante, sabían que un accidente había seccionado el lazo común que los unía como una familia ejemplar. Ya nunca podrían volver a sentirse héroes de una velada, en que las lesiones o los posibles incidentes fatales dejaran de tener consecuencias extremadamente caóticas. Los padres podían andar por sus propios medios, aunque las pupilas parecían contraídas. Miraban vagamente hacia un horizonte nuboso, acometido por una masa nebulosa que impedía que la perspectiva de los Johnson adquiriese nitidez. La mirada ya no denotaba buenaventura...

MUERTE EN VILO

 



MUERTE EN VILO

En aquellos instantes, Tim no podía bajar la guardia ni desconectar teniendo en cuenta el fatalista accidente. Con un andar muy tambaleante, que lo zarandeaba, lo sacudía sin piedad y hacía sentirlo como si un despertar, después de una muerte truculenta, tuviera permiso alguno, abrió la puerta trasera. En realidad, la puerta parecía una placa agrietada, agujereada, llena de hendiduras que ya no protegían el interior del vehículo.

Blacio no daba señales de vida. Tim gritaba y preguntaba a la vez a Tommy. Le tomaba el pulso y quería ver si palpitaba su corazón, a pesar de una toma de inconsciencia profunda. El padre le palpaba la frente, las sienes, el abdomen y sentía la respiración producirse.

Katherine procuraba reponerse a pesar del abrumar que deterioraba su calidad de percepción ante un incidente brutal. Arrastrándose como podía le pidió a su marido que le ayudara a desajustarse el cinturón. Ella tiene la cara ensangrentada, llena de hematomas leves que debían ser desinfectados con urgencia.

–Tim, dime como están Tommy y Blackie ¿Qué nos ha llevado hasta aquí?

–Tommy está como sumido a un estado en que sus párpados hundidos y una parálisis física, no le permiten responder frente a estímulos, pero respira y creo que quizás podrá salvarse si nos rescatan pronto.

Blackie estaba delante del asiento trasero, volcado hacia abajo dentro del receptáculo, como un trozo de pergamino encartonado, que ya ha apagado cualquier destello de vida. Tim intuía que el gato había perecido. Lo intentaba achuchar varias veces, pero sus constantes vitales no tenían existencia. Súbitamente, Tommy comenzó a temblar y a extraer espuma por la boca. Sus ojos se abrían y cerraban en un vaivén en que la mirada se volvía desquiciada, mayormente difuminada, que no percibía nada de lo que el exterior desplegaba. Los delirios iban en aumento. Todo el cuerpo del muchacho estaba sometido ante temblores casi parecidos a un ataque de epilepsia. Estaba viajando frente a un corredor que separaba vida y muerte en un tramo de ínfima distancia. Los padres, desesperados, buscaban el teléfono móvil para llamar a rescate. No sabían que la ambulancia estaba de camino. Había un equipo aéreo que se molestaba en acorralar la zona para localizar el paradero abismal de una familia que no podía socorrerse bajo medios particulares. Las hélices de los helicópteros parecían aproximarse al terreno ahondado que mantenía presos a la familia. Katherine elevó los ojos hacia un cielo que no dejaba de descargar agua en exuberancia. La lluvia y el estado desfallecido de los padres estaba dificultando la percatación de la proximidad de los vehículos. Sin embargo, cada vez los motores estaban más aproximados y tenían, gracias a la descripción del conductor de la furgoneta, más reconocido el lugar del siniestro provocado por un choque frontal de automóviles que circulaban en direcciones opuestas. Coches patrulla de seguridad vial se acercaron al hombre del furgón. Él temblaba de frío, pero sobre todo de pánico porque creía que iba a ser encarcelado por un delito que no pretendía provocar, a pesar de malherir vidas que circulaban en paralelo. Los agentes, todos equipados con uniformes impermeabilizados, desataron preguntas rutinarias que el hombre, sin ningún atisbo de resistencia, respondió.

–¿Qué ha presenciado usted mientras se disponía a realizar el trayecto por carretera?

–Bueno, yo iba conduciendo bastante concentrado y llevaba el alumbrado encendido. En cambio, el efecto de la tormenta no acompañó la posibilidad de ver un auto que se me acercaba con determinación. El hombre, mientras hablaba, temía que la policía descubriese que no llevaba las luces cortas para que el resto de los conductores pudiesen reconocer la carrocería acercarse. No se atrevió a confesar el descuido, ya que, en cierto modo, lo más imprescindible era salvar vidas que habían resultado indudablemente aquejadas.

Los agentes terrestres y aéreos llevaban transistores que, por megafonía, podían intercambiar señales para proceder al rescate de los Johnson. Había ocasiones en que las intercepciones eran inevitables. Las ardientes caídas de unas gotas que intimidaban por su aparición culminante provocaban que las palabras cruzadas por dichos dispositivos radioeléctricos tuviesen una calidad de conexión turbia, imprecisa, por instantes casi inaudible.

Tommy, a pesar de estar sometido a la respiración artificial que el padre le proporcionaba no tenía indicios de reacción lúcida. Su cuerpo, desplomado, vertido por un sangrado respetable y una presencia casi evadida del mundo de los mortales, no recibía bien el anhídrido carbónico que Tim intentaba hacerle llegar a los pulmones. El padre, cabe decir, que aún tenía fuerzas para procurar oxígeno a su hijo incluso con la fragilidad neurológica, anímica y mental que estaba experimentando...

HERIDAS EN ESCARCHA


 

HERIDAS EN ESCARCHA


Al ver que nadie respondía, el individuo recorrió el pequeño espacio que separaba su furgoneta del embarrancado lugar y buscó febrilmente, por todos los rincones, el móvil para llamar a una ambulancia y a las autoridades de rescate. La verdad es que la situación merecía ser socorrida por helicópteros que pudiesen planear y dar con el volcado de un coche en el que la integridad de una familia se veía atentada. Casi a ciegas, con todo el cuerpo, de cabeza a pies, chorreando por el goteo de una lluvia escandalosa, precipitada y estremecedora, pudo sacar el juego de llaves para encender las luces de contacto del vehículo y desactivar el cierre que había quedado centralizado. “Menos mal” pensó el buen hombre. “No recuerdo haber cogido el mando de encendido, pero seguro que inconscientemente lo he introducido en el bolsillo lateral de mi cazadora impermeable”.

Gracias a dicho recurso comenzó a palpar, con sombras frente a sus ojos, provocadas por una luz penumbrosa, ennegrecida por el gris de un cielo tupido de niebla, para encontrar el teléfono y llamar en busca de socorro. No era de extrañar que varios minutos, quizás más de un cuarto de hora, pelease consigo mismo gruñendo y renegando ante la desaparición de un dispositivo configurado para realizar llamadas, en dicho caso, apremiantes. Buscaba con desgana, desesperanzado, asqueado y enojado hasta que dio en el blanco con la guantera situada frente al asiento del copiloto. La abrió casi sin mirar y, por sorpresa, pudo reconocer por el tacto una linterna que todavía disponía de pilas amortizables y se apresuró a darle al pulsador para poder alumbrar el interior del receptáculo. Al fondo, casi tocando los extremos, entre cartas, certificados, facturas, recibos, folletos de publicidad, telegramas y libretas minúsculas con anotaciones anexas que pertenecían a antaño, encontró la funda con el teléfono al lado. Lo cogió como si un fogonazo hubiera hechos reaccionar al hombre que daba por perdida la hazaña heroica de poder salvar a una familia sucumbida, en apariencia, ante un abismo malevolente, traicionero e infame. Marcó los dígitos correspondientes con una respiración entrecortada por unos sofocos espasmódicos, surgidos por la tensión tan desbordada por el shock padecido. “Espero que funcione”, se repetía una y otra vez mientras manipulaba el teclado.

–Oiga, por favor, ¿Me puede escuchar? –dijo balbuceando. Estamos cruzando el estado de Pensilvania, en el territorio de Clinton. Hay un desvío que puede cruzar diferentes bahías en que los vertederos son espeluznantes. Un accidente ha provocado que alguien haya quedado probablemente malherido.

–Unidad, 1244. Ok, recibido. Enviaremos una patrulla de fuerzas aéreas para poder escrutar el lugar. No se preocupe. ¿Usted cómo se encuentra? Preguntó el oficial.

–Bueno, tengo algunas lesiones en el cuerpo, pero no necesitan una extremada atención clínica.

–En cuestión de media hora como máximo venimos con el equipo salvavidas para proceder a la operación.

–Perfecto, aunque preferiría que fuese antes. En la lejanía, desde un espacio de altitud diferenciable puedo apreciar un coche que ha perdido la simetría de sus piezas engranadas. Solo veo un punto en el espacio, pero no puedo saber cuántas víctimas han resultado aquejadas –dijo el hombre con voz alterada y preso por un estado anímico ajetreado.

–Tranquilo –respondió el agente de seguridad – les trasladaremos al hospital del lugar de residencia de dónde procedan.

–Gracias.

La llamada quedó postergada por si las autoridades volvían a localizar al único superviviente que estaba en disposición de informar sobre el trágico accidente.

 –Tim, ¿Sigues ahí?

 Katherine había recuperado el habla después de superar el trance que la había mantenido en pura inconsciencia durante un largo rato.

–Si, aquí estoy mi amor. ¿Y Tommy y Blackie? ¿Los puedes ver? ¿En qué condiciones se encuentran? –preguntaba Tim.

Una abalanza de pensamientos bombardeantes atenazaban a Katherine sin cesar. Tim tomó la palanca que aseguraba el asiento y, con un golpazo bastante costoso de ejecutar, rompió la ventanilla delantera medio rajada, cuyos cristales desmenuzados cayeron como perlas diseminadas por todo el interior del auto.

Tommy tenía contusiones por todo el cuerpo. En su estado convulso, casi rozando una incerteza profunda intentó parpadear. Su rostro, menguado de esplendor por un impacto aterrador, no podía resituar el espacio en que el cuerpo se encontraba posicionado. Su padre, después de romper la ventanilla y abandonar la sujeción de un cinturón de seguridad totalmente tensado, pudo abrir la puerta para salir y comprobar los daños que hijo y mascota habían sufrido. Mientras se incorporaba, los pies parecían dos peanas resbaladizas, casi insostenibles ante un grabado pavimento de eslabones, llenos de piedras calizas y rocas bien apegadas. Sentía la cabeza casi estallar, con pequeñas insinuaciones de tambaleo que lo hacían luchar para no derrumbarse plomizo... 

UNA LLAMADA DE SOCORRO





 UNA LLAMADA DE SOCORRO


Varias vueltas de campana tuvieron lugar hasta que el auto se estampó contra un suelo grabado de sedimentos desgastados y salientes amortizados con prolongación.

El conductor de la furgoneta, no obstante, pudo frenar y quedó empotrado contra el muro anverso que soportaba una cordillera de montañas, dignas de rodaje filmográfico por la vegetación exhumada tan alineada, elegante, renovada y fresca por una lluvia bien acogida. Los padres llevaban el cinturón de seguridad, aunque afortunadamente, después de que el coche quedara volcado hacia abajo, con el parachoques frontal invertido y la plancha descubierta, permanecieron ilesos.

–Tim, Tim ¿Estás ahí? Fue la pregunta de Katherine, que tenía moratones, pequeños rasguños y heridas leves en el rostro y las extremidades. ¿Puedes oírme? Insistía la esposa con una voz exhausta, inservible, ahogada.

Como pudo, la mujer intentó enderezarse, ya que su cuerpo había quedado amarrado al asiento delantero y descolocado con respecto a la posición lógica. Con las manos, procuraba empujarse hasta localizar la cinta elástica que la mantenía inmovilizada.

Tim había quedado ladeado, con el cuerpo proyectado al dispositivo de sujeción y con las manos temblorosas y un porte, accidentado por la debilidad y el aquejamiento de una caída de índole mortal, se desató e intentó encontrar la puerta de salida más próxima. Al despertar, después del choque insolente, comenzó a posicionarse para rescatar a su esposa, hijo y mascota.

Mientras tanto, el conductor que manejaba la furgoneta, empotrado contra el muro macizo y rocoso, pudo salir con algunos cardenales y pequeñas hemorragias en las sienes, el tabique nasal y la barbilla. El impacto, tan veloz y descontrolado, le había provocado lesiones al darse de bruces contra el volante. En cambio, los daños producidos eran totalmente reversibles, sin necesidad de que un servicio de urgencias lo recogiera para ser hospitalizado de gravedad. Con un sangrado moderado, en el que pequeñas gotitas dejaban la tapicería del vehículo manchada, salió de la furgoneta con rayos, truenos y una lluvia voluntariosa, con su tarea a seguir revitalizando la flora. Se acercó al precipicio tímidamente. Andaba torciendo el tronco, como afectado por unos cuantos miligramos de alcohol en el torrente sanguíneo. Estaba aturdido, impregnado por un atontamiento justificado después de un accidente imprevisible. Sus pasos, bailaban al compás de una música insonora, enmudecida. Parecía un títere; un muñeco de trapo agitado por la mano de alguien que le otorga personalidad a partir de unos estrechos hilos pendidos. Su cuerpo, repercutido por los golpes sufridos iba, como por impulso involuntario, aproximándose hacia la frontera entre un abismo temerario y el sendero que pisaba con fuerza y empeño. Asomó la cabeza con muchísimo pavor, porque sabía que el coche contrario se había desprendido de una calzada y había sido víctima de un aterrizaje forzoso, en un plano de hendidura considerable. Efectivamente, unas nubes de humo dejaban expeler un hedor bastante asfixiante. El coche de los Johnson había deformado excesivamente el diseño original. El hombre vociferaba; dejaba propagar un griterío con llamadas de auxilio para asegurarse si quedaba algún viajero con vida. Desgraciadamente, desde el abismo no llegaba el resonar de una voz rota, desgarrada, como aquejada por una carraspera descomunal... 

DESEOS QUEBRADOS



DESEOS QUEBRADOS


El corazón del niño se parecía a un rosario espinoso que ya no se quejaba, a pesar de las punzadas que los vértices de las espinas dirigían hacia el resquebrajo de unas entrañas lloronas frente a cualquier llamada hacia el triunfo. El muchachillo, sin embargo, conservaba la corazonada esperanzadora mientras el padre conducía con torpeza bajo un torrente de lluvia bastante dotado de tenebrosidad por un caudal desproporcionado y una caída salpicada con brusquedad, despiadada e impasible. Tim y la familia se iban acercando a un tramo de carretera que alcanzaba una altitud considerable, la cual dejaba destapar unos despeñaderos pronunciados, a la vez que llenos de peligrosidad. La lluvia, incesante, obstinada, perpetuada ante un imperecedero reloj que iba marcando las horas de viaje transcurridas, no tenía intención de atenuar su sólida exhibición frente a un crítico escenario, bastante difícil de desafiar.

Tommy y Blackie intercambiaban miradas de complicidad, casi de sintonía telepática en que, sin hablar con palabras reconocibles, era como si supieran que un acontecer fatalista iba a fastidiar los planes que los Johnson habían acordado para una gozada vacacional puesta en marcha.

La mente del mozuelo vagabundeaba con un mensaje mántrico de advertencia y alerta ante un posible terminar.

De repente, los neumáticos parecían deslizarse frente a un suelo encharcado, inundado por varios litros de agua, desparramada sin piedad. El panorama se obnubilaba, era como si la visibilidad pereciese por segundos ante los ojos de un conductor prudente y juicioso. El cielo estaba enmascarado por una colección de nubarrones hinchados de hidrógeno y oxígeno, deseosos de ser descargados con estrépito y enfurecimiento. 

Tim iba calmando la incidencia que apenas comenzaba su curso fatal. Las ruedas patinaban cada vez con mayor intensidad ante un pavimento inseguro, en que el tránsito de cualquier vehículo peligraba con descaro. Después de atravesar un cambio de rasante y proseguir un tramo todo cruzado en línea recta, la familia se acercaba a una curva muy cerrada, en la que la capacidad de poder avecinar la llegada de un coche en sentido contrario era casi nula. La calzada era de dos carriles, cosa que complicaba la situación de los Johnson por milésimas de segundos. Tim no podía retroceder. Tampoco podía estacionar el vehículo en un lugar protegido, cubierto por una plataforma superior que aislara la caída invasora de goterones enojados, ensimismados en la función de regar con fortaleza un verdoso e inmaculado valle. La familia, sin lugar a dudas, se encontraba en apuros. El percance que experimentaban era alarmante. Los rayos electrificaban el paso precedido que el vehículo debía atravesar a un nivel de velocidad aminorada. Tim cada vez estaba más acongojado y flaqueado de recursos. El volante giraba sin poder ser controlado con esmero. La rotación para realizar el giro en una curva amparada por una pared rocosa y agujereada de escarpados minerales, que iban desprendiéndose por el agua, no podía realizarse sin riesgos. El motor sufría, los surcos de las ruedas no provocaban una tracción suficiente para facilitar un mínimo anclaje en la superficie recorrida. Bien al contrario, el giro del volante no concordaba con la dirección de las ruedas; las delanteras perdían la estabilidad y se balanceaban con un equilibrio cada vez más inexistente. Turbadas y desviadas de su gravedad no podían avanzar de manera sincronizada ni moderada.

–¡Dios mío! Vamos a morir –decía Tommy que, de golpe, parecía recuperar el habla con un cierto titubeo añadido.

–No digas esto, por Dios –contestaba Katherine con contundencia. Hemos perdido el rumbo, pero recuperaremos la normalidad del trayecto.

 –Deberíamos parar en el arcén antes de continuar circulando por una carretera sinuosa, que está rodeada de barrancos cuyo deslizamiento será mortal –proseguía Tommy.

 –¡Pero ¡qué dices! Rebatió Katherine. ¿Dónde demonios pretendes que nos detengamos? Estamos casi llegando a la cumbre de una montaña que soporta un camino distorsionado por una lluvia pertinaz, que no tiene intención de cesar ni por asombro.

–De acuerdo, no perdamos la calma –respondió Tim con el corazón casi helado por un pánico que no se atrevía a dejar fluir.

La subida era empinada y el juego de pedales no podía maniobrarse con efectividad. El coche traqueteaba con avances que dificultaban la velocidad menguada. Tim pisó el acelerador porque se daba cuenta que la lluvia provocaba que las llantas, que sujetaban la goma elástica de las ruedas, se estaban empapando con creces hasta provocar una pésima circulación. Pero, por otra parte, si aceleraba corría el peligro de que el coche no pudiera propulsarse correctamente con la regulación de las marchas, ya que el agua penetraba a cántaros a través de las ruedas surcadas. ¡Qué desesperación! Se estaba produciendo en efecto aguaplanning que cada vez empeoraba el tránsito vial.

En un santiamén, una vez accedidos a esa curvatura, que acogía una pendiente de alarma roja, una furgoneta en sentido opuesto se cruzó en el mismo tramo que los Johnson habían alcanzado. El principal problema radicaba en que dicho automóvil llevaba el alumbrado activado a larga distancia y Tim no pudo detectar ni reconocer la identidad del otro circulante. El choque que se produjo fue inevitable. Las ruedas chirriaban, se estremecían con fuerza con una derrapada que conllevó que la familia Johnson se desplazasen de la carretera y cayeran al abismo de un precipicio a largos metros de profundidad...

UN ORÁCULO FATALISTA

 



UN ORÁCULO FATALISTA


Una pesadilla quedaba impresa en la memoria de Tommy que, sin pensárselo, tomó a Blackie en sus brazos, ya que el animalito tiritaba de miedo e incerteza.

Tim procuraba infravalorar un suceso cada vez más penumbroso. La panorámica externa era equivalente a un valle de tinieblas con almas ambulantes, sin rumbo ni trazos marcados con claridad.

Tim conducía, pero, a la vez, sentía como un pavor iba calando los huesos y músculos rollizos. Conducía, pero la temible agua no le permitía avanzar con acierto e iba circulando a 20 kilómetros por hora. Con una lentitud tan desesperante no llegarían a Nueva Maryland ni transcurrida una semana. Era muy anormal, demasiado aborrecedora la situación presentada ante una familia inocente, exculpada frente a infracciones viales. Tim, en dicho sentido, era extremadamente previsor y cauto. Cuando sabía que el automóvil estaba ocupado por pasajeros, su afán de prudencia sobre exageraba con creces la media ponderada. Él consideraba el coche como una herramienta mortal, que debía tratarse con el debido respeto y precaución.

No obstante, a pesar de todo, su empeño por obedecer las reglas de la normativa de tráfico y aminorar con rigor la marcha para no salir repercutido no facilitaban el cumplimiento del deber.

Todo el cielo, estrellado de nubes, enmarañado por una niebla cada vez más espesa a corta distancia y la lluvia, alcanzando el punto álgido torrencial, no estaba ofreciendo un espacio para distenderse, despreocuparse.

Ya casi llegando a un paradero de descanso; un área con un pequeño motel parecía vislumbrar un alumbrado frágil, poco trazado y notorio pero real.  No podían apreciar el tramo exacto que les faltaba recorrer para gozar de un aposento, pero no importaba. Ya nada importaba.

 Tommy solamente tenía un pensamiento en mente que lo turbaba con impaciencia; era una especie de mensaje mántrico que quedaba encuadrado dentro de un cerebro infantil que no debiera plantearse vaticinios fatalistas, pero, lamentablemente, el niño no podía desprenderse del contenido que lo acosaba sin pudor. Unas palabras que, con solo diez años, le silbaban al oído el significado de una muerte sin precedentes, instantánea, producida con una inmediatez irremediable: “fuera, basta ya”, gritaba hacia sus adentros, pero el eco de una voz pensante, quebrado y pegadizo se empecinaba en proyectar un desenlace estremecedor, que ya no perecía, ya no se rendía ante una imagen, un anhelo, un antojo de esperanza. “Sanos y Salvos”. “No podremos estar sanos y salvos”.  Los dos adjetivos iban golpeando las sienes de cráneo de Tommy, su lóbulo frontal lo notaba explosivo, como una fuente de ignición, a punto de estallar en llamaradas por un fuego incandescente, rebelde y predispuesto a arrasar cualquier ente con vida...

INCLEMENCIAS

 



INCLEMENCIAS


Blackie, acolchado y acurrucadito en su sillín trasero, dentro del recipiente que lo encapsulaba, se sentía algo desplazado, aunque a la vez acechado por un viaje que parecía eterno, imposible de consolidar. Tim no perdía ante el retrovisor los movimientos de su hijo y el gato, a pesar de que la lluvia empezara a reconvertir el agua en goterones de un grosor cada vez más intimidante. El parabrisas rotaba de un lado a otros, se balanceaba insistente para despejar la suficiente visibilidad que el padre de Tommy necesitaba para llegar a destino. ¡qué extraño! En Toronto no había habido chubascos ni tempestades con repercusiones. El día y la noche estaban eximidos de una alta presión atmosférica. Toda la temporada estival rebosaba calidez, templanza, una moderación térmica que se inclinaba a dejar rociar rayos de calor a través de un sol ardiente, inflexible y contumaz. Ese día, sin embargo, todo era distinto. El paisaje, inundado por una borrachera de nubes grisáceas hacían temblequear cualquier indicio de luz calorífica. El sol, encogido había quedado, sin atreverse a atisbar el más mínimo fulgor. A medida que la familia se adentraba ante una carretera encorsetada de curvas cerradas, con una perspectiva reducida, el estado del clima desmejoraba por instantes. Katherine y Tim intercambiaban miradas de complicidad casi inducidas por una telepatía sincronizada. ¿por qué la meteorología era tan punzante? ¿por qué no se preciaba a ser algo más condescendiente ante una familia que se disponía a veranear y a festejar unas vacaciones sobradamente merecedoras?

Tommy interrumpió el silencio que reinaba dentro del auto.

–¿Qué ocurre? –preguntó con asiduidad.

–¿Qué quieres decir, querido? –quiso aclarar la madre –¿Es sobre la lluvia? –no te preocupes que realizaremos el trayecto con cautela.

 –No mamá. No lo entiendes. Estoy notando como si el embrague no pudiese proceder a regular las marchas del vehículo.

–Tim, querido ¿Has notado algo raro? –preguntó Katherine. –No lo sé. Estoy tan concentrado en dirimir el empañamiento que hay en los cristales por esta dichosa lluvia que no me he percatado del detalle.

 –Papá, estoy asustado –confirmó Tommy –tengo un oscuro presentimiento. –Creo que deberíamos detener el coche en el área de servicio más próxima y revisarlo, más que nada para descartar incidencias.

De sopetón, casi sin haberlo imaginado, un relámpago se estampó a doce metros de ellos. Podían ver como reflectaba su estridencia y su virulencia ante el choque de varias nubes condensadas. El agua caía con poderío, con maestría. De hecho, se estaba convirtiendo en la protagonista de un trayecto que ya empezaba a ser agotador y nada bien recibido...

DESPUÉS DE HOY

  DESPUÉS DE HOY Consciencia desnuda; habitación en duelo; recuerdos de anhelo, lenguaje de locura. Verborrea sin nombre viaja en el tiempo ...